La cuarta categoría

Hasta ahora, de un modo tan reduccionista como práctico, consideraba qua había tres clases de películas, A, B y C, y no más. A: aquella que, entusiasmado tras una primera visión, sabes que volverás a ver más o menos de inmediato y cuantas veces haga falta (ejemplos cercanos: “Los odiosos ocho”, “El porvenir”, “La La Land”, “Mi amigo el gigante”, que ya he repetido con sumo placer; ahora mismo, “Personal Shopper”, a la que no tardaré en volver). B: la película que gusta pero no te hace crecer, que tiene valores, pasa bien y no importa si al azar te la vuelves a encontrar, aunque no irás a por ella ex profeso (categoría zapping por excelencia: el otro día ponían en un canal de Movistar Florence Foster Jenkins y me la volví a tragar sin esfuerzo). Y C: la que ni harto coñac volverás a ver nunca jamás de los jamases por insípida, inodora e incolora, y valgan como ejemplos más a mano los tres fiascos reseñados en este blog hace unas semanas como paradigma de la Película Rutinaria de Cada Viernes: Un reino unido, Nunca digas su nombre y Noche de venganza.

Pues bien, ahora resulta que, tras echarle mucho pienso al magín y regarlo a diario con agua de lluvia, he descubierto que hay una cuarta categoría de películas, la D, que se sitúa exactamente en algún lugar entre la B y la C: esa obra que nunca más volverás a ver… entera, pero que contiene fragmentos, tramos o escenas que, si se tercia, contemplarás de nuevo gratamente. He llegado a esta conclusión, tan excitante como descubrir un planeta nuevo, tras ver Piratas del Caribe: La venganza de Salazar. La segunda hora de esta aventura corsaria es tan pesada e interminable como una maratón de fabadas, pero la primera se consume con la frescura de una ensalada de tomates recién recogidos del huerto: la primera aparición de Jack Sparrow, que voluntaria o involuntariamente homenajea a la escena inicial de Luces de la ciudad (1931), la espectacular secuencia del atraco al banco o la del cadalso ostentan la gracia alada, el vigor y el buen humorismo de El temible burlón (1952) y otros clásicos incombustibles del cine de piratas. La gran exhibición de los tiburones zombies es un momentazo digno de figurar entre los mejores de la saga. No ha de doler repetir esos pedazos del filme de Ronning y Sandberg, pero a este bloguero no le verán perder un minuto repitiendo el metraje posterior.

Hay, además, una razón añadida para no prestar mucha atención a las tribulaciones de Sparrow y compañía, y que se repite con asombrosa frecuencia en la mayoría de los superblockbusters de nuestros días: el destierro absoluto de personajes vivos. De acuerdo: en esta franquicia, casi todos están muertos o vienen del más allá, pero me refiero a ese gesto natural, espontáneo, que antes, casi en cualquier película, atesoraban los actores, por muy de segunda fila que fueran. Casualmente, y sin abandonar el protagonismo de las aguas, vi Piratas del Caribe: La venganza de Salazar horas antes de degustar un western artesanal, en espléndido Technicolor, de George Sherman, Río abajo (1948), protagonizado por Yvonne De Carlo, Rod Cameron, Dan Duryea y Helena Carter, sorprendente en muchos aspectos. Arranca con un puñado de leñadores talando árboles gigantescos, lanzándolos al río y, luego, con una destreza mayúscula, arrastrándolos épicamente, río abajo como anuncia el título (castellano: el original es River Lady) hasta el pueblo donde harán con ellos negocio y donde les espera, también, el alcohol y la juerga. Sin solución de continuidad, a ese bello rincón fluvial llega el lujoso, majestuoso barco de vapor-casino regido por la De Carlo. Sherman no es Walsh ni Anthony Mann, pero cuidadito con él: Río abajo rebosa dinamismo, los héroes sudan, beben, pelean (los puñetazos que se propinan Cameron y Duryea en la cabaña parecen reales) y aman con una intensidad casi sobrehumana. La vida, en fin, circula libre y fresca en el centro y las esquinas de cada encuadre. Pienso entonces en los recién visitados Sparrow, Barbossa, los pimpollos Henry y Carina, Salazar, etc., y, pese a que no paran quietos, no veo ni una molécula de esa viveza, ese grácil sabor a autenticidad. Creo que repetiré Río abajo.

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