Los herederos

pasión ciega

Un camión llega a una modesta estación de servicio. Lo conduce George Raft. A su lado, Humphrey Bogart, plácidamente dormido. Raft saca del bolsillo de su compañero y hermano en la ficción una cajetilla de tabaco, con la intención de pillar un pitillo, pero comprueba que está vacía, la arruga y la tira por la ventana. Baja del camión y, mientras el empleado le atiende, se refresca rociando el agua de una manguera sobre su cabeza. Abre bruscamente una cerveza y bebe de la botella. Todo rápido, muy rápido, centelleante, en este primer minuto de Pasión ciega (1940), de Raoul Walsh. Han sido suficientes cuatro o cinco planos breves, casi frenéticos, para trazar nítidamente el carácter, el temperamento de Raft, que ya se nos ha hecho familiar. A lo largo del siglo XX, las pantallas del mundo entero sembraron esa semilla, plantada con raíces profundas por el cine americano: infinidad de costumbres y conductas, tipos y tipologías, portes, galanterías y gestos compulsivos quedaron fijados en nuestros tejidos más íntimos a partir de esas pinceladas lacónicas que definían a los personajes, especialmente a los masculinos, sin mediar palabra. Walsh, hombre nada dado a las monsergas y mucho menos sentimental (célebre es la frase de Jack Warner: “Para Walsh, una escena de amor tierna es quemar un prostíbulo”) pero capaz de inundar cada fotograma de sus películas con ríos de poesía vital, era particularmente hábil en describir criaturas a la primera toma. Lo hizo en más de cien películas y durante la friolera de medio siglo de actividad ininterrumpida. Pero no fue el único, por supuesto. El noventa por ciento del mejor cine clásico hollywoodiense se sostiene sobre esa inmaculada capacidad de extraer biografía del más leve movimiento de una ceja. Como era cosa de economía narrativa, la serie B halló allí su caldo de cultivo. A Roger Corman le bastó, en el arranque de Machine Gun Kelly (1958), un único plano de cortísima duración para dar cuenta de un atraco bancario, todo en off: una sombra dibujada en el suelo, un disparo, el cuerpo de un agente de seguridad mortalmente abatido… Constelación Fuller.

De todo este cosmos gestual emerge una figura catedralicia del relato fílmico: el loser, que ya en los años treinta cincelaron con maestría los actores expertos en cine de gángsters y que siguió floreciendo en los cuarenta y cincuenta hasta que, a partir de la década siguiente, John Huston y Sam Peckinpah comenzaron a redactar su certificado de defunción en un puñado de obras admirables. No acabaron con el loser, porque el sueño americano sigue y seguirá clavando espinas en los corazones de las gentes y los marginados y desclasados pervivirán siempre, pero sí derramaron la última gota de clasicismo sobre sus artríticos huesos. Los herederos de Raft, Bogart y adláteres se perpetúan: el Nicolas Cage de Leaving Las Vegas (1995), el Jeff Bridges de Corazón roto (1992) o, esmaltado con un barniz de ironía, de El gran Lebowski (1998), el Joaquin Phoenix de Puro vicio (2014)… Una película pequeña, estrenada este viernes en voz baja, convoca con mucho amor a esta fauna: La última apuesta, escrita y dirigida a cuatro manos por Anna Boden y Ryan Fleck, tándem con ya varios títulos a sus espaldas, entre ellos el estimable Half Nelson (2006), otro retrato de perdedor prototípico cuyo plano final era netamente hustoniano, reminiscente del de Fat City (1972). Sus protagonistas (Ben Mendelsohn y Ryan Reynolds) son dos jugadores empedernidos, que se conocen en el transcurso de una partida de póker y juntos apuestan en carreras de galgos o caballos, en la ruleta o los dados, y recorren las carreteras como está mandado, y los moteles y las cafeterías, pasando por Las Vegas y, con un perfume southern que tumba de espaldas y tanto sabor de Mark Twain como de Jim Jarmusch, por un Mississippi embriagado de blues. Ésta es una de esas gratas películas que provocan un raro efecto en el desván de la memoria: es simple y olvidable a la vez que activa recuerdos inolvidables, prácticamente un siglo entero de imágenes que irían de Pasión ciega a la última película que realizó Robert Aldrich y que cada día que pasa es más buena, Chicas con gancho (1981), donde el perfil del loser lo esculpía modélicamente el gran Peter Falk.

 

 

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