El síndrome de Norman

la fiebre del ajedrez

El pasado 21 de julio, Norman Jewison cumplió, ¡felicidades!, noventa años. Especie tan necesaria para el desarrollo y fortalecimiento de la maquinaria hollywoodiense como propensa a las alergias de la cinefilia sanguínea, Jewison, retirado desde hace una docena de años, es el director de una obra tan famosa y celebrada como la muy mediocre Jesucristo Superstar (1973); de un título de culto inflamado por su propia aureola, Rollerball (1975), y de megaconvencionales alegatos antirracistas hábilmente diseñados para olisquear la dorada fragancia del Oscar: En el calor de la noche (1967), Historia de un solado (1984) y Huracán Carter (1999). Exento de temperamento visual y personalidad creativa, cuando eventualmente nos enamoró fue por méritos ajenos a él: un guión de hierro y un excelente reparto (El caso Thomas Crown, 1968; Hechizo de luna, 1987), un buen musical (El violinista en el tejado, 1971), o sustituyendo a Sam Peckinpah, fulminantemente despedido por el productor Martin Ransohoff, en el rodaje de El rey del juego (1965). Aunque a veces sonó la flauta por casualidad: la irresistiblemente encantadora fantasía romántica Sólo tú (1994). Huelga decir que el Irving G. Thalberg Memorial Award concedido a Jewison en 1999 hay que entenderlo como un reconocimiento industrial, en ningún caso artístico.

Su heredero natural vendría a ser Edward Zwick. Como Jewison, Zwick carece de universo propio reconocible, pero tiene buen hocico para arrimarse a proyectos portadores de grandes temas y valores humanos que huelen a revientataquillas y entusiasman a los productores tanto como dejan frío al amante del buen cine: Tiempos de gloria (1989), Leyendas de pasión (1994), El último samurái (2003) o Diamantes de sangre (2006). A la espera de ver cómo luce, en sus pezuñas, la próxima aventura del Jack Reacher encarnado por Tom Cruise, la semana pasada se estrenó la película precedente de Zwick, El caso Fischer, sin duda alguna su mejor trabajo hasta la fecha aunque sus logros mayores correspondan a un guión de impecable arquitectura de Steven Knight (apellido idóneo para un relato sobre ajedrez) y a las prodigiosas interpretaciones de Michael Stuhlbarg, Peter Sarsgaard, Liev Schreiber (en el rol de Boris Spassky) y, en menor medida (su papel, el titular Bobby Fischer, era el psicológicamente más complejo, más difícil), Tobey Maguire. Lejos del biopic tradicional, El caso Fischer es ecuánime en la pintura de los personajes (Spassky, que podía haber caído en la caricatura de villano de James Bond, está contemplado con adecuada imparcialidad) y acierta en recrear la densa atmósfera de guerra fría que acompañó a la legendaria partida que esos titanes del tablero blanquinegro disputaron en Reikiavik en 1972.

Las imágenes de ajedrez, en el film de Zwick, son breves y concisas. Y es que, aunque a cine y a ajedrez los hermana la palabra movimiento, se trata, claro está, de movimientos de distinta naturaleza. En la pantalla, el deporte más estático de cuantos existen ha dado una obra maestra burlesca, La fiebre del ajedrez (1925), de Vsevolod Pudovkin, y en ocasiones ha ejercido de recurrente metáfora, como en Fresh (1994), donde lo era de rehabilitación social. El poder icónico de tablero y fichas ha generado brillantes ideas visuales en, por ejemplo, una de las mejores series de televisión de todos los tiempos, “El prisionero” (1967-1968), o en el postrer largometraje de Joaquín Jordá, “Más allá del espejo” (2006). Kubrick habría podido rodar la película definitiva sobre el juego, pero se nos fue demasiado pronto.

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