Cita con un gigante: Jacques Becker

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La salud corporal, mental y espiritual del cinéfilo, su pertinente dieta mediterránea, se cultiva, im-pres-cin-di-ble-men-te, revisando con asiduidad a los clásicos, de lo contrario el reuma, la artrosis o la gota nos impedirán seguir andando. Este bloguero se acaba de dar el gustazo, estos últimos siete días, de zamparse, enterita y en orden cronológico, la filmografía de Jacques Becker, maestro del cine francés de talla XXL, heredero de Jean Renoir, el patrón, de quien fue ayudante de dirección en sus años mozos y a cuya mismísima altura (el cielo) se sitúan media docena de sus películas, la mitad de su obra, pues sólo realizó trece largometrajes. El primero en 1942, durante la ocupación alemana, y el último y póstumo (murió sin poderlo ver) en 1960, el año de Al final de la escapada. Esos dieciocho años enlazan precisamente muy bien Renoir con Godard: en Rendez-vous de juillet (1947), por ejemplo, la vitalidad y energía de su puesta en escena y de sus protagonistas jóvenes, que padecen la fiebre del jazz y de los primeros amores, y la urgencia de sus gestos parecen anunciar la nouvelle vague; es como si toda la película tuviera prisa por adelantar una década su fecha de producción.

Pero no nos confundamos: Becker no fue, ni falta que le hacía, un cineasta de vanguardia, sino un clasicazo, en la onda de un Hawks o un Lubitsch. O de Renoir, claro: inhaló su pureza cristalina y su sensibilidad y su amor por el ser humano, que nunca se tradujo en imitación o mimetismo. El personaje cuyo apodo da título a Goupi Mains Rouges (1943), rudo por fuera y tierno y noble por dentro, es netamente renoiriano. En Falbalas (1945), la constante agitación, filmada con una fluidez sorprendente, del modista protagonista, sus secretarias, sus modelos, sus proveedores y sus clientes remite al frescor y a la ligereza coral de La regla del juego (1939). Y la bucólica escena de amor de París, bajos fondos (1952), con los amantes retozando en la orilla del río, posee la  suprema sensualidad, la poesía etérea, de Una partida de campo (1936). Se caracterizó por sus grandes dotes de observación social y un puntillismo casi enfermizo en los detalles, y ahí está La evasión (1960), su última e incomparable película, donde maneja un control del tempo majestuoso al describir con escrupuloso realismo las tareas de sus protagonistas agujereando suelos o paredes o limando rejas de hierro. Extrajo las mejores composiciones de lo más granado del cine francés: Simone Signoret, Jean Gabin, Daniel Gélin, Serge Reggiani, Pierre Renoir, Micheline Presle, Fernandel (bueno, de éste únicamente extrajo su sonrisa caballuna), Lino Ventura, Claude Dauphin, Gérard Philipe, Jeanne Moreau…

En palabras de Daniel Sauvaget, a Becker “le gusta describir a sus personajes por su especificidad, por encima de la acción, y siempre demuestra, aunque las condiciones de producción de su época no siempre le fueron favorables en este sentido, una preferencia por los decorados naturales, hasta el punto de que se ha dicho que las películas que rodó en París en los años 1945-1953 (Falbalas, Se escapó la suerte, Rendez-vous de juillet, Édouard et Caroline, Rue de l’Estrapade) constituyen uno de los escasos testimonios auténticos sobre las realidades sociológicas y urbanas parisienses de aquella época”. En cada escena de sus películas estallaba, como una carga de dinamita, el cine puro. La favorita del bloguero pertenece a Touchez pas au grisbi (1954), cuando Gabin se refugia en su apartamento franco con su amigo del alma René Dary y le sirve amorosamente paté y vino blanco de Nantes, que ambos degustan quedamente, melancólicamente, en un plano frontal que dibuja el crepúsculo de sus vidas, dos viejos compinches al final del camino, como Joel McCrea y Randolph Scott retratados por Peckinpah. Esa escena es un prodigio de emotividad, al alcance sólo de los verdaderos creadores de arte.

Los afortunados que estos días residan en San Sebastián están de enhorabuena, porque el recién comenzado festival de cine dedica este año una retrospectiva a Jacques Becker, como de costumbre acompañada de libro fundamental. Muy bien por Rebordinos y su equipo, que saben mantener y hacer cumplir al respetable la dieta (cantábrica en este caso) del buen cinéfilo: hay que volver a Becker, que nuestra salud nos lo agradecerá.

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