Liberty Balance 2018

He aquí veinte razones por las que mereció la pena seguir vivo en 2018: las veinte películas más excitantes del año para el bloguero, sin orden de preferencia ni ningún orden. Felices Fiestas y feliz año 2019.

“La última bandera”: Un Linklater algo fuera de su órbita habitual, un tanto eastwoodiano en tono e intención. Desmonta con elegancia el Sueño Americano y la Gloria Militar. Tres titanes y tres composiciones superlativas: Steve Carell, Bryan Cranston y Laurence Fisburne.

“La forma del agua”: La bendición de la Academia de Hollywood (cuatro Oscar, entre ellos los de mejor director y mejor película, y otras múltiples nominaciones) a esta bellísima fantasía anfibia certifica retrospectivamente una verdad como la copa de un pino: que el cine de Jack Arnold, Roger Corman o Viaje al fondo del mar eran (son) cosas muy, pero que muy serias.

“El hilo invisible”: La obra maestra total de Paul Thomas Anderson, cien veces preferible a The Master (2012) o Puro vicio (2014). El hilo invisible es, en realidad, el hilo que teje una textura onírica en cada imagen que nos lleva a procelosas aguas hitchcockianas: los acantilados y el ama de llaves de Rebeca (1940) están ahí. Hay mucha y muy absorbente tela que cortar en este traje fílmico majestuoso.

“Petra”: Otra cautivadora lección de lenguaje cinematográfico del explorador de formas Rosales: una historia propia de culebrón pasada por el túrmix de una cámara que recorre los espacios con absoluta libertad creativa y un patrón narrativo que desarticula el tiempo en capítulos no sujetos al orden cronológico.

“Ready Player One”: Vicente Molina Foix lo clavaba en su artículo: “Ready Player One exhibe los virtuosismos narrativos, la potencia rítmica y el ojo infalible con el que Spielberg sabe dar a un encuadre fílmico la riqueza de un cuadro en movimiento en el que nada sobra y nada simplemente decora; lo que bulle dentro de cada plano tiene un porqué, un sino, vida interior, y en este caso, las posibilidades que le da al director el uso de la imagen virtual acumula una densidad plástica vertiginosa, por lo barroca”.

“La fábrica de nada”: Tres horas dura la criatura, pero… ¡qué tres horas! Que a estas alturas nos endilguen un discurso sobre obreros de fábrica, huelga y reivindicación laboral suena a monserga apolillada, de Godard o Jordà de otros tiempos. Pero, precisamente hoy, tal como están los patios, La fábrica de nada es más necesaria que nunca. Hasta el cine musical tiene cabida en esta honesta, brillante explosión de libertad.

“Mandy”: Habla Jordi Costa: “Entre duelos de sierras mecánicas, motorizados ángeles oscuros y espadas forjadas a mano, Nicolas Cage ejerce de chamán del exceso –su momento solista de sobreactuado dolor en un cuarto de baño es una cumbre de la dramaturgia expresionista– en un ritual mágico orientado a fusionar cine de vanguardia –variante ocultista: de Harry Smith a Kenneth Anger– y metralla visual para magnetoscopios engrasados con una generosa dosis de LSD”. Ya el bloguero aludió al LSD cuando redactó su comentario desde Sitges: Mandy es una seta alucinógena de campeonato.

“La vida lliure”: Otra vez Recha en contacto con la naturaleza, en esta ocasión Menorca en un viaje de cien años al pasado por el que reverberan ecos de cuentos ancestrales y aventuras de piratas, con pocos pero muy pintorescos personajes y un aire relajado que te acoge como brisa matutina y te abre los pulmones y el sexto sentido.

“Casi 40”: David Trueba recupera a los personajes (y a los actores: Lucía Jiménez y Fernando Ramallo) de La buena vida (1996), su primer largometraje, y los lanza a la carretera en esta road movie melancólica, de admirable sencillez expositiva, sentimientos cálidos, profusa e inteligentemente dialogada. Jiménez y Ramallo tienen algo de Delpy y Hawke en la trilogía before de Linklater, y la peli una semejante respiración. Una cierta sensación de pérdida o desazón (generacional) se adueña de Casi 40, metaforizada en el memorable catálogo de las cosas cotidianas que se perdieron en estos veinte años últimos: el fax, la casete…

 “Misión: Imposible. Fallout”: Veintidós años después de la obra maestra de De Palma, la saga, tripulada en esta sexta entrega, como en la quinta, por McQuarrie, se mantiene en un envidiable estado de salud, sin una nota falsa en todo el largo recorrido. Contemplar Fallout es un placer descomunal para todos los amantes del cine de acción, del cine de espías, del cine de equipo de élite en plena faena… ¡del cine, qué caray, a secas!

