Cuaderno de agosto: Del 41 al 70 (2)

41: “El planeta de los simios” (Franklin J. Schaffner, 1968). Felizmente renacidos gracias a Rupert Wyatt y Matt Reeves en una trilogía potente, los simios para muchos son y siempre serán los de Charlton Heston. Verla a los doce años, en la imponente pantalla del Urgel barcelonés, fue una experiencia casi alucinógena comparable a la que, por las mismas fechas, nos provocaría el 2001 de Kubrick. La imagen final de la Estatua de la Libertad en ruinas está pegada al tuétano como una lapa y solo el polvo, cuando toque, la despegará. Conectó con una generación que empezaba a tomar conciencia ecológica y antibelicista (Vietnam hervía). El movimiento hippy ya se hacía oír: alguien detectó los estéticos vasos comunicantes entre las blancas arquitecturas del filme de Schaffner y las casas típicas de Ibiza, cuna europea del movimiento.

42: “Maria Zef” (Vittorio Cottafavi, 1981). Monarca del péplum, Cottafavi fue un cineasta todoterreno, culto, elegante e intuitivo, con piezas maestras en cine, como Traviata ’53 (1953), o televisión (numerosos estudios uno italianos: Il taglio del bosco, del 63, es soberbia). En la Setmana de 1981, Guarner nos regaló esta producción de la RAI inspirada en una novela de Paola Drigo. Un melodrama rural ubicado en las montañas de Friuli, hablado en dialecto e interpretado por actores no profesionales, que retrata con extremo realismo una vida tan arcaica como dura y auténtica. Es una obra preciosa, humilde y aromática: huele a leña, establo, leche fresca y candil. En el radio de acción de Padre padrone (1977), de los Taviani, y El árbol de los zuecos (1978), de Olmi, otras dos bellísimas piezas rústicas que aquí podrían ocupar el lugar de la de Cottafavi.

43: “Trenes rigurosamente vigilados” (Jirí Menzel, 1966). Estrenada en España con quince años de retraso, Trenes rigurosamente vigilados fue un trallazo para la inquietud de las generaciones que vivíamos expectantes la Transición y la apertura, pues era el tipo de película que querías ver cuando ibas al cine con los amigotes, todos con chaqueta de pana: una epopeya de resistencia (y también colaboracionismo: la acción transcurría en una modesta estación de tren durante la ocupación alemana) e iniciación al sexo. Comedia a un tiempo sardónica y lírica, cruzada en todo momento por locomotoras de vapor. Salías pringado de hollín. Se basaba en una novela de Bohumil Hrabal. Tras los trenes llegaron la primavera de Praga y la invasión soviética y Menzel, puntal de la nueva ola checa con Forman y Vera Chytilová, sufrió las correspondientes purgas.

44: “So Dark the Night” (Joseph H. Lewis, 1946). La perla ignorada de la joyería Lewis, repleta de thrillers sobresalientes (My Name Is Julia Ross, 1945; Relato criminal, 1949; El demonio de las armas, 1950), es una intriga psicológico-bucólica ambientada en una pequeña aldea de la campiña francesa que exhala aires profundos de Feyder y de Renoir. Pocos medios, actores de segunda fila, un metraje preciso (setenta minutos) y una puesta en escena modélica en encuadres audaces y suaves movimientos de cámara, que en más de un momento hacen pensar en Ophuls. El policía más famoso de París (al actor austrohúngaro afincado en Hollywood Steven Geray, notablemente parecido al gran Thomas Mitchell), de vacaciones en esa plácida localidad, habrá de investigar un caso de doble asesinato que tendrá una resolución tan inesperada como sorprendente.

