Asuntos de retaguardia

1: Violines y “trumpetas”

Menos de un mes para los Oscar, unas horas para los Goya y ya un puñado de galardones cinematográficos en las últimas semanas. Relativizando la importancia, de tenerla, de todos ellos, es no obstante interesante, incluso enriquecedor, atender al eco social que expanden algunas declaraciones públicas sobre millones de ciudadanos de todo el planeta. El politizado discurso de Meryl Streep en los Globos de Oro y la tan civilizada como apasionada reivindicación del oficio de actor de Josep M. Pou en los Premis Gaudí del pasado domingo, de audiencia comparativamente menor pero significativa (las orejas principales del sector político catalán estaban ahí, con sus propietarios sentados en las butacas, para oír al maestro), son palabras que calan hondo en quienes saben escuchar, que deben o deberían doler al aludido, que nos recuerdan que el cine no es únicamente una herramienta para entender el mundo sino también para mejorarlo. Tal como está el patio americano, los Oscar de este año prometen alto nivel de indignación y varapalo. Es la tribuna perfecta para manifestar el generalizado malestar de la nación, que ya muchas celebridades llevan vociferando desde que Trump ganó las elecciones. Más que descubrir si será Ryan Gosling o Casey Affleck el afortunado mejor actor protagonista, apetece ver, escuchar a las voces disconformes con los abusos del mandamás de la Casa Blanca. Su (siempre pen)último despropósito, el del veto migratorio, pone en peligro la presencia en la gala del iraní Asghar Farhadi, terrorista armado con una cámara de retratar la vida, cuya película El viajante opta a la estatuilla a la mejor obra de habla no inglesa. Nueva muestra de ignominia cebándose sobre los cineastas iranís: a Jafar Panahi no le dejan salir de su país y, ahora, a Farhadi no le dejan entrar en la tierra de la libertad, las grandes oportunidades y la democracia ejemplar. Menudo trumpantojo nos ha caído.

 

2: Fuller, Bresson y otros

Juan Antonio P. M., 77 años, ceutí residente en Barcelona desde niño, de profesión carterista. Su edad de oro: los años cincuenta y sesenta y primeros setenta del siglo pasado. Territorio predilecto: el metro, concretamente las líneas Lesseps-Fernando y Lesseps-Correos. Su minuto de gloria, correría el año 72 o 73: haberle birlado el monedero a Lola Gaos en la estación Liceo, hazaña pírrica (sólo llevaba diez reales) pero hazaña al fin y al cabo. La decadencia del Paralelo le llevó a buscar zonas más propicias y se frotó las manos de seda cuando llegaron las Olimpíadas. Pero, ¡ay!, el reuma y la artrosis empezaron a menguar progresivamente la agilidad de sus manos. Del infalible y ultraligero Richard Widmark de Manos peligrosas (1953) que era Juan Antonio en sus años triunfales pasó a convertirse en el lamentable, patoso Walter Pidgeon de Harry Dedos Largos (1973), personaje que el veterano actor reformularía en Pánico en el estadio (1976). El caso es que, ahora, con los ahorrillos que ha ido guardando a lo largo del tiempo, se ha buscado un abogado con el fin de acceder a una jubilación digna. Por supuesto, no ha cotizado ni un solo día de su larga vida profesional, pero sostiene que tiene derecho a una pensión como cualquier otro trabajador. Afirma que ha hecho mucho por la economía (subterránea pero no sumergida) del país, que ha logrado que durante décadas el dinero se mueva, circule y no acabe encerrado dentro de un calcetín: ¡más de cincuenta años de economía activa! Claro que se merece la pensión. Vendo esta historia para posible largometraje: precisamente Pou, ya que por desgracia no podemos contar con Rubianes, sería un adecuado Juan Antonio P. M., ceutí de la Barcelona de la Bodega Apolo. Título sugerido: El del túnel.

 

 

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