Tres maestros

julieta

1: Pedro vuelve a volar sobre el nido de Cukor

Antes de atender a la opinión que me merece Julieta, el interlocutor parece más interesado en un petit détail: “¿A ti te gustó la anterior?”. Por lo visto, la consideración en que tengas Los amantes pasajeros (2013) habrá de sumar o restar crédito a tu juicio sobre Julieta. Pues vayamos a ello: “Los amantes pasajeros –eso escribí en su momento– es, sí, de una pasmosa ligereza, pero no pretendía ser otra cosa (…) Una comedia gozosamente petarda por la que circula la farsa de mariquitas carpetovetónica, descocada y deslenguada y de dudoso gusto en algunos segmentos, pero también con sus momentazos Almodóvar (el mejor es la escena del móvil caído del cielo) e ideas de guión de innegable ingenio; ejemplos: narcotizar a la clase turística para concentrarse en la gente guapa, recurrir a esos flamantes aeropuertos en los que no aterrizan ni las palomas a guisa de deus ex machina o esa orgía colectiva que ni el Patrick Süskind de El perfume habría soñado jamás”. Dado el interés que muestra y demuestra el interlocutor por escarbar en mis gustos del pasado de Pedro Almodóvar, añado, sin ser interrogado sobre la cuestión, que la anterior de la anterior, La piel que habito (2011), sí alcanzó, a mi entender, la cota más alta del firmamento almodovariano; incluso la acabo de votar hace unos días, para una revista que celebra pronto sus primeros cien números, como una las diez mejores películas españolas de todos los tiempos.

Julieta vuela igualmente a gran altura. Miras su intensidad dramática y humana y ves, otra vez, a Pedro Almodóvar horadando el universo de George Cukor y otros insoslayables maestros del retrato femenino. Miras su belleza plástica y… ¿qué ves? Yo veo a Hitchcock, espectro ya presente en otras piezas del cineasta pero aquí tal vez más presente que nunca. Hay un diálogo telefónico oído entre dos, oreja pegada a oreja, encuadrado tal cual encuadró el mago del suspense a James Stewart y Doris Day en una escena de El hombre que sabía demasiado (1956). Hay una tendencia a recoger a los personajes en primeros planos, escudriñarlos de cerca y envolverlos en un aura irreal, y ahí estamos muy cerca de Marnie, la ladrona (1964), sobre todo en los momentos de atmósfera trémula que acaecen en la costa gallega. Y hay un pasaje extraordinario, el del tren, de raíz onírica, que incluye la imagen de un ciervo cruzando el frío de la noche, tan fantasmagórica e hipnótica como si la hubiera filmado David Lynch. Vamos, que hay mucho, muchísimo cine en Julieta, y por primera vez sin digresiones cómicas, aunque hay humor esquinado, tongue in cheek, en el personaje, soberbio y con tintes de ogro bueno, de Rossy de Palma.

 

2: El monolito tailandés

Cemetery of Splendour, la última película de Apitachpong Weerasethakul, transcurre en un modesto hospital cuyos pacientes son bellos soldados durmientes, según parece incapaces de despertar porque los sagrados espíritus que yacen en ese terreno abducen sus energías para sus cruzadas pendientes. En su cine ya nos son familiares los hospitales o consultorios médicos, rurales o urbanos; los hay en Blissfully Yours (2002) y, claro está, en Syndromes and a Century (2006), que también se desarrollaba íntegramente en ellos. Enfermedades de la piel o del riñón, asma, una pierna más larga que otra, problemas en la conciliación del sueño, jaquecas… Hay mucha desgracia del cuerpo en las películas del cineasta tailandés. Del cuerpo transitorio, ojo, el que pasa por aquí, por la vida, durante un tiempo indeterminado, porque sabido es que antes y después esos cuerpos siguen ejerciendo: los seres reencarnados y los fantasmas forman parte del mundo de Weerasethakul, son nuestros allegados. Su obra es particularmente única a la hora de ofrecernos imágenes donde lo real estricto y lo sobrenatural se funden hasta confundirse. Es también muy lynchiano Weerasethakul: casi todas sus películas tienen un punto de fuga que las divide en dos con el mismo carácter perturbador de Carretera perdida (1997); incluso se permite el lujo, en Blissfully Yours, de colocar los títulos de crédito en una de esas rupturas, en el minuto 45 de la proyección; la hora que viene después es quizás lo más magistral de su filmografía: una reposadísima excursión por el bosque cargada de sensualidad y rociada con todo el perfume de la naturaleza y sus sonidos y murmullos, algo tan explosivo como reescribir Una partida de campo (1936), de Jean Renoir, con la respiración narrativa (duración dilatada al máximo) de Lisandro Alonso. Cemetery of Splendour es una de esas escasas películas balsámicas que, de higos a brevas, vienen a salvarnos del ruido y la furia que nos rodea, de la agitación y las prisas del día a día, y, a la vez que nos acogen en una nube de serenidad espiritual, nos interpelan e interrogan con su carga de misterio y complejidad, como si en cada momento el monolito de Kubrick emitiera sus ondas desde el fuera de campo de las imágenes.

 

3: ¡Muchas felicidades!

De los cineastas hoy vivos, quedan dos de importancia capital, sin parangón, en el desarrollo y evolución del cine desde mediados del siglo pasado hasta ahora mismo. Uno, claro está, es Jean-Luc Godard. El otro es también único en su especie: un estajanovista de la serie B, independiente siempre y hasta anárquico, de afinado olfato para detectar los nuevos gustos del (preferentemente joven) espectador, instintivo cazador de los talentos mayores del cine moderno en su faceta de productor y apasionado adalid de los géneros populares, del western al cine de gángsters pasando por el que ha marcado en esencia su filmografía, el cine fantástico y de terror; es a su vez, sin duda alguna, el más insigne fabricante de exploitation movies de todos los tiempos. Hablamos, por supuesto, de Roger Corman, flamante nonagenario (desde el pasado martes día 5) a quien felicitamos sinceramente desde aquí y agradecemos las muchas horas, cientos de horas de inextinguible felicidad que nos ha obsequiado tan generosamente.

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