Trazas de Edwards, recuerdo de Jordá

joaquín jordá

1: Chandler se va de guateque

Resulta interesante estudiar las reacciones de los periodistas acreditados en el festival de Cannes cuando algo, por insignificante que sea, se sale del carril previsto. Este año, junto a los Dardenne, Dolan, los rumanos Puiu y Mungiu, Allen, Jarmusch, Spielberg, Larraín, el santísimo Loach, Serra y Almodóvar, entre otros, se ha colado, fuera de competición, una comedia de colegas dirigida por Shane Black, Dos buenos tipos. Para los programadores, la razón de incluirla en el evento es obvia: tener garantizada la presencia de dos buenos filetes del star system, Russell Crowe y Ryan Gosling, sus protagonistas, que dan mucho jugo y juego en los medios. Para el cronista más estirado, intelectualillo cejijunto, esto es una frivolidad ofensiva, pues no he venido yo a la ciudad francesa a perder el tiempo. Para otros, más sensatos, es una zona de refresco muy conveniente y gratificante cuando uno está ya hasta la visera del gorro de cine social engagé. Otros más se lo toman con razonable filosofía: nada de lo cinematográfico me es ajeno. La cuestión es que Dos buenos tipos, la metas en el certamen más finolis del planeta o en un tablao flamenco, es una muy buena comedia: ingeniosa, divertida, bien ritmada y, sí, refrescante en grado sumo. Es una farsa policíaca con un trama chandleriana como pretexto, ubicada en los años setenta, a los que ya se rinde homenaje en varios fragmentos de la banda sonora, que se dirían firmados por Bill Conti o Lalo Schifrin. Realizada entonces, Elliott Gould y Donald Sutherland hubieran sido los más perfectos ancestros de Crowe y Gosling, que están magníficos. Y, por supuesto, Blake Edwards el director, cuya huella cruza de cabo a rabo la película de Black: la descacharrante caída de Gosling por la colina, en el transcurso de la fiesta, es clavada a la de Dudley Moore en 10. La mujer perfecta (1979). Gosling, casi tan patoso como Clouseau, es una fuente constante de gags visuales. Gags que a veces suceden en el fondo del plano, también un recurso muy de Edwards. Lo que sorprende es encontrar a Edwards no sólo en Dos buenos tipos, de inminente estreno, sino también en Noche real, estrenada esta semana. Dirigida por Julian Jarrold, es una comedia de menor categoría, pero simpática por ese tono anacrónico, intemporal, que podría también pertenecer a los setenta. Las correrías y enredos nocturnos, de incógnito, de la actual reina de Inglaterra el día de la Victoria tienen, en efecto, efluvios de Edwards, pero donde más reverbera su figura es en el caricaturesco perfil de los dos ineptos guardaespaldas de la princesa, edwardsianos de pura cepa.

 

2: Diez años no es nada

El próximo mes, concretamente el 23 de junio, se cumplirán diez años de la muerte de Joaquín Jordá, cineasta esencial de nuestro cine desde los lejanos días de la Escuela de Barcelona hasta el mismo año de su fallecimiento. Diez años sin él físicamente, pero diez años con él en espíritu y vigencia creativa, pues su legado no únicamente permanece, sino que crece y se expande a través de nuevas generaciones de cineastas que con Jordá trabajaron o de quien tomaron inspiración, como Mercedes Álvarez o Neus Ballús, precisamente dos de las presencias de la mesa redonda que tendrá lugar, el próximo martes 24 a las 18.30 horas, moderada por Jordi Balló, en la Filmoteca de Catalunya, que le dedica homenaje y ciclo. Jordá tiene descendencia, y de la buena, pero su obra cinematográfica es única e incomparable, sanguínea y temperamental (él fue un verdadero antisistema, de cuando la palabra usada todavía era contestatario), empezando por su compromiso político, ético y cívico, que consistió en ver con mirada limpia y escuchar con atención lo que los políticos no ven ni escuchan ni quieren ver ni escuchar: las calles y sus gentes. Y de esa confrontación con sus semejantes emergieron obras capitales como Numax presenta… (1979), su apéndice Veinte años no es nada (2004) y De nens (2003). De la enfermedad, que él mismo experimentó dolorosamente, extrajo documentales maravillosos: Mones com la Becky (1999), Más allá del espejo (2006) o el cortometraje Ictus (2005). Y de su relación y experiencia con Jacinto Esteva, la inigualable El encargo del cazador (1990), tan inigualable como su insólita incursión en el cine de ficción, Un cos al bosc (1996), originalísimo thriller rural localizado en la Catalunya profunda. Y por encima de todo, un profundo respeto, un amor incontestable por el cine en toda su amplitud, que se detectaba en muchísimos momentos de sus películas. Por la vía del humor, por ejemplo, porque Jordá tenía muy fina socarronería: ahí está su propia presencia en Un cos al bosc dando vida al chef de un restaurante que mima sus trompetes de la mort. O por la vía de la sensibilidad y la emoción pura, que entronca con el mejor cine clásico: en Más allá del espejo, Jordá y una de las enfermas que participan en el filme, la mujer ciega, pasean y se detienen en un puente; él enciende con la colilla de su pitillo otro pitillo y se lo ofrece amorosamente a ella, mientras contemplamos debajo de ellos, debajo del puente, el paisaje hermoso del río y la naturaleza. Podrían ser perfectamente dos cowboys filmados por Anthony Mann.

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