Dos nombres propios

1: Toni Erdmann

Toni Erdmann es una película muy alemana, muy europea, también muy rumana y sorprendentemente, ahí vamos, muy francesa. Su protagonista masculino es un padre que intenta recobrar los lazos perdidos con su hija, una mujer que vive de, por y para su trabajo de alta ejecutiva. La imagen que la directora y guionista Maren Ade ofrece del mundo de las grandes corporaciones, de los despachos donde se reparte el pastel económico del continente, de los hoteles de lujo, fiestas de alto copete, etc., es deprimente, demoledora. Pero ahí está la polilla francesa para humanizar el traje: en la primera parte de esta superalabada comedia, el padre se comporta como una suerte de Mr. Hulot en un mundo (Taticarest) en el que no se reconoce, y por eso toma la razonable decisión de ponerse una máscara y sabotear el orden establecido, a riesgo de humillar a su propia hija. Su nueva identidad, Toni Erdmann, tiene doble marchamo renoiriano: por un lado, es la reencarnación del Boudu personificado por Michel Simon en 1932 y, por otro, la del inefable doctor Cordelier de 1959. Todavía convendría añadir otro pariente, el maestro del disfraz y la representación al que daba vida Denis Lavant en Holy Motors (2012), y la aparición en una escena de una limusina refuerza el parecido. Frankensteiniana mixtura de todas estas criaturas señeras, Toni Erdmann se erige en benemérito y aleccionador superhéroe art et essai que viene a decirnos que del sofocante caos socio-político-económico que nos invade sólo nos podrá salvar la anarquía, noción que por cierto comparte la película de Ade con la de Leos Carax.

 

2: Godzilla

Sólo oír o pronunciar su nombre, y a uno ya le entra una llorera nostálgica. Porque en unos tiempos lejanos de pantalón corto en los que Calderón de la Barca con sangre nos entraba, el placer fluía a chorros en aparentes naderías como la formación tío Aquiles/Valentina/Locomotoro/Capitán Tan en la blanquinegra televisión desarrollista o Godzilla y toda la fauna del kaiju eiga en los cines de barrio más piojosos, donde también disfrutábamos como cosacos con Santo el Enmascarado de Plata, las fantasías en Dynamation de Harryhausen o aquel Superman espurio también japonés que protagonizó Ken Utsui bajo la dirección del prolífico Teruo Ishii en productos que eran puro Ed Wood de ojos rasgados. Todas estas papillas de programa doble, enriquecidas con cintas de romanos, spaghetti westerns, comedias de Cantinflas o de López Vazquez y Morales y la correspondiente ración de agentes secretos de andar por casa, nos ayudaron a crecer con buena salud en el País de la Cinefilia y, cosa muy importante y de agradecer, a no subestimar nunca jamás el cine popular ni el de serie Z; a pensar y entender que, en definitiva, las películas fantásticas de Ishiro Honda o Jun Fukuda sembraron toneladas de felicidad a un número mayor de japoneses que sus propios maestros Ozu o Mizoguchi, del mismo modo que el ciudadano corriente de aquella España gris de la que hablamos, currante sufrido y multiempleado para llegar a final de mes, hallaba no en Saura sino en Lazaga el oxígeno necesario para seguir respirando. Godzilla, una de esas legítimas válvulas de escape de las tardes del sábado, ha levantado una filmografía que ya supera los treinta títulos con la recién estrenada Shin Godzilla, cuya pretensión es entroncar con el título fundacional de Honda de 1954, una monster movies de raíz harryhauseniana. Aunque los resultados son discretos, ante este nuevo Godzilla sentimos reconocimiento, aprecio. Y respeto. Sin embargo, el grado de disfrute es comparativamente menor, muy menor. Las condiciones, obviamente, no son ya las mismas de antes y, además, por el camino se evaporó algo tan fundamental como la inocencia, o la ingenuidad, de aquellos tiempos remotos, cuando, al otro lado del charco, un niño del mismo chiripitifláutico talante babeaba ante el monstruo nipón e incluso soñaba con ser, de mayor, el hombre oculto bajo el disfraz de Godzilla. Se llamaba, se llama todavía, Tim Burton, y también a él se le pasó, como atestiguan sus últimas películas, la edad de la inocencia.

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