Dos horas con Mario

cantinflas

Los maquilladores se empecinan, con loable dedicación a su arte, en dar con las facciones más verosímiles de un personaje verídico cuando un actor o una actriz tiene que interpretarlo. A veces es un esfuerzo de Tántalo francamente estéril, como ponerle a Jack Nicholson, en Hoffa (1992), la nariz exacta de James R. Hoffa, cuando la mayoría de los mortales desconocemos qué jeta tenía el susodicho Hoffa. Lo realmente dificultoso del caso es acertar en recrear a un icono del séptimo arte; a un miembro, por así decirlo, de nuestra familia, que nos ha visto crecer y nosotros también a él. En la película Trumbo (2015), de inminente estreno, vemos a un Kirk Douglas con cierto parecido a Kirk Douglas, pero a un John Wayne y a un Edward G. Robinson a los que hay que poner mucha voluntad y una onza de imaginación para reconocerlos. En el logro o fracaso de estas operaciones no cuenta únicamente el maquillador; es fundamental que el actor o actriz a concurso ponga de su parte gesto, carácter, timbre de voz y dicción o la cosa derivará en agua de borrajas. Hay ejemplos memorables: Cate Blanchett y Robert Downey Jr. se convirtieron, realmente, en Katharine Hepburn y Charles Chaplin, y la cariñosa caricatura que Bond, Ward Bond, trazó de su amigo John Ford en Escrito bajo el sol (1957) es de antología.

Esta semana se estrena Cantinflas (2014), una película de Sebastián del Amo consagrada al inmortal cómico mexicano Mario Moreno. Biopic lujoso y de corte tradicional, Cantinflas parte de un período concreto (la preproducción, producción, estreno y gran éxito de La vuelta al mundo en 80 días, del 56) y va salpicando flash backs de la vida del biografiado desde sus primeros pasos artísticos en 1931 y su consagración en esa década y las dos siguientes, silenciando lo que vendría después de la gran aventura del megalómano Mike Todd, a quien da vida el estupendo Michael Imperioli. También silencia los aspectos del carácter vanidoso y más bien intratable de Cantinflas, aunque se puede leer entre líneas algo de ello, por ejemplo su encuentro temprano con Miguel M. Delgado, que desde ese momento sería su director habitual, en una secuencia en la que se muestra servicial (le parece bien todo lo que hace Cantinflas, no pide segundas tomas, le deja improvisar), todo lo contrario de sus predecesores, que no toleraban la libertad, por no decir el desprecio, con que el cómico se tomaba los guiones. Asistimos, asimismo, etimológicamente, a la legendaria escena del teatrucho donde Mario Moreno fue increpado por un espectador airado: “¿En qué cantina te inflas?”, le espetó al cómico, origen del apodo que le haría mundialmente famoso. Y, brevemente, a su relación con el cómico Manuel Medel, con quien formó pareja en los escenarios y en sus tres primeras películas como protagonista, antes de cabalgar en solitario a partir de Ahí está el detalle (1940). El dúo Cantinflas & Medel tenía su gracia: la larga borrachera compartida (casi diez minutos de metraje) de Cara o cruz (1938), que comienza en la barra de un bar, sigue en una mesa del mismo local, continúa en el salón de su piso y, finalmente, en el dormitorio, es excelente, certifica su química a prueba de bombas. De hecho, urge una revisión a fondo de Cantinflas. Se ven más y conocemos mejor las comedias de su etapa de decadencia (años sesenta y setenta) y se ignoran, por lo general, un puñado de joyas de sus primeras décadas.

El caso es que a Mario Moreno lo encarna un pedazo de actor, Óscar Jaenada, que resucita al peladito prodigiosamente, en lo físico y lo gestual, lógicamente en la indumentaria, pero sobre todo en el habla del actor, tan inconfundible, y en sus retruécanos, atento al sentido del tempo que tan bien dominaba. En Camarón (2005), Jaenada el camaleón fue Camarón y, ahora, en Cantinflas, Jaenada es Cantinflas. Grandísimo compositor. Por favor, que alguien escriba, ¡ya!, un guión sobre la vida y obra de Anthony Quinn: Óscar lo bordaría y a lo mejor se llevaría un ídem.

 

 

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