“Amante por un día”: Cineasta de las distancias cortas, del murmullo íntimo, de las emociones en sordina al calor de la noche, Garrel fabrica una intensa miniatura blanquinegra que ha pasado por 2018 para el goce exclusivo y privilegiado de gourmets con el radar bien orientado.

“Call Me by Your Name”: El bloguero no acabó de comulgar con Suspiria, el otro Guadagnino del año, pero se rindió al evidente encanto natural, sensual de Call Me by Your Name. Un verano remoto, un sol de justicia, paseos en bicicleta, mucha calma, una preciosa villa italiana del siglo XVII, dos cuerpos jóvenes y hermosos en recíproca atracción. Guadagnino se funde en Ivory (guionista oscarizado) y nos regala un cálido poema de amor y sosiego.

“La cámara de Claire”: Su presencia ya asidua en nuestras pantallas ha convertido a Hong Sang-soo, uno de los más grandes del cine actual, en un miembro de nuestra familia, cercano, siempre bienvenido. Su universo de criaturas errantes, encuentros azarosos, repeticiones, humor soterrado, alcohol y ligereza nos roba el sentido sistemáticamente. Tras experiencias tan excelsas ya como Ahora sí, antes no (2015) o En la playa sola de noche (2017), La cámara de Claire, con sus polaroids, sus quiebros callejeros y las juguetonas relaciones entre Isabelle Huppert y Kim Min-hee (Sergi Sánchez vio en ellas el eco de las rivettianas Céline y Julie), alcanza el embrujo.

“Quién te cantará”: Después de las rompedoras Diamond Flash (2011) y Magical Girl (2014), Carlos Vermut revalida su categoría artística con este poliédrico viaje al centro del eterno femenino, cocinado a fuego lento entre atmósferas fantásticas subyugantes. Cuatro retratos de mujer, cuatro soberbias composiciones de Eva Llorach, Najwa Nimri, Natalia de Molina y Carme Elías.

“Wonderstruck: El museo de las maravillas”: Haynes, quizás porque se prodiga poco, es siempre un acontecimiento. Después de la sobresaliente Carol (2015), cambia de registro y nos obsequia un hermoso banquete de genuina magia cinematográfica relatando dos cuentos que transcurren en paralelo pero en épocas tan distintas como su tratamiento formal: 1977 (colores y estética adecuadamente setenteros) y 1927 (blanco y negro con aromas de cine mudo e incluso un fragmento de filme inspirado claramente en El viento de Sjöström).

“Sotabosc”: Sin enarbolar la manida bandera del cine de denuncia social, David Gutiérrez Camps se aproxima a la realidad de los inmigrantes africanos a través del día a día de uno de ellos, que vive en un rincón de la Catalunya rural y limpia el bosque y recoge piñas a cambio de unas miserables monedas. De estilo documental, una obra reposada, lenta, aromática, pura, que respira vida y verdad en cada fotograma.

“The Florida Project”: La sempiterna América de los moteles donde se aglomera una locuaz fauna de clásicos perdedores. Sean Baker hace una perfecta radiografía del lugar, de su frontera (Disneylandia, no accesible para los pobres) y de sus personajes, que crecen en humanidad sobre la marcha hasta dejarnos una pena profunda en el alma: querríamos abrazarlos, acogerlos calurosamente, como hace el regente del motel, un Willem Dafoe extraordinario.

“Roma”: Ya podemos ir haciendo, paralelamente a ésta, la lista de las mejores películas del siglo XXI: Kill Bill (2003-2004), Pánico en la granja (2009), Boyhood (2014), Mi amigo el gigante (2016), El porvenir (2016)… y Roma, clavada ya al corazón (cuore, Cuarón) hasta nuestro último suspiro y más allá. Oro purísimo.

