“La grande bouffe” de Eli Roth

el infierno verde

Una de las imágenes estrella de la semana es la de las jóvenes, hermosas y casaderas hermanas Bennet de Orgullo y prejuicio vistiéndose coquetamente para el baile de gala y, al propio tiempo, armándose con puñales y cuchillos afiladísimos, que ocultan bajo sus prendas. Y es que poca broma con estas Bennet, tan diestras en el arte de cepillarse muertos vivientes como Rick, Michonne, Daryl, Glenn y toda le peña de The Walking Dead. Ahora comprobamos que a Jane Austen, tan pendiente estaría la mujer con los ligues de alta alcurnia del relato, se le olvidó un pequeño detalle: que el reino de Inglaterra libraba una cruenta guerra civil (intestinal, nunca mejor dicho) entre vivos y renacidos putrefactos (¿entre aristocracia y pueblo llano?). Eterno agradecimiento pues, al guionista y director Burr Steers y al novelista Seth Grahame-Smith, los artífices de Orgullo + Pejuicio + Zombis, por suministrarnos tan valiosa información; Grahame-Smith, por cierto, ya nos reveló en su novela posterior (adaptada al cine en 2012) otro detalle sistemáticamente silenciado por los historiadores: que Abraham Lincoln era cazador de vampiros. La película de Steers es un saludable divertimento-disparate, auténtico perro verde del cine fantástico contemporáneo: esencialmente psicotrónico por dentro, inmaculadamente ivoryano por fuera.

Verde es también, cómo no, el color predominante de otra película del género estrenada esta semana, El infierno verde, que nos llega tardíamente: es una producción del año 2013. Su autor es el ínclito Eli Roth, comúnmente tildado de salvaje por sus incursiones en el terror extremo, de rompe y rasga, o el torture porn (la saga Hostel); no es de extrañar que Tarantino le ofreciera el papel más brutal de Malditos bastardos  (2013). El infierno verde es extrema según como se mire. En tanto que película de canibalismo, hay un tramo de impacto asegurado, comparable al de la parte final de la reciente Bone Tomahawk: la secuencia de la muerte agónica (ojos y lengua como aperitivo de la jefa de la tribu) y posterior parrillada de la primera víctima, que los indígenas saborean y digieren con decoro, diseccionando la piel y las carnes con el arte del mejor cortador de jamones. En realidad estas escenas estremecen no por sensacionalistas, sino por su realismo; luego vendrán otras más discutibles, chaparrón gore donde los comensales se comportan más como zombis que como gourmets. En cualquier caso, no se recrea Eli Roth tanto como pudiera parecer en la crudeza de la exposición. Ni en lo escatológico: el momento de la diarrea, por ejemplo, obedece a la lógica más aplastante, pues es más que creíble que, estando como están los protagonistas, cautivos, enjaulados, sin el menor atisbo de higiene, a uno le entre la descomposición súbita. Con mensaje de fondo de raíz nihilista (aquí reciben palos tanto el activismo ecológico como la depredación neocapitalista), Roth concluye en sus créditos finales con un homenaje-recuento de los clásicos italianos de la modalidad de Umberto Lenzi, Ruggero Deodato, Antonio Margheriti (recuerden: pronúnciese Mar-ga-reeeeeeeee-ti), Sergio Martino, etc.

Los incondicionales de Roth están de enhorabuena, porque para la próxima semana está anunciado el estreno de su último largometraje, Toc toc, del año pasado. Algunos echarán de menos en él los efectos granguiñolescos habituales: Toc toc no es una película de terror, no hay despanzurramientos ni salpicaduras de sangre. Se diría que Roth ha interpretado, a su manera, al Haneke de Funny Games (1997, 2007): un marido y padre de familia feliz (Keanu Reeves, pésimo el pobre) se queda solo en su lujosa casa y, de noche, una noche lluviosa, recibe la visita de dos preciosas lolitas (una de ellas es Lorenza Izzo, la heroína comestible de El infierno verde, que de víctima scream queen pasa a sardónica verdugo; la otra, la cubana Ana de Armas… tomar), que se han perdido; las acoge y, a la espera de la llegada del taxi, las chicas se van poniendo seductoras y… El suspense sería su adscripción, pero Roth mueve esta pieza de cámara con humor soterrado y proponiendo, como quien no quiere la cosa, un discurso que acaba derivando en maliciosa morality play.

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