Europa: tres miradas

fatima

Tres voces comprometidas con la realidad, con la Historia en mayúscula, con el asfixiante presente de esa entelequia a la que llamamos Europa. Tres voces potentes, cada una con su propio y personalísimo timbre, han llegado esta semana a la cartelera cargando en su mochila con uno de los deberes ineludibles del cine verdadero: invitar a la reflexión sin sermonear a la parroquia y formular esa invitación con categoría artística. Dos tienen ya un cierto reconocimiento entre la minoría cinéfila de nuestro terruño: Alexander Sokurov y Miguel Gomes. Con artillería formal a las antípodas de su fundamental El arca rusa (2002), Sukorov regresa sin embargo a un espacio tan prestigioso como un museo (el Hermitage de San Petersburgo antes, ahora el Louvre) para poner en la picota, en Francofonía, las barbaries del siglo XX y, con ellas, todas sus complejidades, bañando su propuesta en un batiburrillo de imágenes presidido por una libertad creativa diríamos que incomparable si no fuera porque el portugués Gomes también se nutre de ella en su mastodóntica Las mil y una noches, una película de más de seis horas de duración que se exhibe dividida en tres partes tituladas El inquieto, estrenada este viernes, El desconsolado y El embelesado, que verán la luz las dos próximas semanas. Amparándose en la estructura de los célebres cuentos árabes, Gomes abre en canal la crisis económica de los últimos años, que ha empobrecido a toda la población lusa, alternando el reportaje periodístico, la fábula, la comedia grotesca, la fuga onírica, el metalenguaje, la sátira, el melodrama, etcétera, etcétera. Fascinante de la cabeza al rabo. Con Las mil y una noches se constata que, a veces, la mejor manera de dejar huella del signo de los tiempos es a través de la imaginación más desbordante y desbocada; en esto, Gomes está del lado de Fellini, Angelopoulos, Kusturica…

Philippe Faucon, la tercera voz aquí convocada, es menos aparatoso, pero la justedad moral, por así llamarla, de su mirada habría agradado sin duda a Renoir. Su película, Fatima, aborda un tema ya un tanto gastado por el uso, el de la emigración magrebí en Francia, pero lo que importa, una vez más, no es el qué sino el cómo. Y aquí Faucon, que trabaja con un material verídico y autobiográfico (de Fatima Elayoubi) y él mismo es un profundo conocedor del tema (nació y vivió sus primeros años en Marruecos), es donde nos ofrece una obra extraordinariamente limpia, depurada, higiénica, emotiva, civilizada, noble y honesta. Sus tres protagonistas (una madre argelina divorciada y sus dos hijas ya francesas: una joven que sólo piensa en la carrera de medicina recién iniciada y su hermana menor, de quince años, díscola, mala estudiante, impaciente) están contemplados con humana objetividad y comprensión, los conflictos se muestran sin resentimiento, el racismo aflora de manera natural sin levantar ampollas (en La désintégration, su anterior largometraje, sí fue Faucon más lejos, dando cuenta de cómo se forja un yihadista) y la narración fluye con una precisión, una exactitud inhabituales: Fatima no llega a la hora y veinte de duración y es brillante en el uso de las elipsis: el paso del tiempo, por ejemplo, se percibe viendo cómo la protagonista del título progresa en el dominio del francés, que casi no entiende al principio y maneja con soltura al final. Gran admirador de Cassavetes, Faucon recordaba en 2001 cómo la intensidad dramática del autor de Faces (1968) hacía mella en cada poro de la piel de sus personajes. Algo de ello reverbera en las imágenes de Fatima.

 

 

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