45: “Los paraguas de Cherburgo” (Jacques Demy, 1964). El cine de la emoción amorosa y el cine de la tristeza amorosa se conjugan en esta obra musical, enteramente cantada, de cromatismo tan exaltado como sus pasiones: una pastelería multicolor con sabor a fresa y menta. La partitura de Michel Legrand es magistral, y la mirada de Demy, un prodigio de taco y sensibilidad. La escena de la partida en el andén que cierra el primer acto y la secuencia final en la gasolinera, pura melancolía bajo los copos de nieve, ponen un nudo en la garganta y revientan lagrimales. Demy tenía la costumbre de echar lazos entre sus películas; aquí, el personaje de Roland Cassard, traficante de diamantes en Lola (1961), reaparece, encarnado por el mismo actor, Marc Michel, para cortejar a la protagonista.

46: “He Done His Best” (Charles Bowers, 1926). Talento mayúsculo y oculto del cine silente, Bowers, guionista, actor y director, mezcló el slapstick tradicional y la animación stop motion en un puñado de cortos incomparables. Le iba el papel de inventor loco, a lo Franz de Copenhague. 1926 fue su año glorioso: en Egged One inventaba una máquina de pedales que convertía huevos de gallina en huevos irrompibles, a prueba de bombas; en Now You Tell One creaba plantas de cuyas ramitas podía brotar cualquier cosa, como una legión de gatos para cazar a un ratón indómito armado con revólver, y en He Done His Best, en fin, obligado a trabajar en un restaurante, Bowers se las ingeniaba para fabricar un artefacto que lo hacía todo, incluso servir la comida desde la cocina mediante tubos conectados directamente a cada mesa. Absoluta sofisticación: una ostra sale de su concha, escala un plato de sopa, nada en ella un rato para darle sabor, sale y vuelve a su concha. Poesía en estado puro. Bowers siguió haciendo maravillas hasta 1941.

47: “La escapada” (Dino Risi, 1962). Una señora Comedia, la mejor de Risi y una de las mejores de la comedia italiana de los sesenta, década cuya radiografía es el celuloide mismo de La escapada, comenzando por ese símbolo de la dolce vita, o del dolce far niente, que es el descapotable, el descapotable de Gassman, vividor, mujeriego, presumido y fanfarrón, que un día recogerá a un tímido estudiante (Trintignant) y durante unos días le llevará por el camino de la gran juerga (fiestas, twist, bikinis…), colindante con la gran amargura, porque de la comedia feliz al pesimismo moral hay distancia corta. Ningún documental podría ofrecer una visión tan lúcida del espíritu de la Italia de aquella época. Y pocos filmes han transmitido con tanta convicción el clima (el sol de justicia del ferragosto) que cada minuto castiga a los personajes. En fechas recientes, nuestros políticos, comentaristas y tertulianos se adueñaron del título original: Il sorpasso.

48: “Vida en sombras” (Llorenç Llobet-Gràcia, 1949). Truffaut dijo que el cine le había salvado la vida, pues su descarriada adolescencia no le auguraba precisamente un futuro próspero. Lo mismo podría decir el protagonista de Vida en sombras, un hombre de cine desde su más tierna edad: tras un mal trago del que no parecía reponerse (la muerte de su mujer en la guerra civil, de la que él se siente culpable), la contemplación de Rebeca (1940) le devuelve las ganas de vivir y de trabajar con pasión como cineasta. El cine: la mejor medicina, el antidepresivo garantizado. Llobet-Gràcia lo sabía, porque ésta es una película sobre la auténtica fe en el séptimo arte. Admirablemente narrada, con un gran sentido de las elipsis y el control del espacio, es una película literalmente única e irrepetible. Pasó con el mayor de los silencios por las pantallas, pero el tiempo la ha reivindicado como obra mayor de nuestro cine.

