El Indiana Jones del Raval

la casa sota la sorra

Este año, La casa sota la sorra cumple medio siglo de existencia. Su autor, Joaquim Carbó, la concibió como novela y la publicó en 1966, pero unos meses después apareció como cómic por entregas en Cavall Fort, con dibujos del gran Madorell, el mismo que en cada número cerraba la revista con las tribulaciones de los merluzos Jep y Fidel en la contraportada. Clásicos de la viñeta catalana, del mismo modo que el relato original de Carbó lo es de la literatura infantil y juvenil en catalán. Una generación a reivindicar la del hoy octogenario Carbó, de la que también forman parte Emili Teixidor, Sebastià Sorribas (cuyo fundamental El zoo d’un Pitus cumple también en 2016 su cincuenta aniversario) o Josep Vallverdú. El exitazo de La casa sota la sorra propició nuevas aventuras de sus dos héroes protagonistas, múltiples reediciones e incluso su adaptación teatral, algo que nunca comprendí del todo: ¿se imaginan En busca del arca perdida sobre un escenario?

La referencia al título de Spielberg no es gratuita, ya que, de algún modo, uno de los protagonistas de La casa sota la sorra, Pere Vidal, es algo así como un ancestro de Indiana Jones; un Indiana Jones a la catalana, del barrio chino barcelonés, portuario: seguro que huele a altramuces muy salados y a calamares fritos. No es arqueólogo, pero se hará pasar por arqueólogo con el nombre de Peter Whitel, y tiene el mismo espíritu aventurero del doctor Jones. Es solitario, duro, insolente y vive el hoy sin preocupaciones por el mañana. Podríamos también pensar en Bogart metido en los zapatos de una criatura de Hemingway. De hecho, la historieta (línea tan clara como Hergé) es ciento por ciento cinematográfica ya desde su primera página, trece viñetas (en cuatro líneas: tres, cuatro, tres y tres, casi una alineación de Luis Enrique) que sintetizan el talante del héroe con la precisión y economía que lo hacían los primeros minutos de algunas cintas de aventuras de Walsh o Hawks. En las dos primeras viñetas vemos a Vidal salir de un cine de barrio, sorprendido porque llueve, y echar a correr mientras se levanta el cuello de la cazadora. En las cinco siguientes lo contemplamos refugiado en la barra de un bar, tomándose una cerveza y leyendo el diario del local, donde (viñeta tercera de esas cinco) lee/leemos un anuncio clasificado misterioso (se ofrece trabajo a joven independiente, con dominio del inglés y el alemán, aptitudes físicas, buen nadador…). La octava viñeta lo muestra llegando al portal de su humilde morada, silbando; el suelo está encharcado pero ya no llueve. No es su casa, sino la de su hermano y su cuñada, de quienes recibe (últimas cinco viñetas) la pertinente bronca por holgazanear todo el día sin oficio ni beneficio y aparecer, eso sí, siempre puntual cuando la sopa llega humeante a la mesa. Trazado pues, en una sola página, el perfil del héroe a la perfección. En la segunda (otras trece viñetas) empieza la acción, que, tras los correspondientes continuará, le llevará a África y al encuentro con el otro héroe, Henry Balua, de raza negra pero no el negro de los tarzanes, sino más bien un pulcro Sidney Poitier (inmaculada camisa blanca, corbata bien anudada), que en el apartado intelectual le da sopas con honda a Vidal. La macroaventura que ambos vivirán tiene de todo, incluso sus ecos del tiempo como Bond o los Thunderbirds: ahí está la guarida de los villanos, oculta bajo las dunas del desierto, dispuesta para abrirse y cerrarse cuando un avión ha de aterrizar o despegar. Como peripecia de colegas, esta maravilla de Carbó y Madorell se adelantó casi dos décadas a la fiebre de las buddy movies con pareja blanco & negro, aunque por esas fechas habíamos ya gozado de un precedente memorable: el dúo Bill Cosby & Robert Culp de Yo soy espía.

Pues sí, cincuenta años, cincuenta, de todo esto. Se hace difícil expresar lo que fue para un crío de diez años, la edad del bloguero entonces, pillar La casa sota la sorra. Esa larga espera (quince días que se hacían eternos) hasta ver en el quiosco de la esquina el nuevo ejemplar de Cavall Fort, devorar las dos páginas de Vidal y Balua una y otra vez (memorizar cada viñeta y cada detalle), y aguardar con (im)paciencia de santo otra quincena. A la ilusión la acompañaba una intuición precoz, luego confirmada con la experiencia que aportan los años: que las cosas importantes de la vida estaban encapsuladas en esas viñetas (o en las del TBO: Josechu el Vasco, la familia Ulises…), en la pantalla grande (¡Hatari!, La conquista del Oeste, Lío en los grandes almacenes y mil etcéteras) y en la pequeña (Caravana, Guardianes del espacio, Los vengadores…), y no tanto en los libros de mates, ciencias naturales o F.E.N. Ha sido abrir hoy, esta mañana, las páginas encuadernadas (por temporadas) de aquellos Cavall Fort polvorientos y el corazón ha empezado a bombear a mayor velocidad. Una emoción indefinible, un estremecimiento. Más que una sensación de plenitud, un sentimiento de vacío raro, raro, raro.

 

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