Felices fiestas y próspero año 1967

Vamos hoy a repetir la experiencia de la pasada Semana Santa, un viaje en el tiempo que nos traslade a la Barcelona de 1966 para echar un vistazo a la cartelera navideña o cómo nos lucía el pelo (que el viento se llevó) hace medio siglo. El ritual de ir al cine el 25 de diciembre, después de los turrones, exige una oferta que ayude a las fatigosas digestiones, esto es, un cine sin grasa, cuanto más ligero mejor. En este sentido, sin embargo, algunas de las más lujosas salas de la ciudad ofrecen este día películas tal vez demasiado pesadas, al margen de la calidad de cada una. Hawai, por ejemplo (en el Aribau), no es muy adecuada para el caso. Como tampoco lo es la magnífica La jauría humana (Urgel): contemplar, después del gran ágape de Navidad, las tripas sucias de la América más puritana e hipócrita no es lo más apetecible. Doctor Zhivago (Novedades) es también densa, pero sus paisajes y ambientes son idóneos para esta señalada fecha: auténtico polvorón estepeño. Kartum (Cinerama Florida) pasa razonablemente bien, pero mucho mejor los regalos de los otros dos Cineramas, genuinos desengrasantes: La batalla de las colinas del whisky (Nuevo) y La carrera del siglo  (Waldorf). ¿Y a quién no le satisfaría ver hoy, en el Tívoli, Cortina rasgada, que entra siempre gustosa, cualquier día y en cualquier momento del año? ¿O, en una línea pop-hitchcockiana, Arabesco, en el Coliseum? Las comedias, cómo no, son pertinentes: De Funès en el Astoria (El gendarme en Nueva York), Cantinflas en el Borrás, el Bosque y el Regio (Entrega inmediata), además de Cómo robar un millón y… (Fantasio) y Divorcio a la italiana (Diagonal). El Fémina se pone católico comme il faut con La Biblia, un Huston de circunstancias. Los matrimonios, preferentemente burgueses, gozan en el Windsor con la inenarrable Un hombre y una mujer y aquel imborrable “da-ba-da-ba-dá, da-ba-da-ba-dá” de Francis Lai. Y el Alcázar, que precisamente el Domingo de Resurrección de aquel año reabrió sus puertas completamente reformado con My Fair Lady, en insólita versión original subtitulada, sigue todavía proyectando estas fiestas el delicioso musical de Cukor, ahora en copia doblada (ya saben: “la lluvia en Sevilla es una maravilla…”).

Repasando la cartelera de aquel día, una constatación se impone: el gusto popular de 1966 era más franco que el de nuestros días, digamos que guardaba menos las buenas formas y el qué dirán. Había un par de docenas de películas en las salas que podríamos tachar de infracine a primer nivel, hoy inestrenables, y nadie escondía la cabeza bajo la arena. En cines de estreno de programa doble se podían hermanar sin sonrojo alguno (Arcadia y Petit Pelayo) Abbott y Costello contra la poli y Fugitivos en la jungla, un subproducto de Umberto Lenzi. Y el Capitol, el gran Can Pistoles, no se andaba esa semana con sutilezas: Tarzán 66, con Mike Henry como hombre mono, y 2000 dólares por coyote, un gazpacho western de León Klimowsky con James Philbrook y Nuria Torray. En cines de barrio podíamos catar algún doblete decente, como en el cuarteto Bohemio/Galileo/Céntrico/Provenza, que echaban Sopa de ganso y Los inconquistables. Lo mejor, así puestas las balanzas, era meterse en un programa doble compuesto por una película muy buena y otra muy mala. Dos ejemplos: el Maldá, con Candilejas y Mi novio está loco, loco, comedieta con Barbara Eden que poco después inspiró la simpática sitcom Mi bella genio, y el Lido, donde podíamos saborear Una trompeta lejana, testamento del maestro Walsh, y una cosa, patrimonio material del celuloide inmundo, que ya pagaba con su título: Marc Mato, agente S.077. Felices fiestas.

 

 

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