Aki está Kaurismäki, director de “Río Bravo” y “Juan Nadie” (y dos amigos más)

Estrenada esta semana aciaga, El otro lado de la esperanza adquiere una imprevista contundencia: uno de sus protagonistas es un sirio escapado de la crueldad de esa guerra infame que acaba de cobrarse, vía armas químicas, nuevas víctimas inocentes. Imposible concebir, ahora mismo, un personaje contemporáneo más cargado de acuciante verdad. Como en la precedente El Havre, Aki Kaurismäki aborda el tema de la inmigración desde una óptica humanística candorosa. Esto es lo que hay, viene a decirnos, pero no debemos quedarnos con los brazos cruzados, sino combatiendo la situación con solidaridad, buena disposición de ánimo y humor cordial. La cámara de Kaurismäki es siempre un abrazo acogedor. Abraza con cariño tanto al recién llegado, que pasará un calvario burocrático para conseguir (o no) los papeles reglamentarios, como al otro protagonista de la historia, un vendedor de camisas que decide hacer borrón y cuenta nueva y abrir un restaurante. El azar, en forma de puñetazos como en un western, unirá a estas dos criaturas desvalidas, que, con el resto de los empleados del local, a cual más pintoresco, conformarán un grupo cohesionado de raíz netamente hawksiana, portador de camaradería de buena ley, humoradas marcianas y un esprit de vie inoxidable: sólo Kaurismäki puede filmar una puñalada salvaje y, poco después, dibujar una sonrisa en los labios del apuñalado. El espectro de Hawks viene acompañado, excelente compañía, del fantasma de Capra. En su crítica de la película, Sergi Sánchez sostiene que “en el cine de Kaurismäki no se confía en las leyes, ni en las instituciones, sino en las personas, cuya generosidad nunca está en venta”. El Individuo, pues, en mayúscula, como en el cine de Capra, que creyó en la fortaleza moral del hombre de la calle para salir de la miseria circundante. El pincel de Kaurismäki podrá estar empapado de acuarela bressoniana, pero hay trazos que nos sugieren la grandeza de la comedia americana, de Capra y Hawks; sin ir más lejos, el perfil maravilloso de los secundarios, cada uno con sus circunstancias y todos dispuestos al fin y al cabo a dar un brazo por el compañero: la fe en el prójimo, el gran tema del actual rey de Finlandia. Fiel a su universo teñido de melancolía, desdramatizado y glacial a la vez que tierno y sentimental, Aki Kaurismäki levanta una crónica costumbrista agridulce que toca la llaga social con mayor penetración y eficacia que cien debates televisivos y otras cien columnas sesudas en diarios. Que el cine es una hermosa herramienta de resistencia y combate queda claro con obras como El otro lado de la esperanza.

El bloguero vio la película de Kaurismäki un día antes de ver Lo tuyo y tú, de Hong Sang-soo, que se estrena esta Semana Santa, y seis antes de Maravillosa familia de Tokio, de Yoji Yamada, que tiene prevista su llegada a nuestras pantallas el 5 de mayo. Tres películas distintas unidas sin embargo por una parecida mirada afectica, que no complaciente, a la vida y a las gentes. Tres obras que observan los malos tragos cotidianos con ironía, alto voltaje poético y cálido acento humano. Un cine de cercanías, por así decirlo. Tiene su gracia que las tres películas, cada una a su manera y de modo tácito, reivindiquen el alcohol. El finés lo hace a través del breve y divertidísimo cameo de su actriz fetiche, Kati Outinen. El coreano y el japonés coinciden, casualmente, en dos escenas etílicas gemelas. La chica protagonista de Lo tuyo y tú, mentirosa compulsiva, toma copas con uno de sus pretendientes cuando inesperadamente se presenta otro pretendiente; cuando los dos galanes están a punto de pelearse, se reconocen como viejos compañeros del instituto, se olvidan de la muchacha y celebran su reencuentro, lo mismo que acaba haciendo el anciano protagonista de Maravillosa familia de Tokio, en esa barra de bar con perfume de Ozu, cuando descubre que el patoso detective que le espía es un antiguo amigo.

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