La necrológica: ¿un arte perdido?

raymond burr

Cuando las cosas se hacían bien, o por lo menos mejor, los responsables de cultura y espectáculos de los diarios mimaban como Dios manda las defunciones de los artistas. Es sabido que cuando, por edad o enfermedad, alguien empezaba a oler a muerto, las reseñas necrológicas se encargaban al correspondiente experto antes del fallecimiento. Días antes, semanas antes o, imprevisiblemente, ¡décadas antes! El 8 de noviembre de 1993, José Luis Guarner publicó un jugoso artículo en la revista El Temps sobre el tema. Confesaba que su obituario de Frank Capra, aparecido el 4 de septiembre de 1991, fue escrito cinco años antes de su muerte, y que, en fecha reciente, debido a la delicada salud de Glenn Ford, su diario le pidió un texto sobre el actor, que seguía vivito y coleando. Como el destino es a menudo cruel, Guarner falleció el 4 de noviembre de 1993, cuatro días antes de la fecha de publicación de su artículo en El Temps, mientras que el protagonista de Los sobornados (1953) resistió hasta…. ¡2006! Gracias a este bloguero, que la conservaba en una carpeta como oro en paño, la necrológica de Ford escrita por Guarner (trece años antes) acabó publicándose, el 1 de septiembre de 2006, con la pertinente nota aclaratoria.

Hoy se publican muchas necrológicas en los diarios, más que antes, pero se observa fácilmente que hay fiambres de primera categoría (esto es: figuras muy, muy populares, al margen de sus reales virtudes) y fiambres de segunda categoría (figuras desconocidas por la inmensa mayoría) a los que no afecta la urgencia, pudiendo aparecer la noticia días o incluso una semana después del fallecimiento. El caso es que los que forman parte de esta segunda familia suelen ser despachados no por el especialista del ramo, sino por un corresponsal, un redactor multiusos o por las notas de una agencia. ¿Los resultados? Salvo puntuales excepciones, el saqueo sistemático de wikipedia y/o imdb. Brochazos biográficos, fechas y títulos al tuntún, anecdotario frívolo si se tercia, el tuit reciente de un familiar si lo hubiere y ni un solo adjetivo, ni el más mínimo apunte orientativo del talante del muerto. Casi todos los textos aparecidos la semana pasada sobre el enorme característico George Kennedy iban de este palo.

Pienso ahora, volviendo a él, en las sabrosas, agudas líneas que Guarner nos habría regalado de Kennedy. La necrológica es un arte y, como tal, requiere conocimiento, inspiración, metodología, capacidad de síntesis (poca broma: en folio o folio y medio has de embutir una vida entera y reflejar su singularidad) y agilidad mental: a veces, en menos de una hora has de obrar el milagro. Y Guarner era en esto, también, un maestro. Un ejemplo entre cien: su necrológica de Raymond Burr, una de las últimas que escribió, un texto no muy extenso en el que, sin embargo, estaba todo; y todo quiere decir todo. Una sola frase situaba al personaje en su contexto histórico, definía su carácter y trazaba sus rasgos físicos: “Al llenar el hueco entre la muerte de Lair Cregar y la aparición de Victor Buono, Burr se erigió en el malo por excelencia de las películas americanas, gracias a su mandíbula cuadrada y silueta corpulenta, aunque unos ojos tristes hacían más benigna su apariencia”. Venía a continuación el recuento detallado de sus papeles capitales: “De sus muchas actuaciones, las más memorables para este cronista serían el gángster en Desperate (1947) y el pirómano en Raw Deal (1948), las dos dirigidas por Anthony Mann; el viscoso detective privado de Pitfall (1948), de André de Toth; el mafioso deportado en Las fronteras del crimen (1951), de John Farrow; el asesino psicópata en Gardenia azul (1953), de Fritz Lang; el avieso propietario de un garito que apuñala a la infeliz Ruth Roman en Una pistola al amanecer (1956), de Jacques Tourneur”. Para añadir, obviamente: “Y, por supuesto, Thornvald en La ventana indiscreta (1953), donde su presencia inquietante y vulnerable fue brillantemente utilizada por Alfred Hitchcock para añadir una dimensión suplementaria a la moralidad de la película”. Todavía remataba la participación de Burr en el clásico hitchcockiano con una frase de Robin Wood. Busquen en los actuales obituarios una mixtura tan excelsa de precisión y erudición, a ver si la encuentran.

Anuncios