Gene Kelly y Cyd Charisse: 30 años bailando en Sitges

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Anticipándose unos decenios a la noción del todo gratis que hoy defienden las nuevas hornadas cinéfilas, el festival de cine de Sitges, que este viernes día 7 descorcha nueva edición, inauguró, ahora hace treinta años, un espacio que ofrecía cultura, cultura cinematográfica, a precio cero. Faltaban todavía seis años para que se levantara el gran complejo del Gran Sitges/Auditori, y toda la fiesta se desarrollaba alrededor del Retiro, cuyos jardines invitaban a un mayor aprovechamiento festivalero. Y allí, en octubre de 1986, se ubicaron unos monitores en el exterior, un bar con terraza, una sala de exposiciones (portadas y dibujos de la revista Creepy) y otra de vídeo, destinada a proyectar, cada día desde las cuatro de la tarde hasta las dos de la madrugada, más sesiones matinales el sábado y el domingo, una variada oferta de cine fantástico; entre otras perlas, Camelot (1967), Los pájaros (1963), el Drácula de Tod Browning (1931), La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), The Man Who Fell to Earth (1976) y The Rocky Horror Picture Show (1975). Era la edad de oro del VHS y en ese formato muchos espectadores descubrieron estas y otras muchas películas. Previamente, la organización buscó un nombre para bautizar ese nuevo espacio, por supuesto un nombre que remitiera a una geografía del imaginario fantástico. Oz fue una propuesta no desdeñable. Otra, Shangri-La, gustó a la mayoría. Pero, quizás porque Vincente Minnelli acababa de fallecer en junio, cuando los papás buscaban el nombre de la criatura, el asunto se zanjó por unanimidad: Brigadoon. La iniciativa fue un éxito, pero al año siguiente, 1987, las lluvias torrenciales incesantes aguaron la fiesta, y en 1988, por razones presupuestarias, Brigadoon no compareció.

Pero reapareció en 1989. Y ahí sigue, treinta años después de su nacimiento, en el festival, aunque ya no en los jardines del Retino, pues diversas han sido sus ubicaciones. Como el propio festival, Brigadoon ha ido creciendo: más salas, más público, más presencias y más, muchas más películas, ahora, claro está, en formato digital. Ha crecido también su eclecticismo: allí cabe todo, absolutamente todo, lo grande y lo pequeño y lo amateur, los clasicazos de categoría A y el subproducto Z, Ed Wood o la Troma y Takeshi Kitano, Lucio Fulci y los hermanos Calatrava, Val Guest y el kaiju eiga, la animación rusa y Larry Cohen, Paul Naschy y Manuel Esteba y mil y un etcéteras. Un espacio, además, de encuentro, de conocimiento, donde se respira placer y entusiasmo, y una plataforma idónea para el lanzamiento de cortos o largos de jóvenes debutantes. Este bloguero recuerda con cariño los años en que el actual director del certamen, Àngel Sala, era el responsable de Brigadoon, y los siguientes, con Hernán Migoya al timón, programando con una pasión incendiaria y vehemente ciclos como los consagrados a Sebastià D’Arbó, Albert Pyun, Bollywood, Andreas Schnaas, Richard Matheson o Charles Bronson. El prestigio creciente de la sección vino acompañado por las cada vez más numerosas figuras que accedían y siguen accediendo gustosamente a presentar sus productos en ese espacio de entrada gratuita. Y como muestra, este entrañable botón: ¿Reconocen a los dos venerables artistas que aparecen en la instantánea del gran Jesús París, el fotógrafo que atesora la memoria gráfica del festival desde hace casi treinta años? Son Nathan Juran y, a su izquierda, Ray Harryhausen. Fue en 1995, el año de la celebración del centenario del cine. Ambos presentaron la maravillosa Simbad y la princesa (1958), dirigida por el primero (85 años de edad en 1995) y con efectos especiales del segundo (82 años). Un momentazo irrepetible: dos gigantes del séptimo arte en el paraíso de Minnelli, de Lerner y Lowe, Kelly, Charisse y Van Johnson, ese paraíso que asoma mágicamente una vez al año en vez de cada siglo y no en Escocia sino en la costa catalana. Feliz Brigadoon 2016 y los que sigan.

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