1937, cuando hasta los perritos estaban de Oscar para arriba

Es todavía pronto para vaticinar cómo lucirá la comedia americana en este 2017, pero es de temer que, un año más, la cosecha no ofrecerá ni una centésima parte de la riqueza de tiempos muy, muy lejanos, por ejemplo ochenta años atrás, 1937, una era dorada rebosante de directores prodigiosos, de guionistas prodigiosos, de actores prodigiosos y, claro está, de actrices prodigiosas: en esa fecha, Katharine Hepburn y Ginger Rogers resplandecían en Damas del teatro, Carole Lombard incendiaba en Technicolor las imágenes de La reina de Nueva York y Jean Arthur e Irene Dunne echaban chispas en, respectivamente, Una chica afortunada y La pícara puritana. Examinemos un poco más de cerca estas dos últimas obras maestras insuperables.

Antes de debutar como director y reinar en la comedia de los años cuarenta, Preston Sturges dejó la huella de su talento en un puñado de guiones. En Una chica afortunada, su impronta se detecta en esa rabia social que luego caracterizaría su obra de autor: la escena del caos en el restaurante automático, al que acuden desesperadamente los mendigos para echarse algo al estómago, posee un inequívoco aliento sturgesiano que no desentonaría en Los viajes de Sullivan (1941). Es también significativa la presencia de un conjunto de ilustres actores secundarios que más tarde formarían parte de los mejores repartos de Sturges: Luis Alberni, Robert Greig, William Demarest y el irremplazable y prolífico Franklin Pangborn, que sólo en ese año, 1937, participó en nada menos que 28 películas, a dos y pico por mes. Pero Una chica afortunada pertenece por derecho propio a Mitchell Leisen, uno de los maestros del género, un fino estilista y formidable director de actrices y actores. Leisen aúna ejemplarmente en su película la comedia social, la romántica y el clásico slapstick del cine mudo: antes de los diez minutos de proyección, Edward Arnold tropieza y cae al suelo tres veces y recibe un escobazo de su esposa, y la referida escena del restaurante automático se diría ideada por Mack Sennett o Hal Roach, o por ambos a la vez. Su sentido de la construcción es admirable. Como en otras comedias magistrales de la época, un objeto trivial (pero caro: un abrigo de 58.000 dólares) propicia un enredo mayúsculo y mil equívocos, encapsulados en diálogos de afilado ingenio, siempre entre personajes que suponen erróneamente algo del otro y viceversa: el gerente del hotel (Alberni, divertidísimo) cree que Mary Smith (Arthur) es la amante del Sr. Ball (Arnold), cree que el Sr. Ball le compró el abrigo, cree que la cena que ella pide para dos es para compartir con el Sr. Ball, cuando en realidad es para compartirla con el Sr. Ball Jr. (Ray Milland), quien a su vez desconoce quién es ella del mismo modo que ella desconoce quién es él. La grandeza definitiva de tanto disparate es que nos llega de la manera más natural y equilibrada, apelando a la lógica más aplastante en cada situación.

Por La pícara puritana, otro gigante, Leo McCarey, ganó el Ocar al mejor realizador. Un acto de justicia francamente inusual. No se premió lo ostentoso, sino más bien lo contrario: la puesta en escena de McCarey es de una cristalina perfección, casi invisible; una sucesión de planos americanos locuaces, a los que intermitentemente se inserta un plano medio o un primer plano para resaltar un gesto de asombro, una mirada aviesa o un detalle puntual: el muñeco de goma que atrae al perro Mr. Smith en la escena del juzgado. Una dirección, en fin, funcional: sirve a un tiempo una obra de teatro de la manera más cinematográfica (hay incontables entradas y salidas de personajes en cada secuencia, filmadas con un brío incomparable) y a un conjunto de intérpretes en perpetuo estado de gracia. La obra en cuestión, de Arthur Richman, estrenada en septiembre de 1922 y ya llevada a la pantalla dos veces antes (1925 y 1929) y otra después (1953), es un clásico enredo matrimonial cuyos cónyuges, hasta prácticamente cinco minutos antes de que las agujas del reloj marquen la hora en que oficialmente están divorciados, vivirán dos meses de prelibertad saboteando cada uno de ellos, con malas artes, los idilios (por despecho, naturalmente) del rival. Señalemos dos grandísimos momentos de esta lucha encarnizada sin cuartel. El Sr. Warrimer (Cary Grant), oculto tras la puerta de la Sra. Warrimer (Dunne) cuando ésta atiende, incómodamente, a su prometido Daniel Leeson (Ralph Bellamy), que se ha presentado de improviso para leerle un poema de amor, hace cosquillas con un lápiz a su todavía esposa, que responde con incontroladas risas al recital del ridículo poeta. En un sentido inverso, es ahora la Sra. Warrimer quien se presenta inesperadamente a la recepción de la encopetada futura familia del Sr. Warrimer, haciéndose pasar por su hermana y montando un número de vulgaridad extrema, pasada por los efectos etílicos, que da al traste con la anunciada boda. ¿Es La pícara puritana una screwball comedy? Lo es, en tanto que contiene todos sus elementos: una excentricidad en los personajes rayana a veces en el nonsense, una pirotecnia verbal de primer orden (frases cortantes, contundentes golpes bajos en cada réplica…) y brotes de genuino slapstick (el rotundo tortazo de Grant en la sesión de canto), pero el tono relajado, la sutileza de la caligrafía de McCarey, más bien hacen pensar en una comedia sofisticada todavía no lo suficientemente chiflada (y una pizca lubitschiana en su plano final elíptico: los muñecos del reloj de pared que, esta vez, entran ambos por la misma puertecita, confirmando la reconquista sentimental). Aunque, eso sí, la radiante, abrasiva composición de Dunne está dando aviso del próximo tifón romántico de Grant, a la vuelta de la esquina: Katharine Hepburn en La fiera de mi niña (1938), ésta sí una screwball comedy catedralicia. El tándem Grant & Dunne no desaparecería, pues actor y actriz volverían a coincidir en otras dos películas, la primera de ellas Mi mujer favorita (1940), producida y coescrita por McCarey, que no la pudo dirigir a causa de un accidente de coche (Garson Kanin fue el sustituto), y sujeta a un esquema de comedia de remarriage muy parecido al de La pícara puritana. Una curiosidad para concluir: el antes mencionado Mr. Smith, el fox terrier de la pareja protagonista (gran actuación jugando a los objetos escondidos), se llamaba en realidad Skippy y tiene una muy lucida filmografía: es, entre otros, el mismo perrito que enloquecería al propio Grant, enterrándole su hueso de brontosaurio, en La fiera de mi niña, y también Asta, la mascota de William Powell y Myrna Loy (o Nick y Nora Charles) en el ciclo de comedias detectivescas inspiradas en los personajes creados por Dashiell Hammett. Hasta la figuración canina era excelsa en aquellos tiempos irrepetibles.

 

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