Dahl, Hitchcock, Spielberg (y Kiarostami)

donde está la casa de mi amigo

1: Tierra de gigantes

Roald Dahl y Steven Spielberg estaban llamados a encontrarse. Probablemente, de ser diez o quince años más viejo el autor de Tiburón (1975), el encuentro se habría producido hace más de medio siglo, y no en otro lugar que en la caja lista. En 1955, Alfred Hitchcock, un británico cuyo talante artístico mantiene vasos comunicantes con el de Dahl, inició la serie Alfred Hitchcock presenta, que llegaría hasta 1965 contando con seis episodios inspirados en historias del escritor galés, cuatro de ellos (Lamb to the Slaughter, Dip in the Pool, Poison y Mrs. Bixby and the Colonel’s Coat) dirigidos por el propio cineasta y los otros dos por Norman Lloyd (Man from the South, protagonizado por la pareja más exótica imaginable: Steve McQueen y Peter Lorre) y Paul Henreid (The Landlady). El público debía idolatrar a Dahl, pues su presencia en la pequeña pantalla era constante: Poison, Dip in the Pool y Man from the South, por ejemplo, ya habían tenido antes de Hitch sus adaptaciones en, respectivamente, las series Suspense (1950), Danger (1954) y Cameo Theatre (1955), de la misma manera que, relatos de largo alcance todos ellos, Lamb to the Slaughter inspiraría a Almodóvar un fragmento memorable de ¿Qué he hecho yo para merecer esto! (1984), Man from the South daría origen al segmento de Tarantino de la colectiva Four Rooms (1995) y otros más se volverían a filmar en diversas ocasiones. El propio Dahl fue también el encargado de presentar los capítulos de la serie de ciencia ficción Way Out (1961), donde su imagen se nos ofrecía multiplicada para subrayar su papel de demiurgo. Si a estas series les sumamos Thriller (Boris Karloff, anfitrión), The Twilight Zone o Rumbo a lo desconocido, entre otras, concluiremos que en aquellos años cualquier espectador aficionado a la fantasía o el suspense podía morir súbitamente en su sofá por consumo inmoderado de placer.

Pues bien, Steven Spielberg descorchó su carrera profesional como director de dos capítulos (1969 y 1971) de la serie Night Gallery, escrita y presentada por el emblemático Rod Serling, y en 1971 realizó El diablo sobre ruedas, sobre un relato de Richard Matheson. O sea, que encajaba como nadie en el espíritu de aquella constelación de series de las dos décadas precedentes. Los universos de Dahl y Spielberg coinciden en más de un punto: imaginación a espuertas, predilección por el público juvenil, héroes comunes enfrentados a situaciones de orden sobrenatural, etc. No sería descabellado considerar Chitty Chitty Bang Bang (1968), escrita por Dahl a partir de una novela de Ian Fleming, como una de las primeras fantasías pre-spielbergianas de la historia. Del encuentro anunciado por la señora Justicia Poética emerge una obra admirable, Mi amigo el gigante, cine para todas las edades y para todos los cerebros frescos del planeta, situado en la frontera entre Magia y Poesía y cuyo primer tramo (el secuestro de la niña por el gigante, la huida transformista por las nocturnas calles de Londres, la escena en la cabaña y la posterior en la montaña con los otros gigantes) logra situarse, sin que la hora y media siguiente desfallezca un solo instante, en una cima de la obra spielbergiana. El cuento de Dahl encuentra la perfecta sintonía con el imaginario fílmico de Spielberg, una simbiosis muy parecida a la que surgió entre el realizador y Hergé; tanto aquí como en su película sobre Tintín, además, Spielberg utiliza el efecto digital más abracadabrante para llevarlo estética y rítmicamente al terreno de la narración clásica, preinformática. La capacidad ilimitada de maravillar está en cada plano de Mi amigo el gigante y tiene una grandeza que enlaza con Méliès, con Harryhausen, con George Pal. Sí: Spielberg es sin duda el único hoy capaz de medirse con ese pasado glorioso.

 

2: Un día imborrable

El jueves 4 de noviembre de 1993 es una de esas fechas que uno lleva escritas en letra de redondilla en su calendario vital. Un día en que la tristeza y la alegría se aliaron conformando una perplejidad brumosa e indescriptible. Por la mañana, los funerales, concurridísimos, en memoria de José Luis Guarner, fallecido el día anterior. Aquella semana se había iniciado en la Filmoteca de la Generalitat el ciclo dedicado a Abbas Kiarostami, un cineasta desconocido para casi todos los lugareños. Este bloguero, que entonces trabajaba en la Filmo, se había currado el programa de mano y, desde luego, por lo leído, apetecía mucho conocer a ese cineasta iraní tan alabado por la crítica internacional, particularmente la francesa. Ese mismo jueves, a las 19.30 horas, se proyectaba ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), deslumbrante bautismo: sí, aquel artista era de los grandes, de los más grandes. En esa sesión, curiosamente, estaba Víctor Erice, que había llegado a Barcelona para asistir al entierro del amigo José Luis. Recuerdo su emoción al hablar de aquella joya y de ese autor con quien, quién lo iba a decir, mantendría años después una correspondencia fílmica antológica, y la larga charla que mantuvimos en el vestíbulo, a la salida, en compañía de Ramon Font, coordinador de la Filmo. Un día imborrable: decíamos adiós (¡hasta siempre!) a Guarner y hola a Kiarostami. Ahora se nos ha ido también Abbas, ¡qué mierda!

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