Oliver en Clint

El mozo es joven, alto y apuesto, la viva imagen (pureza, salud) del american golden boy, un pelín chulopiscinas atendiendo a las fotos de la época. Ese cuerpo y ese porte están llamados a encarnar al héroe del Oeste, y ahí está el muchacho mucho macho Clint Eastwood dando vida a Rowdy Yates en la serie de televisión Rawhide (1959-1965), antes de que Sergio Leone inmortalice o canonice su silueta desde Europa. Su presencia sugiere al heredero natural de John Wayne. Como Wayne, encabezará a principios de los setenta, precisamente destronando al viejo dinosaurio, el podio de actor más taquillero, fundará su propia productora y en un momento determinado de su carrera decidirá pasarse a la dirección de películas, aunque hará más, muchas más de dos. Iconos uno y otro de acero en los altares del séptimo arte, les une también un caudal de controvertidas corrientes ideológicas: este martes, de estar vivo, sin lugar a dudas el Duque votaría al tío (¿al pato?) Donald, trumpantojo de político piropeado por Clint aunque al final decida no darle el voto.

Los paralelismos y correspondencias entre Eastwood y Wayne acaban aquí: la ambición de autor del primero es de calle superior a la del protagonista de Los luchadores del infierno (1969). Al principio, Eastwood se consagró al cine de género tradicional, sin segundas: el thriller de suspense (Escalofrío en la noche, 1971), por supuesto el western, etc. Hasta que, enfilando ya la madurez, emergió el cineasta con conciencia histórico-social y revisionista. Y ahí, en ese terreno, paralelismos y correspondencias aproximan su obra a la de otro realizador capital: Oliver Stone. Ambos han evocado con sentimiento y rigor los conflictos bélicos del siglo XX, con hincapié en la figura del héroe trágico: así, El francotirador (2014) es a la obra de Eastwood lo que Nacido el 4 de julio (1989) a la de Stone, o viceversa. La cultura popular, vía rock’n roll, no ha faltado en sus filmografías: The Doors (1991) y Jersey Boys (2014), donde a su vez recreaban, a manera de fresco histórico, la sociedad de sus respectivos años juveniles. Al género la Historia y sus Protagonistas ha obsequiado Stone títulos como JFK (1991), Nixon (1995), W. (2008) o Snowden (2016), y en esa familia, o en la puerta de al lado a lo sumo, habría que situar las aportaciones de Eastwood en Invictus (2009) o J. Edgar (2011). Interesante sería asimismo analizar las aguas subterráneas que riegan a un tiempo Un mundo perfecto (1993) y Asesinos natos (1994).

El héroe cotidiano, héroe accidental o a su pesar o a la fuerza, como quieran definirlo, puede ser un bombero cualquiera del nefasto 11-S (World Trade Center, 2006) o, último y feliz nexo clintstoneano, un piloto de aviación con 42 años de intachable servicio que, un frío día de enero de 2009, salvó a sus 155 pasajeros amerizando el aparato averiado (nunca mejor dicho: un puñado de aves destrozó los motores de las dos alas) en las aguas del río Hudson neoyorquino. De esta crónica de sucesos de primera página ha levantado Eastwood, con la complicidad de un enormísimo y para la ocasión encanecido Tom Hanks, una película admirable que hibrida con inmaculada solidez dos géneros populares (el cine de catástrofes y el drama judicial) para esculpir el retrato de un ciudadano corriente desbordado (gubernamentalmente, mediáticamente, moralmente) por las circunstancias. Héroe esta vez ni épico ni desmitificador, más bien capriano: un John Doe aureolado con las virtudes de la integridad y enfrentado a un sistema empecinado en buscarle las cosquillas a cualquier profesional que no actúe según las normas. Modélica en estructura, es particularmente memorable el plano final, el mejor cierre de película del año en curso junto al doble plano final de Café Society, de Woody Allen, otro octogenario como Eastwood, qué casualidad (¿o será causalidad?).

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