Retrato de Sonia

En lo referente a Brasil, el espectador con longitud de memoria recuerda cómo saltó sin intermedio del cinema novo al culebrón desaforado. Tras la digestión de Rocha y compañía, un día llegaron las televisiones autonómicas y, con ellas, series producidas por la señera cadena de televisión brasileña Globo. A mediados de 1984, una TV3 todavía en pañales nos deleitó con L’esclava Isaura (1976) y, unos meses después, con Dancin’ Days (1978), protagonizada por Sonia Braga. La actriz, nacida en 1950, ya era una celebridad gracias a otros folletines televisivos como Gabriela (1975), inspirada en la novela de Jorge Amado que de nuevo interpretaría en cine en 1983, junto a Marcello Mastroianni (memorable la espontaneidad de la actriz incluso haciendo la colada y tendiendo la ropa).  En cine la habíamos visto en Doña Flor y sus dos maridos (1976), otro texto de Amado, y Yo te amo (1981), y la seguiríamos viendo en el futuro en trabajos señalados como El beso de la mujer araña (1985) o Tieta de Agreste (1996). Sonia Braga es hoy una institución, o más bien un símbolo (más allá del mero sex symbol), de las pantallas brasileñas, grandes y chicas. O de Brasil entero. Sonia Braga es fuego y fiebre, deseo y voluptuosidad, fruta tropical, vitalidad, mar y sol. Animal telúrico, más volcán que la Bolkan, Florinda, otra brasileña de armas tomar pero con menos lava en su interior. Alcanzado el rango de mito erótico incombustible, Sonia Braga podía darse el lujo, en una de sus puntuales excursiones a Hollywood, de secuestrar, amordazar y violar nada menos que a Clint Eastwood en El principiante (1990).

Que Sonia Braga lleve en activo, sin interrupción, desde 1968 marcando con incandescencia su carácter, le permite ahora protagonizar una película, Doña Clara (Aquarius en el original), cuyo papel sintetiza ese medio siglo que la ha visto crecer. Segundo largometraje de Kleber Mendonça Filho, Doña Clara está ambientada en un apartamento frente al mar de Recife, la capital del estado de Pernambuco, el único del edificio que se resiste, por su propietaria, Doña Clara (Braga), a ser vendido a unos especuladores que pretenden levantar ahí una mole turística. Ahora solitaria, Doña Clara, que tiene 65 años, ha vivido en ese apartamento toda su vida. Un prólogo ubicado en los mitificados años ochenta nos la muestra con treinta años, en el transcurso de la celebración del cumpleaños de un familiar, la anciana tía Lucía, que también vivió allí su vida; en un instante de introspección, la homenajeada recuerda un momento de exultante felicidad sexual vivido de muy joven en ese apartamento, que así, a través de saltos generacionales, se erige en el transmisor del gran tema de la película: el tiempo y la erosión que causa su curso. Paredes y muebles hablan del paso de los años y de nuestra existencia con sentimiento y una convicción digna del Ettore Scola de La familia (1987). Y en el centro de ese caudaloso viaje por la vida (que podría leerse como viaje por la cultura popular brasileña), Doña Clara, Sonia, todas las Sonias. Grandísimo personaje, y tremendamente verosímil y humano, hecho a partes iguales de fortaleza (resistencia, madera de superviviente, brotes de optimismo cuando la música, a la que se ha dedicado profesionalmente como crítica, retorna) y fragilidad (un pecho amputado, un apunte de tristeza emanando de la mirada), de coraje y abnegación. Sonia Braga deslumbra como Doña Clara, una de esas raras criaturas que, de tan próximas, sin dejar de estar en la pantalla, comparten contigo butaca. Mucho se ha hablado, y con razón, de las prodigiosas creaciones de Isabelle Huppert en las recientes Elle y El porvenir, pero hay que aplaudir, hasta despellejarse las manos, a Sonia Braga, que está a la misma altura.

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