El fenómeno “Sharknado”

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Esta semana, el canal de televisión SyFy ha estrenado la nueva entrega de Sharknado, que lleva el galáctico subtítulo de Que la 4ª te acompañe y llega con efluvios de acontecimiento entre la respetable legión de fans con la que ya cuenta esta saga disparatada. La fiebre empezó en 2013 con Sharknado, una tv-movie del montón de montones, de esas que acostumbran a emitir las televisiones los domingos por la tarde, donde menudean las catástrofes servidas por unos efectos digitales resultones pero para nada deslumbrantes comparados con los de cualquier blockbuster de multisala. Sharknado, sin embargo, tenía algo especial, fruto de sus delirantes planteamiento y resolución; algo muy salado que, antes que en las filas del telefilme rutinario, la situaba en el territorio de las desprejuiciadas series B o Z del género fantástico modalidad exploit y nos traía el recuerdo de las pirañas, tanto la clásica de Joe Dante (1978) como la relectura de Alexandre Aja (2010), o de productos tan saludablemente infamantes como Pirañaconda (2012), de Jim Wynorski, producida por maese Roger Corman, el sumo chef de estos guisos. Serpientes en el avión (2006) tampoco desencajaría como miembro de esta familia.

Recordemos la minúscula trama de Sharknado: tornados feroces succionaban miles de tiburones de las playas californianas y los arrojaban sobre la población de Los Ángeles y alrededores, causando pánico, muerte y devastación. Uno de esos tiburones se zampaba a la heroína en el segundo tramo de la fiesta y, al final, otro tiburón se tragaba al héroe, pero, como éste llevaba una motosierra en sus manos, conseguía, desde el interior del escualo, reventar su panza y salir no sólo ileso él sino, ¡ohhhh!, en compañía de la chica; sí: no era otro tiburón, sino el mismo de antes, vaya casualidad. Este alto grado de demencia (había otros picos de locura no menos remarcables) merecía recompensa. Y la tuvo, las tuvo por un tubo: al año siguiente (2014) llegó Sharknado 2, que trasladaba su diluvio letal a Nueva York y subía unos peldaños el nivel de desmadre (con desenlace parecido al citado), y en 2015 Sharknado 3, todavía más desquiciada, con un prólogo que reducía a escombros Washington y la Casa Blanca para arrasar a continuación las costas de Florida y concluir con un clímax (créanlo) en la Luna; contaba con las presencias estelares de una Bo Derek tirando a pocha y David Hasselhoff, que ahora repite en Sharknado 4, cuya acción se sitúa cinco años después de la precedente. Chifladura mayúscula salpicada de ideas nuevas y por supuesto descabelladas (la protagonista de la saga convertida en Superwoman, la irrupción de tiburones nucleares…), el azote quasi bíblico de las bestias marinas se ceba en esta ocasión en Las Vegas al principio y luego en Texas, Kansas, Dakota del Sur (impagable la imagen de un tiburón incrustado en la nariz del presidente Washington en el monte Rushmore), San Francisco, Chicago y las cataratas del Niágara, entre otros rincones de la América tradicional. Un gag en el último minuto augura continuación: ¿la quinta para el próximo verano?

Los artífices de este fenómeno son el productor David Michael Latt, el director Anthony C. Ferrante y el guionista Thunder Levin, que hizo sus pinitos como still photographer precisamente a la vera de Roger Corman. Sharknado era una más de la muchas monster movies fabricadas como churros por The Asylum, la compañía de Latt, pero el 11 de julio de 2013, fecha del estreno en el canal SyFy en Estados Unidos, algo inusual se produjo: un aluvión de tuits (se dice que cinco mil por minuto) saludando enfebrecidos aquello inenarrable que aparecía en la pequeña pantalla, entre ellos tuits de Mia Farrow o de Damon (Perdidos) Lindelof. Latt, Levin y Ferrante se frotaban las patitas: había nacido una obra de culto instantánea para los feligreses de la religión trash. Ferrante recuerda que Peter Jackson, Sam Raimi y James Cameron también nacieron allí: en el exceso sin complejos ni coartadas, un terreno que no excluye una firme voluntad de autor. Veremos cómo pinta su futuro cuando se desmarque de las lluvias de tiburones.

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