Picoteo

1: Masamune Shirow y Mamoru Oshii, terapeutas

Decididamente, el sueldo astronómico de las grandes estrellas cinematográficas, tan cuestionado (y envidiado), no deja de ser justo: además de desgañitarse metiéndose en el pellejo de las personas que no son, han de defender luego (otra actuación) su profundidad en las giras promocionales, y con tal ímpetu y convicción que acaban creyéndose sus propias declaraciones. Este pasado viernes podíamos leer en una entrevista cómo Scarlett Johansson, gracias a encarnar su papel de Mayor en Ghost in the Shell: El alma de la máquina, ha logrado vencer sus miedos personales. Qué bien, ya puede ir por la vida con la cabeza y la autoestima bien altas, sin las angustias que hoy nos atenazan. No hace falta pasar por Ibsen ni tan siquiera dar vida a un ser humano. Me muerdo las uñas a la espera de leer algo parecido el próximo viernes, a ver si los jóvenes actores protagonistas de Power Rangers han experimentado un cambio tan profundo y vital, embutidos en sus trajes de colorines.

 

2: Lyncharama

En el arranque del capítulo de Cinéma, de notre temps (1993) dedicado a su figura, David Lynch afirma que “preparar una película es como examinar un pato o pintar un cuadro”, y a continuación se extiende en una serie de constataciones memorables sobre el ave palmípeda: “Cuando se mira un pato, se ve un pico con cierta estructura y dimensión; luego se ve una cabeza y plumas de forma peculiar (…) El pico de un pato es muy liso y con muchos detalles. Se parece un poco a sus patas (…) Lo esencial en el pato es la colocación del ojo. Tiene que estar en la cabeza, y es como una joya; no podría estar en el pico, no se ajustaría. En el cuerpo el ojo estaría perdido. En las patas tampoco podría estar. Está perfectamente colocado para ser una joya: cerca de la curva del cuello y con el pico delante, con la distancia necesaria para que el ojo se destaque. En una película, se consigue el pico, las patas e incluso el cuerpo. Pero el ojo del pato es una escena del filme que…”. En total, cuatro minutos de divagación absurda dignos del Javier Cansado de Ilustres ignorantes. Podemos ver a Lynch como a un ornitólogo cinéfilo-semiótico muy serio o, con mayor certeza, a un bromista consumado que le toma el pelo al entrevistador y, de remate, al espectador, pero escucharle es un placer infrecuente siempre: sus palabras emiten unas ondas que seguramente se pueden captar desde Marte, extendiendo sobre el firmamento entero una fascinación no menor de la que vertebran sus propias películas. Ahora, David Lynch: The Art Life bucea en la compleja personalidad del cineasta mostrándolo pintando en su estudio, compartiendo ocio con su hijita y narrando ante un micrófono, en un cuarto siniestro, sus años formativos, su vida hasta su consagración con Cabeza borradora (1977). Un retrato íntimo de alto valor para todo amante de su obra, y despojado de excentricidad daliniana, es decir: sin patos ni patas de pato.

 

3: El toque Arrieta

Artista, en palabras de Luis Antonio de Villena, “artúrico y brumoso”, Adolfo Arrieta confesó años ha, supersticioso él, no sentirse a gusto con el número trece fruto de sumar las letras de nombre y apellido, uno de los motivos pero no el único de su variada galería nominal: Adolfo G. Arrieta, Udolfo Arrietta o Adolpho Arrieta, que suman catorce, o ahora, con once, Ado Arrietta, que es como firma la maravillosa Bella durmiente. No es habitual, sino todo lo contrario, que las películas del insobornable Arrieta o Arrietta, cineasta de culto fuera de nuestras fronteras, se estrenen en España. Ningún espectador con la sesera bien puesta debe perderse este cuento tónico y embelesador.

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