El extraño caso del Dr. Verbinski

Gore Verbinski nunca más ha estado a la altura de su debut en el largometraje con aquella joya aquí titulada, por el morro, Un ratoncito duro de roer (1997), genuino homenaje al cine cómico silente de Laurel y Hardy y al cartoon tradicional. Pero, a lo largo de estos veinte años de carrera, ha seguido demostrando, con mayor o menor acierto, su apego al slasptick, con sabor tex mex a veces, como testimonian The Mexican (2001) o Rango (2011); a través de la más pura fantasía cómico-heroica en los tres títulos (2003, 2006, 2007) de la saga Piratas del Caribe por él firmados o llevando a su terreno un clásico de la cultura popular en El llanero solitario (2013), su película más acabada desde el ratoncito: divertida, dinámica, con un sentido muy físico de la narración e ideas tan delirantes como esa pierna ortopédica de Helena Bonham-Carter, tan letal como la de la heroína de Planet Terror (2007). En resumidas cuentas, un personaje singular este Verbinski, próximo a otro maverick (maverick de blockbuster, doble singularidad) generalmente tan subestimado como él: Barry Sonnenfeld.

A su vez, Verbinski ha cultivado el cine de terror en The Ring (2002), el notable, muy elegante remake del célebre filme homónimo japonés, y en la ahora estrenada y, pese a sus altibajos y a su desmedido metraje de dos horas y media, interesantísima La cura del bienestar, según un argumento escrito en colaboración con Justin Haythe, ya presente en los créditos de El llanero solitario. Para el cinéfilo, su equipaje referencial es altamente estimulante, con Shutter Island (2010) como mascarón de proa: un descenso a los laberintos de la locura en un espacio tétrico pero oníricamente bello, un balneario en plenos Alpes suizos al que llega el protagonista (Dane DeHaan, casualmente parecido a Leonardo DiCaprio), en teoría para una misión sencilla, en la práctica para poner a prueba la fortaleza de su mente. Hay algo en ese ambiente de supuesto reposo que también recuerda a la plácida villa de El prisionero (1967). Y hay un aviso de que Kubrick merodeará, con su ojo impoluto, desde cada esquina de ese Overlook de aguas milagrosas: el inquietante plano aéreo del vehículo serpenteando una carretera en plena naturaleza, rumbo al infierno. Precede a este plano otro que puede considerarse la más hermosa plasmación de un tren entrando en un túnel: Verbinski encuadra y filma con un gusto exquisito, decantándose a ratos por ángulos forzados pero pertinentes en su contexto, que pueden recordar tanto a Welles como al Aldrich más gótico. Una nana nos retrotrae a La semilla del diablo (1968) o a algún rincón de un giallo de Argento. Y de Argento a su ancestro Bava: un grifo que gotea, curiosamente una imagen ya usada por Verbinski en su primer trabajo como director, el cortometraje The Ritual (1996), un salvaje borrador de su filmografía futura: el retrete roto (lo hay también en La cura del bienestar) que, con su obeso ocupante, se precipita al piso de abajo, muy a lo ratoncito.

Lo de las anguilas, el exceso de anguilas, simbólicas o no (en otra época debatiríamos sobre si denotan o connotan), no hay por donde cogerlo, pero poco importa: hacia el final, con la caída de máscara del consuetudinario mad doctor, es a Fisher, el Fisher de El fantasma de la Ópera (1962), a quien Verbinski convoca para nuestro gozo. Y todavía, rascando, rascando, atravesaríamos otras muchas comarcas conocidas, incluso pasaríamos por Lilith (1964). La cura del bienestar, en fin, desarrolla una historia sólo intermitentemente sugestiva, pero lo que atrae es cómo nos la ofrece, la belleza de su diseño, su cámara de ecos inagotable, su fe en el género y en la poesía de la imagen.

 

 

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