Un talento heterodoxo: Peter Strickland

berberian sound studio

De las películas estrenadas este viernes, el gran público se lanzará, una vez más, sobre la ardilla Scrat y su eterna bellota, las auténticas estrellas de la saga Ice Age, pero el cinéfilo con las antenas bien orientadas optará por otro banquete, más vitaminado y estimulante, The Duke of Burgundy, de Peter Strickland, una perla que llega a nuestras pantallas con notorio retraso (se pudo ver en Sitges, en 2014), aunque no tanto como Berberian Sound Studio (2012), el largometraje anterior del cineasta, que se estrenará el próximo viernes día 22. Strickland es un talento heterodoxo, muy idiosincrático, refractario a la etiqueta fácil. Nacido en Gran Bretaña, vivió en Rumanía y allí realizó, en 2009, su ópera prima, la extrañísima Katalin Varga, la historia de una venganza localizada en el ámbito rural que contaba con algunos momentos memorables: la protagonista relatando detalladamente, mientras viajan en una barca en pleno río, cómo fue violada al propio violador y su esposa, o el suicidio de ésta (la imagen de sus pies colgando de un árbol en primer término y, a lo lejos, el marido aturdido), o el radical plano con que concluye la historia, tan contundente como la toma final de Marlon Brando en Missouri (1976), el subestimado pero formidable western de Arthur Penn. Strickland cita como referentes de Katalin Varga títulos tan disímiles como La noche del cazador (1955), Los corceles de fuego (1964) y el Nosferatu de Herzog (1979), mezcolanza que ya da una idea de por dónde irán los tiros en su obra.

De haberse quedado en Rumanía, hoy añadiríamos Strickland a la lista de Cristian Mungiu, Corneliu Porumboiu, Cristi Puiu y otros destacados nombres de la nueva ola rumana. Pero cambió de ubicación, y de registro, con Berberian Sound Studio, otra joya marcada por el efecto de extrañeza, una obra inquietante y enfermiza, encerrada en sí misma, claustrofóbica (prácticamente no sale del oscuro estudio donde se sonoriza un filme de terror de índole giallo), con ecos de Polanski y de Barton Fink (1991). Y de Lynch: la perturbadora imagen de una col es ciento por ciento lynchiana. Es divertido el papel que juegan frutas y verduras en la película, como esas sandías que se usan para ejercer el efecto sonoro de cabezas humanas machacadas.

No menos enfermiza es la historia de amor que describe The Duke of Burgundy entre dos mujeres en una bellísima casa señorial, una liaison presidida por un juego de dominación entre ama y criada, donde los rituales se repiten constantemente, con predilección por el sadomasoquismo. A Strickland le da aquí por la entomología, ciencia de la que al parecer son toda una autoridad las dos protagonistas (estupendas Sidse Babett Knudsen, la revelación de Borgen a quien estos días también podemos ver dando la réplica a Tom Hanks en Esperando al rey, y Chiara D’Anna, que debutó en Berberian Sound Studio): gusanos, larvas y mariposas se adueñan del espacio creando un universo onírico progresivamente ominoso que deriva en un tramo final otra vez de filiación lynchiana. Buñuel (las medias, las botas, un fetichismo latente) vendría a ser otra de las resonancias, además de Jesús Franco, el modelo explícito acariciado por Strickland. O Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972), o Visconti por el esplendor gótico del decorado y el perfume persuasivo, obsesivo de muebles y objetos y cosmética. Hay, como se ve, mucho donde rascar (y premio en cada cartón) en esta inabarcable y elegantísima The Duke of Burgundy, en la que Rumanía ha vuelto a participar en coproducción con Gran Bretaña y en cuyos créditos figura, como productor ejecutivo, Ben Wheatley, el autor de Turistas (2012) y High-Rise (2015), otro talento heterodoxo de la cuerda de Strickland.

 

 

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