A sus órdenes ayer, hoy y siempre, mi capitán Kirk

Si hoy estamos aquí y estamos en esto, es gracias a Kirk Douglas y a tipos como él: Burt Lancaster, John Wayne, Richard Widmark, Henry Fonda, Glenn Ford, James Stewart, etc. De peque, con el dulce sabor del chupete todavía en los labios, te llevaban al cine y allí veías a estos señores cabalgar por las praderas, cruzar junglas, pilotar aviones de combate o subirse al mástil del barco pirata: la semilla o primeros fulgores de una pasión incendiaria. Hechizados, ya no abandonaríamos jamás la sala oscura, nuestro hogar. Ahora nos queda todo aquello como lo más sabroso de los infinitos platos consumidos a lo largo de (caso del bloguero) sesenta años, la alegría más duradera. Cuando uno de estos gigantes del cine clásico fallecía (ya la cosa empezó con Wayne, a finales de los setenta), los diarios anunciaban siempre “muere el último duro de Hollywood”. Así han ido muriendo una docena y media de últimos. Hasta que, ahora sí, nos queda realmente, vivito y coleando, cumpliendo este viernes día 9 de diciembre cien años, el último de los últimos: Douglas. Felicidades, hermano. Porque Kirk Douglas ha sido y es un hermano, como lo fueron los demás, que te ha visto crecer al tiempo que también tú lo veías crecer. Un hermano que nunca te ha abandonado: no pasa mes sin que te visite (sintonizas Paramount Channel, por ejemplo, y ahí está él, saludándote) o sin que tú lo visites a él (te apetece saludarlo y te pones un DVD). Sesenta años, en fin, cabalgando juntos. Hasta el infinito y más allá.

Obtuvo tres nominaciones al Oscar pero sólo se le concedió uno honorífico. ¿Un mal actor? Poco importa. Importan su indiscutible autoridad ante la cámara y el ímpetu que insufló a sus personajes, sanguíneos y fogosos, azotados por la rabia y a menudo de sesgo trágico. Como James Cagney o Richard Widmark, Douglas es de los actores puro nervio que actúan con todo el cuerpo; incluso su célebre hoyuelo en la barbilla sacudía como un tifón, a diferencia del de Cary Grant, invariablemente circunspecto. En palabras de Clélia Cohen, “son corps autorise tout à coup et d’une manière neuve le sexe dans le cinéma américain, et la violence qui va avec”. Este electrificado carácter, que en algunos instantes cedía a una excesiva crispación, le valió mogollón de composiciones memorables. Aquí va un posible top twenty, en estricto orden cronológico: Retorno al pasado (1947), Carta a tres esposas (1948), El ídolo de barro (1949), El gran carnaval (1951), Brigada 21 (1951), Río de sangre (1952), Cautivos del mal (1952), 20.000 leguas de viaje submarino (1954), La pradera sin ley (1955), El loco de pelo rojo (1956), Duelo de titanes (1957), Senderos de gloria (1957), Los vikingos (1958), Un extraño en mi vida (1960), Espartaco (1960), Los valientes andan solos (1962), Dos semanas en otra ciudad (1962), Siete días de mayo (1964), El compromiso (1969) y El día de los tramposos (1970). En varias de estas obras emerge el Douglas más doloroso y martirial: pierde la oreja en El loco de pelo rojo, un ojo en Los vikingos, por amputación un dedo en Río de sangre y su entero cuerpo es crucificado en Espartaco. Por otro lado, la nómina de directores capitales aquí convocados, de distintas generaciones (de Vidor a Frankenheimer, pasando por Minnelli, Wilder, Wyler, Fleischer, Tourneur, Kubrick, Quine o Mankiewicz), certifica el buen hocico del actor al elegir autores, tanto antes como después de fundar su propia compañía, la Bryna Productions.

Si su sola presencia ya era un estímulo para el amante del espectáculo fílmico, cuando formaba dúo o trío con otros de nuestros hermanos, el placer se duplicaba o triplicaba: Douglas con Robert Mitchum (Retorno al pasado) o con Mitchum y Widmark (Camino de Oregón, 1967), con Anthony Quinn (Ulises, 1954; El loco de pelo rojo y El último tren de Gun Hill, 1959), con Wayne (Primera victoria, 1965; La sombra de un gigante, 1966, y Ataque al carro blindado, 1967), con Henry Fonda (El día de los tramposos)… Un caso particular es el de su prolongada amistad con Burt Lancaster, un actor de temperamento próximo al suyo: ambos eran únicos mostrando y apretando mucho los dientes en escenas cruciales de alta tensión. Colaboraron en Al volver a la vida (1948), Duelo de titanes, El discípulo del diablo (1959), El último de la lista (1963), Siete días de mayo, Victoria en Entebbe (1976) y Otra ciudad, otra ley (1986). Pero hay, más allá de estas películas, un par de perlas de la pareja que pueden contemplarse con sumo goce en YouTube: el tándem que formaron en las ceremonias de entrega de los Oscar correspondientes a 1957 y 1984. En la primera, inmortalizada en blanco y negro, anunciaron las candidaturas al mejor actor montando un número cómico delicioso: primero, al leerlas, lamentaban no estar entre los nominados, y luego cantaban y bailaban un tema burlesco. Casi treinta años después, se rememoraba brevemente aquel momento y Michael Douglas los recibía a continuación para la entrega del Oscar al mejor guión. Viejos, pero todavía con ese carisma de acero que sólo los verdaderos mitos del séptimo arte llevan tatuado en la piel, hicieron que la audiencia se rindiera a sus pies. Burt se fue diez años después. Kirk, capitán o almirante del Enterprise de nuestra cinefilia forjada en hierro candente, el actor y el hombre, el personaje irascible y el artista dicen que arrogante en su juventud pero sin lugar a dudas honesto en lo civil en tanto que luchador por los derechos del ciudadano en su rechazo al maccarthysmo (él rehabilitó el nombre de Dalton Trumbo, y eso no es moco de pavo); Kirk el hermano, el último de la lista de los últimos duros, todavía no tira la toalla aferrado a la vida terrenal. Gracias mil, Kirk, por las muchas horas de felicidad que nos has regalado y se perpetúan cada vez que nos visitamos.

 

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