Godard ya lo tenía claro en 1963

Otra semana, otro aluvión de estrenos. Quienes más o menos (más más que menos) estamos al día de lo que cada viernes vomita la cartelera nos preguntamos muy a menudo, sin respuesta en el horizonte, cómo digerir tantas y tantas horas de cine, cuándo parar la máquina para meditar un poco, separar el grano de la paja, racionalizar el banquete. Relajarse. Esta semana tenemos un menú realmente ecléctico y variado en el que se dan la mano el producto local pequeño, curioso, fallido pero interesante (La pols, de Llàtzer Garcia) y el blockbuster neoclásico (Aliados, de Robert Zemeckis), el cine de auteur más radical (La muerte de Luis XIV, de Albert Serra) y el más popular (La reina de España, de Fernando Trueba), la epopeya catastrofista canónica y francamente decente (Marea negra, de Peter Berg) y la obra ignorada (La primavera de Christine, de Mirjam Unger), el muy aplaudido (con toda la razón del mundo) cine rumano (Los exámenes, de Cristian Mungiu) y el documental rockero (Gimme Danger, de Jim Jarmusch), el honesto filme de denuncia (Bar Bahar, de Maysaloun Hamoud) y la pieza controvertida para exégetas del cineasta posmoderno (¿faro o farol?) por excelencia (The Neon Demon, de Nicolas Winding Refn). Los verdaderos nutrientes, a juicio del bloguero, están en las obras de Zemeckis, Mungiu y Serra, pero algunos de los otros títulos aportan puntuales estímulos y alguna que otra curiosidad. Marea negra, por ejemplo, mete de nuevo en el catastrofismo marino a Mark Wahlberg y Kurt Russell, que ya sufrieron de lo lindo en, respectivamente, La tormenta perfecta (2000) y Poseidón (2006). La de Trueba, tan insuficiente y a la vez tan divertida como La niña de tus ojos (1998), cuenta con un hallazgo magistral: convertir digitalmente al personaje que encarna Penélope Cruz en coprotagonista, junto a Kirk Douglas, de La pradera sin ley (1955). Y es de veras gratificante que, en su multiestelar reparto, haya incluido a Arturo Ripstein, al inolvidable Clive Revill en el papel de sosias de John Ford y a los dos protagonistas de La princesa prometida (1987), Cary Elwes y Mandy Patinkin.

El cinéfilo (¡de acero!) que se haya dado el placer de tragarse estas diez películas volverá a casa de manera semejante a la de los protagonistas que regresan de la guerra, desertores, en Les carabiniers (1963). Con un tesoro. En la película de Godard, Ulysse y Michel-Ange se deleitan ante sus respectivas esposas ofreciéndoles una caudalosa colección de postales que sintetizan el mundo y a la entera humanidad a través de los siglos. La geografía, la historia, la naturaleza, la industria, los transportes, los grandes almacenes, el arte y los artistas, las vedetes, los monumentos, los planetas… El Universo al completo desplegado sobre la mesa y el suelo de una humilde choza de extrarradio. Clarividente, Godard, que ha pasado astutamente de describir la mirada virginal (la primera visita de Michel-Ange a un cine, donde reproduce el asombro del espectador de los Lumière) a subrayar la mirada sobrealimentada, pronosticaba la saturación de imágenes en la que ya comenzábamos a nadar hace más de medio siglo y en la que hemos acabado ahogándonos irremediablemente. Sí: urge parar el carro, detenerse a respirar. ¿Quién será el primero en tomar la decisión de pasarse pongamos quince días seguidos sin contaminarse? Ni pantallas grandes ni pequeñas, ni ordenador ni tableta ni móvil. ¿Quién? Igual descubre el mundo y la vida que tan bien creía conocer reaprendiendo a ver y no únicamente mirar.

 

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