Infartos matizables

Este año de gracia de 2016 habrá sido para muchos espectadores serios el de las sorpresas o conmociones próximas al infarto en materia de laureles. Algo comparable a lo que los lectores con fundamento sentirían si le concedieran el premio Nobel de Literatura no a un cantante-poeta folk, sino a María Teresa Campos (o a Mario Vaquerizo: a elegir). Veamos. En febrero acaecieron las primeras sacudidas cardiovasculares: por estos pagos Mariano Ozores recibía el Goya de Honor como reconocimiento de su larga carrera, y desde la Meca del cine, Sylvester Stallone, que acababa de llevarse el Globo de Oro al mejor actor secundario, obtenía una nominación al Oscar en la misma categoría por la misma película. Y ahora, hace escasos días, se han concedido los Oscar honoríficos correspondientes a la próxima edición (desde hace ya años desgajados de la ceremonia oficial). Pues bien, entre los bendecidos por tan alta distinción (brevísimo historial: Chaplin, Griffith, Sennett, Lubitsch, Keaton, Cary Grant, Welles, Renoir, Hawks, Vidor, Kurosawa, Fellini, Donen, Kazan, Maureen O’Hara) figura… ¡Jackie Chan! No, no son los Razzies: son los Goya y los Oscar. No obstante, cada uno a su manera y con su motivo, los tres tienen justificación.

En cuanto a Ozores, las rasgaduras de vestido y posibles harakiris son comprensibles pero, como casi todo en este mundo, también matizables: al no existir una diferenciación entre la pela y el arte, atendiendo a la primera consideración (industrial, crematística) el galardón es a todas luces procedente. Y aún habría otro matiz a favor: la obra entera de Ozores como señero (e involuntario) tratado de Sociología. En Stallone también hay matices. Este bloguero, no precisamente un fan del inexpresivo actor aunque tampoco un acérrimo detractor, se limitará aquí a reproducir un párrafo de su libro El cine según Phenomena, escrito el pasado año (poniéndolo al día con su última encarnación de Balboa): “Por sus limitados registros interpretativos y su estolidez, Stallone ha recibido más varapalos que ninguna otra estrella del firmamento hollywoodiense, pero existen por lo menos tres argumentos para intervenir en su defensa. 1) Stallone es un actor más implicado en sus personajes que otros muchos actores en los suyos, empezando por el de Rocky Balboa, que es una creación suya y le valió una nominación al Oscar por el guión. Que a veces se ponga detrás de la cámara y ejerza de productor, además de guionista, subraya su deseo de controlar hasta el mínimo detalle el resultado de sus productos. En este sentido, la tozudez de Stallone dictó felizmente su destino: los productores de Rocky, entusiasmados con el proyecto, le ofrecieron el oro y el moro por el guión, pensando en actores famosos para interpretar al púgil, pero Stallone no cedió hasta que lo aceptaron a él como protagonista. 2) Tiene una innata rapidez de reflejos, con la que ha logrado mantenerse en primera fila a lo largo de cuarenta años. Cuando su carrera se ve amenazada por los bajos rendimientos de sus obras (por ejemplo, cuando ha intentado labrarse un camino en el ámbito de la comedia), de inmediato recurre a sus personajes emblemáticos, el boxeador Balboa (que ha encarnado en siete ocasiones: 1976, 1979, 1982, 1985, 1990, 2006 y 2015) y el ex boina verde John Rambo, que presentó su tarjeta de visita en Acorralado (Ted Kotcheff, 1982) y regresó en 1985, 1988 y 2008. Y cuando, por desgaste de fórmula o erosión, ya no puede echar mano de ellos, raudo se saca de la chistera una nueva franquicia, Los mercenarios (Sylvester Stallone, 2010), acogida con entusiasmo por las plateas. Y 3) Su empeño en reencarnarse siempre en sí mismo, en mantener una línea estética y artesanal inquebrantable, sin temor al anacronismo (la actual saga de Los mercenarios es genuinamente ochentera, le da la espalda al rugido mastodóntico y al exceso de piruetas digitales del momento), acaban otorgando a sus epopeyas un sello personal, un estilo. ¿Podrían entrar las action movies de Stallone en la etiqueta cine de autor?”.

Jackie Chan comparte con Stallone género (el filme de acción) y un muy pronunciado gusto por el sesgo físico, por el movimiento puro no filtrado por el efecto digital. Tras muchos años de actividad, Chan fue progresivamente tomado en consideración por (una parte de) las altas élites del pensamiento: en abril de 2003, en las páginas de Cahiers du Cinéma, Patrice Blouin concluía de manera rotunda su perfil del actor y a veces director de sus propias obras: “Jackie Chan est un artiste majeur”. Otras cosas no tendrá, pero de estilo anda sobrado, un estilo que pasa por las coreografías acrobáticas entendidas como una de las bellas artes (él es el Busby Berkeley del cine de artes marciales) y por una simpatía innata, nada forzada, que hermana a Bruce Lee con los clásicos del slapstick silente. Y no se busque en sus películas nada que no sea esto. A fuerza de tenacidad y perseverancia, Chan (más de cincuenta años de carrera ininterrumpida: debutó a los ocho años de edad) y Stallone (más de cuarenta) han ido forjando su poder de impregnación icónica y, por sedimentación, consolidándose mitos del séptimo arte. Y han alcanzado ese respetable estatus, esa autoridad (incluso moral) que, como los grandes westerners en sus obras testamentarias (Randolph Scott, Joel McCrea, John Wayne), y aunque a ellos aún les quede probablemente cuerda para rato, les permite siluetear crepúsculos y miles de páginas vividas con su sola presencia, y ahí están sus dos más que estimables interpretaciones de viejos y encallecidos entrenadores de The Karate Kid (2010) y Creed (2015) como irrefutables pruebas del aserto. ¿A quién le duele que les recompensen por haber logrado subir y permanecer en tal podio?

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