Falstaff goes to the Wild West

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En estos tiempos de relectura, reinvención o tuneado del western, constelación ecléctica y heterodoxa (a la vez que estimulante, por supuesto) en la que habitan Tarantino, Tommy Lee Jones, Andrew Dominik, S. Craig Zahler, John Maclean o Gavin O’Connor, Los siete magníficos de Antoine Fuqua, western de aroma clásico y artesanal, supone el encomiable reencuentro con un territorio familiar para los espectadores que nos forjamos a golpe de revólver en espacios abiertos hace cinco décadas o más. Por aquellas lejanas fechas no se podía entender el cine sin la presencia constante de una de indios, o de vaqueros: algo tan natural, tan cotidiano y consustancial en nuestra existencia como la carta de ajuste o la quiniela. Ni tampoco la televisión: Caravana, El virginiano, Cheyene, Bonanza, Bronco, El gran Chaparral, Valle de pasiones, Cimarrón, Daniel Boone y cien más. Nuestra educación sentimental pasaba por ir por la calle matando forajidos o apaches imaginarios, como quien hoy caza pokémons no menos intangibles. Lo que antes, desde la era silente hasta mediados los años setenta, era normal (puñados de cintas del Oeste, de categoría A o B, cada semana, en los cines de estreno o de barrio: el western como parte de nuestro organismo), ahora es rara avis, perro verde, excepción. Los siete magníficos debería llevar una etiqueta, como algunos productos de alimentación, que orientara al consumidor: Consumir preferentemente en tarde de sábado, por ejemplo. O Sin aditivos. No pasará en letra mayúscula a la historia del género, como no pasaron Emboscada (1959), Duelo a muerte en Río Rojo (1967) o Pistolero (1969). Pero… ¡qué placer reencontrar tipologías e iconografías quintaesenciales! Y una narración tan idiosincrásica como las de Gordon Douglas, Richard Thorpe o Burt Kennedy de los westerns citados. Fuqua tiene una filmografía irregular, pero a veces aborda los géneros con conciencia y respeto a las fuentes: el cine policíaco en Training Day (2001), el de espadas en El rey Arturo (2004), el western ahora. Es cierto que le pone un barniz político al clásico de John Sturges (el megavillano como encarnación del capitalismo depredador, los héroes como democrático grupo multirracial: los tatarabuelos de la tripulación del Enterprise), pero lo demás es tradición genuina. Ver Los siete magníficos es como volver al hogar después de un exilio forzoso de medio siglo. Que los créditos finales recuperen la música original del filme de Sturges es un regalo que no tiene precio: esa partitura de Elmer Bernstein nos acompañó a lo largo de muchos años en los anuncios de Marlboro que nos obsequiaba Movierecord: el cowboy, los caballos, el paisaje y un aire de libertad; es una banda sonora adherida a nuestra médula cinéfila más allá del título concreto que la contenía.

Es en las aludidas tipologías donde hallamos la perla de Los siete magníficos. Todo el elenco está bien, todos dan el tipo, pero hay un actor de reparto que se lleva la palma. Nuestra vida ante la gran pantalla, huelga decirlo, no hubiera sido tan placentera, tan plena, sin un Walter Brennan, sin un John Carradine o un Bond, Ward Bond. Se echan de menos estos monstruos sagrados. Y un monstruo es Vincent D’Onofrio, uno de los seven. Actor camaleónico, lo descubrimos dando vida al recluta que enloquece y se vuela los sesos en la primera parte de La chaqueta metálica (1987), y desde entonces y hasta hoy en la piel y cráneo rapado del Wilson Fisk de la serie Daredevil, lo hemos visto en roles secundarios de gran categoría: El juego de Hollywood (1992), Días extraños (1995), Hombres de negro (1997), La celda (2000), Plan de escape (2013)… En Ed Wood (1994), D’Onofrio fue un memorable Orson Welles juvenil y ahora, en Los siete magníficos, tan corporalmente crecido en estos lustros como el propio maestro en los suyos, se nos antoja una suerte de Welles/Falstaff en Campanadas a medianoche (1965). La escena (alerta: spoiler al canto) de su muerte, asaeteado, de rodillas sobre la calle polvorienta, es formidable, remite tanto a Shakespeare como al verdadero culpable de la existencia del filme, Akira Kurosawa, y tiene el conmovedor acento de la de Slim Pickens en Pat Garrett and Billy the Kid (1973). Eminente secundario, de la fibra y el porte de un Akim Tamiroff, de un Brian Dennehy o del Edmond O’Brien de El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o Grupo salvaje (1969), D’Onofrio es la verdadera carne de cine de Los siete magníficos.

 

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