Oscar: Looking back without anger

el hombre que sabía demasiado

John Wayne de pie en el porche, tocándose el brazo derecho con la mano izquierda, como si le doliera el codo (guiño para connaisseurs: un homenaje a Harry Carey), y contemplando mudo cómo los suyos entran en casa y la puerta se cierra, dejándolo a él fuera, desplazado, erradicado, extirpado… Un leve segundo basta para leer en los ojos radiantes de Dana Wynter que, abrazada al hombre que ama, ha sucumbido al sueño: ha sido abducida por el invasor de otro mundo. Cliff Robertson enloquece y abofetea a su esposa Joan Crawford, sigue enloqueciendo y la derriba de otro golpe antes de que, ya completamente ido, le aplaste brutalmente la mano con la máquina de escribir. La pamela que lleva puesta Dorothy Malone en la escena del juicio proyecta intermitentes sombras sobre su rostro, según su cabeza su mueve arriba o abajo, que no son otra cosa que la metáfora de su combate interno entre decir la verdad o mentir y condenar a Rock Hudson. Don Murray, as del rodeo, echa el lazo a Marilyn Monroe, en el sentido literal de la frase, como si fuera un potrillo salvaje. De la felicidad a la desgracia pueden transcurrir unos breves instantes: James Mason en su cuarto de baño, encendiendo sonriente un pitillo mientras se mira al espejo que su esposa, en un arrebato súbito, romperá de inmediato, presagiando males mayores. En un planeta muy, muy lejano, la hermosa minifaldera Anne Francis se recrea en su jardín paradisíaco, entre gacelas graciosas y un tigre amaestrado. El luchador Kola Kwariani improvisa una monumental reyerta en el bar del hipódromo para que Sterling Hayden, entretenidos los guardias de seguridad, pueda acceder a las dependencias donde está el dinero. Una elocuente imagen de la resistencia pacífica en la India poco antes de su independencia: docenas de indios tumbados sobre las vías para impedir el paso de un tren infestado de soldados británicos. En el concurrido zoco de Marrakech, Daniel Gélin, disfrazado de marroquí y con un puñal clavado en la espalda, musita al oído de James Stewart unas palabras que éste no acaba de entender y acto seguido fallece.

Grandes momentos de grandísimas películas estadounidenses que a lo largo de nuestra existencia han cautivado nuestro corazón, ya rendido incondicionalmente a sus imágenes imborrables por los siglos de los siglos. Todas ellas (Centauros del desierto, La invasión de los ladrones de cuerpos, Hojas de otoño, Escrito sobre el viento, Bus Stop, Bigger than Life, Planeta prohibido, Atraco perfecto, Cruce de destinos y El hombre que sabía demasiado) cumplen en este 2016 que hoy masticamos 60 años. Y ni una sola arruga, ni una cana, ni una mancha en la piel. Películas que han crecido no sólo en edad, sino también en fulgor, en carisma y pedigrí, y que siguen resonando y redimensionándose cada año que pasa. Algunas de estas maravillas tuvieron nominaciones al Oscar y alguno cayó en la rifa, pero, según la Academia de Hollywood, la mejor película del año, la que se llevó la estatuilla, fue La vuelta al mundo en ochenta días. Vaya por delante que la película de Michael Anderson era y sigue siendo un muy grato espectáculo, barniz de seda para las pupilas por sus preciosos paisajes y por el ininterrumpido desfile de glorias de la pantalla en jugosos cameos. Pero artísticamente, creativamente, no admite ni punto de comparación con las diez citadas, ni con Gigante, Los diez mandamientos, Ricardo III, El loco de pelo rojo, Baby Doll, El rey y yo o Marcado por el odio, que son de la misma añada. ¡Menuda cosecha la del 56! Fue aquella la edición de los Oscar en la que más claro quedó que aquí (allí) priman los valores industriales por encima del arte. Las cosas de la vida, que diría Sautet.

 

 

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