Los fantasmas que llevamos dentro

De pequeños, si alguna serie de nuestra todavía blanquinegra televisión nos metió más miedo que Rumbo a lo desconocido, más pavor que Historias para no dormir, ésta fue, sin lugar a dudas, la francesa Belphegor, el fantasma del Louvre, en la que muchos descubrimos a Juliette Gréco, la musa del existencialismo (que, por cierto, felicidades, acaba de cumplir noventa años este mes). Realizada en 1965 y emitida por Televisión Española a finales del año siguiente, Belphegor se inspiraba en un relato de Arthur Bernède que es puro folletín por entregas (Bernède es también el co-creador de Judex) y por la serie reverberaban los aires de Eugène Sue y Feuillade; en pocas palabras, Belphegor podría definirse como una versión de la futura Noche en el museo rodada por Georges Franju, el Franju de Judex (1963), precisamente, y de la igualmente futura Nuits rouges (1974). La aparición, ya en la primera secuencia del primer capítulo, del fantasma, al que dispara una y otra vez el vigilante nocturno del Louvre sin que se inmute, nos puso los pelos de punta y sembró una inquietud permanente en nuestro cuerpo. Ahora caemos en la cuenta de que era una premonición de Darth Vader: un espectro alto e imponente, cubierto por una túnica negra de cabeza a pies, con máscara también negra de deidad egipcia. Que el espacio en que se movía, con nocturnidad y alevosía, fuera la pinacoteca más prestigiosa del mundo, rodeado de toda la memoria artística de la humanidad, le otorgaba un plus de malsana fascinación.

Está claro que Belphegor es uno de esos fantasmas que nos acompañan en cada minuto de nuestra vida. Lo llevamos dentro, como una tenia no necesariamente maligna, como parte de nuestra educación sentimental. Se comprende entonces muy bien la idea más bella contenida en Felices sueños, el recién estrenado último largometraje del veterano Marco Bellocchio, cuyo protagonista, a quien vemos en varias etapas de su vida (finales de los años sesenta, cuando era un niño de ocho o nueve años, 1992, 1993, 1995, 1999, 2000, etc., no en orden cronológico, sino al libre albedrío del cineasta), también vive en secreta compañía con Belphegor. Nunca superó la muerte de su madre, acaecida cuando era niño y ambos veían, sentados en el sofá, él agarrado a mamá y con los ojos muy abiertos si no se los tapaba ella con su mano en los momentos más terroríficos, cada capítulo de Belphegor. El fantasma es ahora para el atormentado protagonista ya adulto algo así como su amigo imaginario, el refugio emocional y protector al que acude para guarecerse de todos los males del universo y, sobre todo, de la incomprensión de la muerte de su madre, de la que siempre le dijeron que fue motivada por un infarto súbito, aunque nosotros ya sabemos, como él sabrá tardíamente, que fue un suicidio. Bellocchio adorna el relato con apuntes de fresco social (Domenico Modugno, Raffaela Carrà, el Torino Football Club, el conflicto de Sarajevo o la fiebre de la música electrónica de los noventa, etc.), pero el epicentro de Felices sueños se sitúa en el interior del personaje principal, en el sentimiento de dolor prolongado, crónico, derivado de una orfandad traumática, ahí donde Belphegor entra como estímulo terapéutico. Las mejores escenas de la película son precisamente las que tienen al protagonista de niño; hay en ellas un tacto, una penetración, una capacidad para observar y en lo posible comprender las incertidumbres y confusiones de la infancia que recuerdan a otro cineasta italiano, Luigi Comencini, autor de dos memorables retratos del universo de la niñez: El incomprendido (1967) y Cuore (1984).

 

 

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