Liberty Balance 2016

Como cada año, en este que ya toca a su fin ha habido en la gran pantalla mucha hojarasca, bastante residuo tóxico y materia fecal a discreción, no en vano alrededor de medio millar de películas han tomado plaza en nuestros cines. Pero el cinéfilo con el radar bien orientado, capaz de eliminar de antemano lo que su hocico de buen detector de trufas le dice que no, habrá podido disfrutar como un enano de un año boyante sin perder tiempo en naderías. 2016 no pudo empezar mejor: Guerin (La academia de las musas) y Tarantino (Los odiosos ocho), dos clases magistrales, dos espíritus libres que siguen jugando al cine con el incontenible placer flamígero del primer día, dos obras catedralicias hermanadas por la pasión de contar cosas con la cámara. Antes de dar la bienvenida a febrero, un saludo a dos obras radicales del cine europeo comprometido, El hijo de Saúl y En el sótano, que coinciden con los estrenos de las películas americanas oscarizables, en las que hay de todo, de la excelencia (Carol) al gran cine-espectáculo (El renacido), pasando por los relatos que más o menos satisfacen el gusto común: la deplorable Joy, La chica danesa, La habitación, La gran apuesta y Soptlight, que triunfará como mejor película del año siendo únicamente un honesto alegato en la línea de demarcación de un Lumet menor.

Un carrusel ecléctico de muy buenas películas (Anomalisa, Ahora sí, ahora no, Fatima, La bruja, Más allá de las montañas, Tres recuerdos de mi juventud, Dos buenos tipos, las tres entregas de la personalísima Las mil y una noches de Miguel Gomes…) desfila antes de la llegada del verano, estación que pide, y nos ofrece con generosidad, cine refrescante, evasión de categoría: Buscando a Dory, Todos queremos algo, Star Trek: Más allá, Café Society y la prodigiosa Mi amigo el gigante, que inesperada e incomprensiblemente no rinde en taquilla lo que de un Spielberg de estas dimensiones se espera. En otoño aterrizan grandes nombres y grandes trabajos: el tantos años ausente Verhoeven (Elle), Eastwood (Sully), Zemeckis (Aliados) o Ira Sachs (Verano en Brooklyn), que ya merece tratamiento de maestro pese a su corta filmografía. También Mel Gibson (Hasta el último hombre) revalida su talento de realizador. Y Tran Anh Hung, desafiando a nuestras retinas con esa colección de estampas pompier no para todos los paladares que es Éternité. Entre estas películas se cuelan dos nuevas manifestaciones de la presente buena salud de las películas de rumanos, que no de espadas y sandalias: Los exámenes y El tesoro.

Algunos distinguidos autores han tenido el detalle de visitarnos este año dos veces, cosa de agradecer descorchando un gran reserva: de Terence Davies, que no acostumbra a prodigarse, hemos visto dos magníficas películas de época, Sunset Song y la todavía superior Historia de una pasión; de Jim Jarmusch, el interesante documental sobre Iggy Pop Gimme Danger y la enormísima pieza maestra Paterson, y del tailandés Apichatpong Weerasethakul nos ha llegado su último largometraje, Cemetery of Splendor, y el estreno del primero, Mysterious Object at Noon (2000). Dos perlas.

Buena cosecha la del cine español: además de Guerin, Almodóvar (Julieta), Jonás Trueba (La reconquista), Albert Serra (La muerte de Luis XIV), J. A. Bayona (Un monstruo viene a verme) e Isaki Lacuesta & Isa Campo (La próxima piel) nos han regalo obras idiosincrásicas de altísimo nivel; ha habido debuts de enjundia (Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, y María (y los demás), de Nely Reguera), y la comedia popular, de distintos signos, ha brillado en las manos de Paco León (Kiki, el amor se hace) y Dani de la Orden (El pregón).

Vamos ahora a lo negativo, porque lo más doloroso ha sido constatar que las superproducciones americanas, los blockbusters paquidérmicos, no viven precisamente su mejor momento, más bien lo contrario: banalidad e inmovilismo acomodaticio a espuertas maquillados por el estruendo y el trompe l’oeil digital. Si, por ejemplo, sumáramos las duraciones (generalmente tan largas como algunos de sus títulos) de Deadpool, Batman y Superman: El amanecer de la justicia, Warcraft: El origen, Escuadrón suicida, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares y Animales fantásticos y dónde encontrarlos y editáramos una cinta con sus momentos más estimulantes, aquellos que despiertan nuestra pasión, apenas daría el experimento para un cortometraje de cinco minutos. Que la excepción sea Spielberg invita a repensar una vez más la teoría de los autores: sí, las mejores películas siguen haciéndolas los mejores realizadores, y a veces (Burton) ni siquiera éstos las saben hacer ya como antes.

Urge señalar, finalmente, la película en el sentir de este bloguero más hermosa y emocionante de 2016: El porvenir. Pocos cineastas como la francesa Mia Hansen-Love hoy alcanzan a trazar de manera tan diáfana, tan cristalina la complejidad del mundo, la percepción honda y veraz del ser humano y sus quebraderos y desequilibrios a través de una mirada justa, inmediata, sin filtros ni alharacas ni asomo de imposturas, pedantería o pretensiones; lo suyo estrictamente ni es prosa ni es poesía: es vida respirando libre.

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