“Entre dos aguas”: Lacuesta lleva a cabo una operación parecida a la de David Trueba en Casi 40: volver a una obra suya del pasado, La leyenda del tiempo (2006), y ver cómo les luce el pelo a sus protagonistas. Isra y Cheíto han crecido pero sus vidas están estancadas, sus sueños rotos, su futuro dibujado sobre un horizonte de trazos difuminados. Lacuesta los observa con la misma penetración y mirada limpia con que observa su entorno, esa Isla de San Fernando anclada en el tiempo.

“El león duerme esta noche”: Con Roma, la película más emotiva del año, triste y alegre a un tiempo porque habla tanto de la muerte (cercana ya en el presente del protagonista, lejana en el recuerdo de la amada fallecida que reaparece como fantasma) como de la vida (la infancia en todo su esplendor, la felicidad de rodar una película en calzón corto y entre amigos). La charla entre Léaud y los niños, mientras comparten una sopa, es de una frescura sorprendente, conmovedora, que aplaudiría Renoir. Suwa filma, como Cuarón, con Cariño, en mayúscula.

 

Poetas

Ver Tres caras, la última película de Jafar Panahi, es como volver a El globo blanco (1995), su ópera prima, y a su guionista Abbas Kiarostami, el Kiarostami de la inigualada trilogía de Koker. Tres caras es una lección de vida, un precioso poema sobre la frágil naturaleza humana. En los más de veinte años que separan estas dos películas, Panahi ha padecido injustamente un calvario de prohibiciones, arrestos domiciliarios y humillación, pero sigue ahí, tenaz y perseverante, con el espíritu empinado, haciendo lo único que quiere hacer: plantar la cámara, limpia y pura, ante la realidad circundante y morderla. El autor vuelve a ponerse al volante de un vehículo, como en la precedente Taxi Teherán (2015), ahora en un viaje allende la ciudad, hacia el corazón rural de Irán, acompañado de una actriz local muy popular, Behnaz Jafari, y del vídeo que ésta ha recibido en el móvil de una jovencita aspirante a actriz donde ha grabado su suicidio. ¿Imágenes reales o simulacro? Panahi y Jafari localizan la aldea remota de la chica y allí se dirigen en busca de la verdad, de la misma manera que Kiarostami buscaba, en Y la vida continúa (1992), a los niños protagonistas de su previa ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), con la esperanza de hallarlos supervivientes del terremoto inclemente de Koker.

Todo respira verdad en Tres caras, mucha ternura y al mismo tiempo no pocas dosis de rabia controlada, la rabia que surge al contemplar, ya en la aldea, la brutal represión que sufren las mujeres, hoy conectadas vía satélite con el mundo pero condenadas a perpetuidad a no formar parte de él. ¿Qué puede hacer una jovencita que desea con ardor ser actriz atrapada en una familia que le impide dar un paso y probablemente la mataría antes de verla fuera del redil? Hay un personaje esencial en la película, otra actriz, retirada, recluida, y prudentemente Panahi la hace invisible, dejando que la cámara permanezca a gran distancia de su morada. Pero de ella se habla, y se dicen y se entienden muchas cosas. La cercanía ética y estética al universo de Kiarostami no es aquí ni copia ni plagio (algo muy distinto, pues, de la tarantinitis que padece Malos tiempos en El Royale), sino rendido homenaje al maestro fallecido: el bello y largo plano final del camino montañoso y el cruce de coches es una declaración de amor al amigo, al cine puro y libre.

Otro poeta de las imágenes a quien degustar estos días es Isaki Lacuesta, que este viernes estrena Entre dos aguas, flamante Concha de Oro en San Sebastián. En Entre dos aguas, Lacuesta reencuentra a los hermanos Isra y Cheíto, los protagonistas de la primera parte de La leyenda del tiempo (2006), ya adultos. La docena de años transcurridos no parecen haber sido provechosos: Isra ha pasado por el trullo y Cheíto malvive en la Armada soñando con abrir una panadería. Su relación echa chispas, llevan acumulada mucha porquería en su interior que hay que expulsar. Es, sí, una película llena de vida, pero de vida dura, agónica, asfixiante. San Fernando es para Isra y Cheíto lo que Stromboli era para Ingrid Bergman en el clásico de Rossellini: una isla-prisión.  Si La leyenda del tiempo era una celebración de la vida, Entre dos aguas más bien parece un grito de desesperación. Hay que oírlo, merece la pena.