Inmortales y mortales

Decididamente, Jaume Canivell, sufrido vendedor de porteros automáticos, habría hecho negocio redondo con los hermanos Dardenne, y sin mediar marqueses, ministros ni cacería. Lo señalábamos en este blog al hilo del estreno de Dos días, una noche: Marion Cotillard se pasaba prácticamente la película entera llamando timbre por timbre a sus compañeros de trabajo. Pues bien, en la recién estrenada La chica desconocida, es ahora Adèle Haenel, la inolvidable heroína de Les combattants (2014), quien reincide en el uso constante de porteros automáticos en su pertinaz búsqueda/investigación concerniente a la anónima prostituta asesinada. Civilizado discurso sobre la ética personal, La chica desconocida supone otro notable y plenamente idiosincrásico trabajo de los cineastas belgas, pero esta vez el bloguero salió de la película con una exclamación, ¡ay!, que, según el DRAE, expresa “aflicción o dolor”. Aflicción o dolor de caracteres leves aunque sintomáticos, en tanto que apuntan a la sospecha de un posible desgaste de fórmula, la fórmula (o el estilo) Dardenne. Sin pretender ser pitoniso, uno aventuraría que, de seguir el mismo camino, dentro de veinte años Luc y Jean-Pierre serán lo que hoy es Ken Loach: un maestro del cine social de formas un tanto periclitadas por el uso y el abuso. La chica desconocida ya no tiene la hondura ni el poder de arrastre de Rosetta (1999), como tampoco los tenía ya, aun siendo excelente, Dos días, una noche. Hay autores de relieve, muchos, que pierden fuelle con los años o, directamente, desaparecen de los mapas (¿qué fue de Alan Rudolph?, ¿qué fue de Jim McBride?…), mientras que otros (Allen, Spielberg, Jarmusch, etc.), con ya muchas décadas de vuelo en la mochila, se mantienen frescos como un lenguado recién pescado. Se hace difícil concebir que, en su veteranía, de llegar a ella, los Dardenne nos ofrezcan algo parecido a lo que Hawks, McCarey o Garnett nos ofrecieron en Hatari! (1962), Satanás nunca duerme (1962) o Pistolas en la frontera (1963). Jugoso tema para la reflexión.

Volviendo a Canivell, es precisamente un portero automático lo que pone en marcha una de las dos escenas más brillantes vistas en lo que va de año; ambas, curiosamente, esculpidas sobre el motivo de la amenaza. En la iraní El viajante, flamante Oscar a la película de habla no inglesa, la mujer protagonista contesta al interfono y, creyendo que es su marido quien llama, pulsa el botón, abre la puerta, desaparece de campo y la cámara de Asghar Farhadi permanece ahí, acercándose levemente a la entrada del piso; un encuadre que rompe la placidez doméstica en la que estábamos y anuncia un misterio, la susodicha amenaza. En una prodigiosa elipsis, Farhadi corta ahí y nos lleva al supermercado donde, en realidad, está el marido comprando. Entonces, ¿quién ha llamado a la puerta? En un alarde de planificación y puesta en escena tan sobresaliente se mueve M. Night Shyamalan en la escena inicial de Múltiple, en el aparcamiento al aire libre, que tiene la valentía, en un género, el de terror, habituado a inyectar miedo desde la oscuridad, de generar inquietud extrema a plena y cegadora luz del día; le basta al cineasta un leve movimiento de cámara aproximándose al maletero abierto del coche y un plano del retrovisor para cargar la pantalla de desasosiego; la amenaza obra vez, en abstracto. Farhadi y Shyamalan: dos planetas distintos, distantes, unidos por recursos visuales químicamente puros. Un placer.

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