Gente de otro mundo: los Coppola

Formar parte de una familia como la de Francis Ford Coppola ha de ser una experiencia próxima a la monarquía: un rey, una reina, príncipes e infantas creciendo y conviviendo juntos en una nube de seda. Una experiencia que marca y deja huella a perpetuidad. Esa huella, en la obra de Sofia Coppola, es parcialmente perceptible en Las vírgenes suicidas (1999) y María Antonieta (2006) y de todo punto indeleble en Somewhere (2010) y The Bling Ring (2013), películas esculpidas desde el desdén no rencoroso de quien ha sido educada, sin previo aviso, en el lujo de Hollywood y el resplandor de las marquesinas. Ahora es Eleanor Coppola, la señora de Francis, la mamma, quien se estrena en el largometraje de ficción, a sus muy respetables 81 años, con París puede esperar. Eleanor lleva casada con el autor de El padrino (1972) desde febrero de 1963, cuando el joven cineasta rodaba Dementia 13. La señora Coppola, pues, lo ha visto, lo ha vivido todo, todo, en la carrera del coloso, y no es moco de pavo el inmenso material documental que ella mismo filmó durante la producción dantesca de Apocalypse now (1979), recogido en ese apasionante making of que es Hearts of Darkness (1991). Convendría averiguar qué influjos habrá sembrado su carácter en la vasta obra del marido, de la misma manera que sabemos que, sin Alma Reville, el corpus hitchockiano sería distinto del que es.

Hace muchos, muchos años, Jaume Picas acuñó una definición memorable para el famoso melodrama romántico Un hombre y una mujer (1966), de Claude Lelouch: película-carquinyoli. La película-carquinyoli sería aquella orientada a un público pequeñoburgués adicto al té con bollería y al cotilleo, preferentemente femenino y poco dispuesto a complicarse la vida cuando se sienta en una butaca. París puede esperar es el prototipo de película-carquinyoli, y no le demos sentidos peyorativos al término: la obra de Eleanor Coppola es un cuento de hadas dulce, perfumado y elegante que en ningún momento se ruboriza de serlo. Diane Lane, dama espléndida a quien por cierto papá Coppola ha dirigido en diversas ocasiones, es la esposa de un todopoderoso titán del cine a quien pillamos al principio de la película en Cannes, con su marido, de quien pronto se despedirá para viajar, con el socio y amigo del magnate, en coche hacia París. El amigo se revelará un seductor, un perfecto guía turístico y el mejor consejero gastronómico con que un buen gourmet podría soñar. El viaje se hace con parsimonia, parando en los mejores restaurantes y hoteles, saboreando los platos y los vinos más exquisitos, visitando parajes preciosos y arquitecturas milenarias. Ella lo fotografía todo, atesora una memoria visual digna de la familia a la que pertenece. Y hay un momento de emotividad sublime, cuando en la iglesia confiesa a su epicúreo compañero sus sentimientos por el hijo tempranamente fallecido. París puede esperar es un film literalmente gustoso, pariente próximo de Entre copas (2004) y de la serie de deliciosas road movies culinarias de Michael Winterbottom compuesta por The Trip (2010), The Trip to Italy (2014) y la todavía inédita The Trip to Spain (2017). Ni que decir tiene que uno sale del carquinyoli de Eleanor con un hambre descomunal (¡qué pinta ese menú con tartar de tomate y salmonete a las hierbas!) y con ganas de que alguien te lleve allí para quedarte hasta el último suspiro. Pero no, esos paraísos sólo existen para los dioses del Olimpo y los suyos.

 

 

 

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