El incomparable Paradjanov

sayat nova

Los corceles de fuego (1964) arranca con una fulguración digna de Sam Fuller. El hermano del todavía niño protagonista, intentando salvarlo, fallece aplastado por un árbol gigantesco en un bosque nevado. De inmediato, el padre de los hermanos se enfrenta a un rival y muere de un hachazo. Las dos muertes están significativamente filmadas en planos subjetivos: en la primera, la cámara es el árbol; en la segunda, la cámara es el sujeto agredido y la pantalla se tiñe de rojo cuando el hacha asesta el golpe. Los corceles de fuego, que es una historia de amor con ecos de Romeo y Julieta mezclada con un inescrutable vuelo de magia y brujería, fue la película que puso en el mapa internacional el nombre del georgiano de sangre armenia Sergei Paradjanov (o Parajanov), y es de veras una obra (maestra) asombrosa por su deslumbrante sentido visual: una cámara inquieta y expresiva, en perpetua fluidez; una comunión insólita de furia, rabia y poesía salvaje, aliñada con puntuales acentos dionisíacos. Encuadres barrocos, picados y contrapicados alucinados, ángulos imposibles, planos subjetivos feroces como los ya citados y planos secuencia casi epilépticos, amén de enloquecidos movimientos de cámara circulares… Puro nervio cinematográfico, en la línea de demarcación de Orson Welles y, en el cine soviético de la época, sólo comparable a Mikhail Kalatozov, nacido, como el propio Paradjanov, en Tiflis.

Su siguiente largometraje, Sayat Nova (1968), aterriza estos días en nuestras pantallas en copia felizmente restaurada. Se inspira en la figura de un poeta armenio medieval, del que la película, en palabras del crítico Marcel Martin, “exalta vida y obra en imágenes de una suntuosidad plástica y de un refinamiento pictórico extraordinarios: una sucesión de cuadros realistas y alegóricos, que evocan a la vez el preciosismo de los iconos y el onirismo surrealista, componen un poema visual de una espiritualidad y una inventiva sin precedentes”. Pero Sayat Nova, cuyo estilo es ahora opuesto al de Los corceles de fuego (planos fijos, frontalidad, tableaux vivants), no gustó en su día a las autoridades, fue recortada y remontada (por Sergei Yutkevich) y estrenada con el título de El color de la granada. Por fortuna, en 1995, tiempos de la perestroika, se encontró un negativo de la película, hallazgo decisivo para reconducir la obra a su estado original. Personalidad incómoda para el régimen soviético, Paradjanov fue detenido en Kiev, en diciembre de 1973, y condenado, por tráfico de arte y homosexualidad, a una estricta prisión de máxima seguridad, en la que permaneció hasta 1977. Y encarcelado de nuevo en 1982. Sin embargo, perseverante, aún realizaría dos obras espléndidas, en registros estéticos próximos al de Sayat Nova, ambas codirigidas por Dobo Abashidze: La leyenda de la fortaleza de Suram (1984), según una leyenda popular medieval, y Ashik-Kerib (1988), basada en un cuento oriental de Lermontov y dedicada a la memoria de su amigo Adrei Tarkovski, fallecido dos años antes; la influencia de estos títulos en el cine iraní es notoria, por ejemplo en Gabbeh (1996), de Mohsen Makhmalbaf, donde hay mucho Paradjanov reverberando en sus imágenes y su estallido de colores (incluso Kundun, realizada por Scorsese en 1997, tiene un deje paradjanoviano, así como buena parte del cine de Tarsem Singh).

Paradjanov falleció en 1990, a los 66 años de edad, dejando inacabada Khostovanank, un proyecto por él muy estimado cuyo guión, de corte autobiográfico, se remonta a los años sesenta, cuando todavía era un artista libre e indomable. La filmografía de este outsider en toda regla, de una belleza y poesía inconmensurables, que a veces engarzan con el esplendor de Dovjenko, hoy la reivindican, con razón, los paladares más exquisitos. Su obra, un prodigio de hibridación euroasiática, conforma un universo en el que se hermanan tanto la fe cristiana y la fe musulmana como el paganismo y el folclore ancestral. Nadie como él, en toda la historia del séptimo arte (y pido perdón a Pasolini, cineasta por cierto muy admirado por Paradjanov), habría ilustrado mejor en celuloide Las mil y una noches.

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