Elogio del cineasta estajanovista (y pistolero)

“Es aconsejable que un director tenga un límite en el número de películas que dirige cada año. No habrían de ser más de tres”. Esta frase, hoy, cuando cada año celebramos la llegada de un nuevo Woody Allen como un ejemplo de heroicidad, tenacidad y perseverancia (como el Beaujolais: “le Woody nouveau est arrivé!”), puede provocar carcajadas. Pero la escribió, muy en serio, John Cromwell, uno de los grandes segundas espadas del Hollywood dorado, en 1937, en su texto The voice behind the megaphone del libro colectivo We make the movies. Pues en aquellos tiempos en que el cine no se avergonzaba de ser, esencialmente, arte popular era normal que un cineasta de estudio realizara cuatro, cinco o media docena de películas por año, algunos más. Cineastas megaprolíficos los ha habido siempre, de Roger Corman a Takashi Miike pasando por Jesús Franco, pero sin punto de comparación con aquella época, cuando la abundancia era moneda corriente y no anomalía.

El campeón en este negociado de fecundidad, no un cineasta cualquiera sino un maestro de talla elevada, es sin discusión Allan Dwan. Pilló al cine en pañales, como De Mille y Griffith, y los tres lo vistieron de pantalón largo. Aunque eran cortometrajes, en 1911, año de su debut, realizó aproximadamente (su filmografía es imposible de establecer con rigor) unos ochenta títulos. Pero se superó al año siguiente, agárrense: ¡112! Eso significa algo más de dos cortos por semana. Eran días de batallas legales y libre albedrío y los audaces filmmakers pioneros se lo montaban como podían. Como cuenta un Dwan ancianísimo (murió con 96 tacos, en 1981) en la serie de Brownlow y Gill Hollywood (1980), filmando en exteriores llevaba siempre su propio revólver, con el que a menudo disuadía a gángsters intrusos que amenazaban con boicotear la película; llegó a acojonar a un forastero malvado disparando (y acertando) a tres latas vacías. El Salvaje Oeste en estado puro. Tan puro como la obra entera e inabarcable de este realizador pistolero, que concluye tras medio siglo de ininterrumpida actividad. Una obra en la que rigen la sencillez expositiva, la pulsión telúrica, el destierro radical de todo elemento accesorio: en Dwan, como en Walsh, las cosas son como son y así impactan, con toda su fuerza bruta, en nuestras retinas. Por ejemplo, los sucesivos e incendiarios besos que, en El jugador (1955), se dan Rhonda Fleming y John Payne en una escena digna de la legendaria de Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados (1946). Pasión en un contexto de constante dureza que también podía tener sus destellos de dulce ternura: Elaine Stewart dando calor con su cuerpo al (literalmente) helado Ron Randell en la película final del director, la insólita Most Dangerous Man Alive (1961). En este sentido, su vena romántica y buen gusto dejaban muy a menudo su sello: en Tide of Empire (1929), paradójicamente una película muda, el galán seduce a la heroína, la pizpireta Renée Adorée, con palabras corteses, de chico bien educado.

Fue Dwan hasta sus últimos días, en el mejor sentido del adjetivo, un director primitivo: “Sin ninguna duda, el más rousseauniano de los cineastas norteamericanos”, según el Diccionario de Tavernier y Coursodon. Brilló a enorme altura en el cine de aventuras (Robin Hood, 1922; La máscara de hierro, 1929; Huida a Birmania, 1955), el drama (Driftwood, 1947) y la comedia (Manhandled, 1924, y otras con Gloria Swanson; Mi novio está loco, 1945), el cine bélico (Arenas sangrientas, 1949), el melodrama épico (Suez, 1938), el western (La bella de Montana, 1952; Filón de plata, 1954), el melodrama con intriga (Al borde del río, 1957), el film noir (Ligeramente escarlata, 1956), la ciencia ficción (la mencionada Most Dangerous Man Alive)… Como buen pistolero, donde ponía el ojo ponía la bala, empapada de un lirismo febril. Dwan: quintaesencia de una estirpe de directores de cine-cine única e irrepetible, a la que no nos cansaremos de ensalzar.

 

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