¿A alguien le suena el nombre de Fritz Lang?

mysterious object at noon

Hace unas semanas, Serge Toubiana, en una entrevista que le concedió a Jaume Figueras en el programa Cinema 3 a propósito del estreno de Hitchcock/Truffaut, afirmaba que hoy las nuevas generaciones de aficionados al cine desconocen por completo la figura de Fritz Lang; luego añadía que tampoco conocen a Lubitsch, ni a Murnau o Sjöström. Genios ignorados: “El olvido es nuestro peor enemigo”, decía Toubiana. Es un pronóstico, o más bien un hecho, grave, muy grave. Porque el cine, que es muy joven todavía en comparación con otras artes, no puede entenderse sin la obra de esos y otros muchos grandes nombres sepultados en el ostracismo. Cervantes y Shakespeare murieron hace exactamente 400 años, y ya ven la que siguen liando. Lang, que en su terreno es un artista de tanto peso como el español y el inglés, ni un gramo más ni un gramo menos, murió hace sólo 40, y al parecer ya no cuenta en la cultura de nuestro tiempo. ¿Cuándo, dónde empieza el desatino? Tal vez sea un problema de docencia, ese ámbito donde el cine, cuando no es invisible, es el último de la fila. A los niños, en los colegios, se les pone Vivaldi, para que vayan educando el oído y descubran que las cuatro estaciones no son únicamente una pizza. En Barcelona, se les saca a pasear: al Parc Güell, para que conozcan a Gaudí, o al Parc de l’Escorxador, para contemplar la escultura Dona i ocell de Miró. Pero cuando, en el apartado del ocio, se les proyecta una película, les endilgan El diario de Greg, y listos. La lista de Toubiana, por desgracia tan ampliable, incluiría también a Chaplin: muchos párvulos acceden a la adolescencia sin saber identificar una silueta tan icónica de los últimos cien años como la de Charlot. Lo dicho: grave, muy grave.

Ahora mismo, a Apichatpong Weerasethakul cabe considerarle, sin asomo de exageración, uno de los cinco autores verdaderamente importantes del presente. ¿Su fecha de caducidad? Probablemente, ya que por estas calendas todo va a la velocidad del relámpago, entrará a formar parte de los desterrados a la que deje de hacer cine o cuando ya no llame la atención de los radares de las minorías (porque él, encima, es manjar de los happy few, no constan en su filmografía obras totémicas como Metrópolis o Los contrabandistas de Moonfleet). Tan de minorías es el tailandés que muy pocos espectadores habrán detectado que en la cartelera de esta semana se ha colado, con una cándida timidez, una película suya, su primer largometraje, Mysterious Object at Noon, rodado en 1999 y restaurado en 2013. Es una obra plenamente personal; todo lo que vendrá después está ya en Mysterious Object at Noon. El tema que rige su filmografía es la conciencia de la fugacidad de nuestra existencia, a la que el cineasta aplica su antídoto espiritual: sintonizar y explorar otros universos íntimamente conectados al nuestro. En su cine hay reencarnaciones y fantasmas, hombres que se transforman en tigres en plena selva, mujeres principescas que fornican con peces en un lago… Weerasethakul siente la necesidad irrenunciable de contar cuentos, de fabular constantemente, y esta ópera prima en áspero blanco y negro está repleta de relatos orales y de narradores casuales. Hay un cuento central, el del muchacho inválido y la profesora y el objeto que se transforma en niño y luego en profesora (¿falsa o verdadera?), y otros muchos laterales. Fascina la libertad con que el cineasta los mezcla, los paréntesis, las digresiones visuales y tonales, incluso la aparición del propio equipo de rodaje cuando conviene. La autenticidad del documental más fidedigno se adueña de sus imágenes, por ejemplo en el segundo viaje en tren que contemplamos: pocas veces una película ha mostrado tan bien el sonido, el temblor, la sensación de velocidad, la agitación que recorre desde dentro un vagón en marcha. O la escena de la consulta médica, pintiparada a otra de Blissfully Yours (2002). De la mixtura de cuentos (la película arranca con el clásico “érase una vez”) y la variedad de situaciones, paisajes, gentes y conductas emerge un retrato de la entera Tailandia tan fascinante como penetrante. Un tesoro de cine y de poesía, de magia y de realismo antropológico. No olvidaremos fácilmente Mysterious Object at Noon ni a Weerasethakul. Como no olvidamos a Lang.

 

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