Una última del 16, una primera del 17

1: Esencias puras

A un John Wayne todavía juvenil (42 años) le bastó con que el maquillaje le encaneciera levemente el bigote y las sienes para que, en La legión invencible (1949), aparentara ser el veterano capitán Nathan Brittles, a punto de jubilarse. Enfilando ya los setenta, a Jeff Bridges no le hacen falta afeites para dibujar, con autoridad pareja a la de Wayne (no olvidemos que ambos fueron modélicos Rooster Cogburn), al sheriff también a un palmo del retiro de Comanchería. Un sheriff rural aureolado de esencias muy bien destiladas. Intuimos pronto que la vida de estos viejos personajes de la ley que nos son tan familiares, como el Sam Cade de Glenn Ford, ha sido tan plácida como monótona y aburrida y que para sobrellevarla con cierto decoro han recurrido a tatuarse un barniz de cinismo: Bridges incomoda a su compañero indio lanzándole memorables dardos verbales del racista texano que en realidad no lleva dentro pero que ayudan a pasar los días con la misma eficacia que las imprescindibles cervezas. Ahora, en el cielo de su atardecer, al sheriff Bridges se le complica la existencia con la irrupción inesperada de dos hermanos atracadores de bancos a los que tiene que perseguir por esos parajes solitarios tostados por el sol, dos hermanos que también encarnan esencias inmaculadas: las de Jesse y Frank James o los hermanos Ford. Como se ve, Comanchería anda henchida de cine americano en bruto, sin edad ni fecha de caducidad. Tradición y puesta al día a través de una lectura muy clarividente de la América del presente, la que en breves días será de Donald Trump, por cuanto el filme señala con el dedo índice la depredación del capitalismo desaforado. Hay en Comanchería, pues, huellas límpidas de más de un siglo de genuino celuloide del Oeste, de Porter a Peckinpah, formulado con un estilo cercano al del mejor Siegel, el de, por proximidad iconográfica y en parte temática, La gran estafa (1973). Tantas cosas ha metido en esta película brillante el realizador David Mackenzie, y con una rara modestia (nacida del respeto al plano, al personaje que lo habita, al espacio que ocupa) digna de una clásica serie B, que uno sale de ella abrumado, empapado de buen cine, de ese cine noble y sincero que no requiere alardes de ningún tipo para calar en nuestras arterias emocionales.

 

2: John Huston más allá de Ouarzazate

Si Comanchería ha sido una pequeña perla para despedir el año 2016, de las películas que se estrenan esta primera semana de 2017 (entre las que figura un peso pesado insoslayable: Martin Scorsese) conviene saludar una coproducción hispano-marroquí, probablemente de minoritaria recepción pero de gran calidad: Mimosas, el segundo largometraje de Oliver (Todos vós sodes capitáns, 2010) Laxe, escrito en colaboración con Santiago Fillol (corealizador de Ich bin Enric Marco, 2009) y fotografiado por Mauro Herce (autor de la hipnótica Dead Slow Ahead, 2015), todos ellos figuras paradigmáticas de un cine alternativo que rompe esquemas, es fervientemente aplaudido en festivales y círculos cinéfilos aunque refractario a los estamentos oficiales; tan refractario, que la mejor película catalana del año pasado, La academia de las musas, ha obtenido cero nominaciones en los premios Gaudí de la Acadèmia del Cinema Català que se otorgan a finales de mes. Corramos el pertinente velo tupido, y a Mimosas: un filme muy personal que acompaña a una expedición con cadáver de jeque a sepultar atravesando peligros naturales y humanos en paisajes desérticos presididos por el polvo, las rocas, la nieve… La época es indeterminada pero también contemplamos, paralelamente, el Marruecos de hoy mismo, o el choque entre los vehículos de cuatro ruedas y los burros de carga. De hecho, estamos en una geografía mítica y a la vez un tanto mística o espiritual, regida por la oración y la fe, de incomparable belleza. Extraño híbrido de cinta de aventuras clásica, relato fantástico y documental antropológico, algo así como la mezcla de El hombre que pudo reinar (1975), Las mil y una noches y un reportaje televisivo para canal especializado, la de Laxe es de veras una película singular y subyugante, de las que abren el apetito de nuevas quimeras periféricas.

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