Vida, deseo de vivir, Eustache

Desde sus títulos de crédito, Charles Trenet nos saluda con Douce France: “Il revient à ma mémoire des souvenirs familiers (…) Douce France, cher pays de mon enfance, bercée de tendre insouciance, je t’ai gardée dans mon coeur…”. Mes petites amoureuses (1974) es una película tan hondamente francesa como las de Marcel Pagnol, las de Jean Renoir, Jour de fête (1949), Lacombe Lucien (1974) o El carnicero (1970). Recuerdos de infancia de Jean Eustache en el Midi, “pàgines viscudes” que diria Folch i Torres, retazos de sinceridad almacenados en la memoria, crónica íntima de una sentimentalidad desbordante. La primera media hora transcurre en el pueblo donde el niño protagonista vive con su abuela. Perfumes reconocibles, cálidos: pan con chocolate, paseos en bici, juegos, visita al circo, al mercadillo de las frutas y hortalizas, la primera comunión y las primeras llamadas del deseo… Después, por obligación, el protagonista se traslada al modestísimo piso de su madre, que vive con un hombre casado y de pocas palabras en una ciudad de provincias; le prohíben ir al cole y le hacen trabajar, a desgana, como mecánico. Junto al río, hay un paseo entre dos filas de árboles donde la gente deambula plácidamente y los adolescentes hacen sus conquistas. Con sus nuevos amigos frecuenta la terraza de un bar popular propicio a las miradas calientes; montan en bici, fuman, van al cine. Un día, en un cine, besa a una desconocida disponible mientras se proyecta Pandora y el holandés errante (1951). Con los amigos viaja a un pueblo cercano; él y un amigo seducen a dos hermanas. Las parejas retozan en la hierba. El protagonista y la hermana pequeña se besan con pasión, se acarician; la cámara también acaricia sus cuerpos y al final se eleva a contemplar paisaje, cielo y nubes. Es un instante de una poesía tan bella, tan sensual y etérea, como la escena de los amantes de Una partida de campo (1936) de Renoir. El cuadro final es el retorno al pueblo, a casa de la abuela, de vacaciones.

Hecha de pinceladas impresionistas breves, que cortan en seco pero con precisión de cirujano, soleada y luminosa (su piel lumínica, que tiñe de melancolía cada imagen, tiene nombre y apellido de gigante: Néstor Almendros), Mes petites amoureuses ni es drama ni es comedia ni es tragedia ni detalla conflictos mayores; no contiene ni momentos fuertes ni momentos débiles, tan sólo tranches de vie expuestas con una armonía extraordinaria. Tampoco hay personajes positivos o simpáticos, ni personajes negativos o antipáticos, aunque algunos lo parezcan: el malhumorado Pialat, por ejemplo, que aparece en una escena increpando al niño, es un cabronazo, pero, situado en el contexto en que está, tiene sus razones. Pocas películas han filmado con tanta sensibilidad y penetración el mundo de la infancia como Mes petites amoureuses. Y el deseo de vivir y de amar. Desconcierta pensar que su autor se pegara un tiro en la cabeza siete años después. Urge volver a Eustache.

Por fortuna, a veces surgen reminiscencias: ahí donde no te la esperas, la reverberación se enciende. El próximo día 30 se estrena en nuestros cines la película catalana Estiu 1993, el deslumbrante debut en la dirección de Carla Simón, una crónica rural que evoca la infancia de la propia cineasta y posee el latido, el tacto, la ternura y la profunda verdad humana de Mes petites amoureuses. Una cita inexcusable.

 

 

 

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