49: “La humanidad en peligro” (Gordon Douglas, 1954). Del aluvión de obras señeras de la ciencia-ficción de los cincuenta, ésta la vio el bloguero de niño, un domingo en un centro parroquial (¡benditos programas dobles programaban cada semana los curas!), y aunque la ha vuelto a ver media docena de veces, el recuerdo de aquella tarde permanece intacto. Dos cosas concretamente: el sonido persistente de las hormigas gigantes antes de ser vistas y la escena de la aparición del insectazo emergiendo de la colina y la chica de espaldas al bicho, sin enterarse. Eso no se borra fácilmente. Otras obras maestras de la misma familia y época, descubiertas después, podrían ocupar éste u otro podio de los treinta títulos seleccionados: La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Siegel; El increíble hombre menguante (1957), de Arnold, etc. Pero La humanidad en peligro, en función de lo vivido, tiene preferencia.

50: “La noire de…” (Ousmane Sembene, 1966). El primer largometraje del padre del cine africano, una excursión de Dakar a la Costa Azul siguiendo los pasos de una joven senegalesa que acepta trabajar para un matrimonio blanco, pero no encaja, se siente esclava y opta por el suicidio. La vida brota con naturalidad en el cine de Sembene, un cine puro, sincero, fresco: véase el memorable afeitado callejero de la escena inaugural de Mandabi (1968), su siguiente película. Todo se manifiesta de una manera real, genuina. La expresión, en La noire de… y en toda su obra, es siempre muy simple, pero nadie puede decir que la cámara no esté en cada momento en el lugar más adecuado ni que haya un plano gratuito. La Voz de África nunca estuvo afectada ni afónica.

 

 

 

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¿Quién quiere monos?

El amanecer del planeta de los simios

Las grandes sagas llevan en sus moléculas el elixir de la inmortalidad. Pueden padecer periódicos constipados y hasta agonizar en un momento dado, pero están llamadas a renacer fenixianamente de sus cenizas. Hoy mismo vivimos una de las etapas más felices del largo ciclo de películas de James Bond, únicamente comparable a la inicial en los años sesenta. Star Trek ha reverdecido en los últimos años con un vigor y capacidad de arrastre como ningún trekkie hubiera podido soñar, y cabe suponer que el hacedor de tal milagro, J. J. Abrams, igualmente insuflará savia nueva a la esperadísima nueva trilogía de Star Wars. Y esta semana, de la mano de Matt Reeves, que estrena El amanecer del planeta de los simios, la continuación de El origen del planeta de los simios (esto es: la secuela de una precuela), confirmamos que la saga simiesca, tan magníficamente relanzada en el título de Rupert Wyatt, atraviesa un envidiable estado de salud.

John Gregory Dunne lo contaba en El estudio: durante el rodaje de El planeta de los simios (1968), el productor Arthur P. Jacobs recordaba los tres años largos que le costó levantar el proyecto y cómo, hasta llegar a la Fox, que lo aprobó no sin reticencias, todos los estudios lo rechazaban: “¿Quién quiere monos?”, decían sistemáticamente los prebostes de las majors (Jacobs también cortejó a Samuel Bronston, que de haber dicho sí habría rodado la película en España, casi seguro que con Fernando Sancho y José María Caffarel disfrazados de chimpancés). Pues al parecer mucha gente quería y sigue queriendo monos. Por su originalidad en el campo de la ciencia-ficción (que habría que repartir equitativamente entre Pierre Boulle, autor de la novela original, y los insignes guionistas Rod Serling y Michael Wilson) y sin duda por el tirón comercial que por aquellas fechas tenía Charlton Heston, El planeta de los simios fue un éxito de campanillas. Su final sorpresa se nos clavó en la memoria como la espada Excalibur en la roca. Al año siguiente llegó la primera secuela, y otras tres en los primeros años setenta, además de un par de series de televisión (una con personajes de carne y hueso, otra de animación) y, ya en el despuntar del nuevo siglo (2001), el remake firmado por Tim Burton, tan brillante como irregular. Algo más de diez años, pues, han dormido los simios plácidamente, pero aquí están de nuevo, bien despiertos, llamados a inocular fascinación en las nuevas generaciones de cinéfilos. Quedan, sin embargo, en la semioscuridad, muy olvidadas, las secuelas del original, de interés desigual pero en líneas generales reivindicables. Echemos un vistazo.

En Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1969), James Franciscus interpretaba a un astronauta que seguía los pasos del encarnado por Charlton Heston en el título precedente, llegaba como él al año 3955 y vivía una peripecia no tanto con los simios, sino con una raza o secta de mutantes humanos oculta en (las ruinas de) los pasillos, andenes y túneles del metro neoyorquino. Se diría que los guionistas (Paul Dehn y Mort Abrahams) concibieron el argumento después de una sobredosis de ácido, tal es su delirio e insensatez. Alucinógeno similar se tomarían Ted Post y el cámara, a tenor del superávit de zooms. Heston aceptó comparecer en el filme como favor personal a Richard Zanuck, a la sazón presidente de la Fox. Al final, una bomba atómica hacía puré nuestro planeta (y el de los monos).

Huida del planeta de los simios (Don Taylor, 1971) es la entrega más fresca y salada de la saga. Resulta que los epónimos Kim Hunter y Roddy McDowall, en compañía de otro doctor chimpancé, accedieron a la nave de Heston antes de la hecatombe y retrocedieron en el tiempo, plantándose en los años setenta. La primera parte es una divertida comedia que juega con el contraste entre humanos y simios parlantes, diserta con alegre filosofía de salón sobre la evolución de las especies y especula sobre las paradojas temporales. La aventura postula luego el mal inherente al género humano frente al pacifismo a ultranza de la pareja de chimpancés, abatida a tiros no sin antes dar a luz un bebé que garantiza continuidad a la serie. Eficaz dirección de Don Taylor, un antiguo y discreto actor (en los cincuenta fue el novio-marido de Liz Taylor en El padre de la novia y El padre es abuelo) que realizó otras estimables cintas de raíz fantástica: La isla del Dr. Moreau (1977), La maldición de Damien (1978) y El final de la cuenta atrás (1980).

La rebelión de los simios (J. Lee Thompson, 1972) sitúa su acción veinte años después de la obra anterior, en el futuro 1991. El hijo de Roddy McDowall y Kim Hunter (que interpreta igualmente McDowall) ha crecido en el circo donde fue adoptado. Su cuidador (Ricardo Montalbán) ha ocultado celosamente la inteligencia del animal, así como su capacidad de hablar. El chimpancé se llama César, como el protagonista de El origen del planeta de los simios y El amanecer del planeta de los simios, y no casualmente, porque esta película y las de Wyatt y Reeves inciden en otorgar a ese personaje el liderazgo que, poco a poco, llevará a los cuadrúmanos a dominar el planeta y esclavizar a los humanos. La desobediencia y la revolución en un mundo descrito como totalitario y policial convierten a esta entrega en la más abiertamente política de todo el ciclo. Y en un alegato antirracista: intencionadamente, será un hombre de raza negra (el secretario del malvado gobernador) quien comprenda y ayude al acorralado César a emprender su cruzada contra nuestra especie.

Battle for the Planet of the Apes (J. Lee Thompson, 1973), rebautizada en televisión y DVD como La conquista del planeta de los simios (es la única que no llegó a estrenarse en nuestros cines), exprime un limón ya muy gastado en anteriores frituras. El lema que ahora esgrime El amanecer del planeta de los simios (“Ape shall never kill ape”) ya se podía leer hace cuarenta años en esta película. La trama es también parecida a la de la obra de Matt Reeves: la ciudad de los simios por un lado, la de los humanos supervivientes por otro, y el enfrentamiento provocado por los más extremistas de ambos frentes, con César debatiéndose entre el bien y el mal. Sin ser particularmente creativa, es una película de evasión muy aceptable. En el reparto, maquillados de simios, gente tan diversa como John Huston, Claude Akins, el veterano Lew Ayres o Paul Williams. Y, en un breve papel secundario, John Landis, justo el año en que debutaba como director con, precisamente, El monstruo de las bananas, una de simios de muy distinto signo.