Tarantino + Kiarostami: Tiene que ser pecado (y un inesperado adiós)

 

1: Proximidades

Tras los excesos opíparos navideños, este bloguero se dio el gustazo el pasado viernes día 8 de enero de un atracón fílmico comparable a los ágapes gastronómicos. Un programa doble epicúreo y pantagruélico: los últimos largometrajes de los dos mayores y más idiosincráticos talentos del cine moderno. Por la mañana, Los odiosos ocho, de Quentin Tarantino, que se estrena este viernes 15, y por la tarde, Like Someone in Love (2012), de Abbas Kiarostami, inédita en nuestras salas comerciales. Esta experiencia apasionante (tan y tan apasionante que tiene que ser pecado, como reza la canción de Alejandro Sanz) es sumamente enriquecedora para constatar la proximidad del cine de uno y otro cineastas, en apariencia tan distantes. Son universos distintos, sí. Q. T. escribe prosa y A. K. poesía. El americano es febril y tempestuoso; el iraní, liviano, austero y límpido. A. K. registra la vida tal como fluye, Q. T. la recrea con vehemencia e hipérbole. Pero ambos hacen el cine que realmente les apetece, sin rendir cuentas a nadie. Ambos dejan su impronta en cada plano de sus películas y a éstas las conciben, antes que como un todo conjuntado, como una serie de cuadros autónomos, de ahí que el tiempo fílmico y el latido rítmico sean en ellos algo tan personal. Porque ambos acuden con frecuencia a la digresión, a la ruptura de tono.

En Los odiosos ocho, un insólito western de cámara, Tarantino tensa su propia cuerda narrativa hasta las tres horas. Tres horas de abracadabrante pirotecnia verbal y situaciones delirantes que desafían todo manual de tempo cinematográfico para derivar, hasta el paroxismo, en genuino tempo tarantiniano. Quienes gustan del delicioso arte del tarantineo (como existen los del tapeo o el picoteo), aquí van a tener el surtido más jugoso (por excesivo) de toda la obra del autor. La seducción oral de su última película no debe en ningún momento distraernos de la magistral composición de Tarantino en cuanto a encuadre, montaje y disposición de los personajes en el reducido espacio donde acaece la mayor parte del metraje. La belleza es constante desde los soberbios títulos de crédito iniciales, con la preciosa imagen del Cristo nevado en medio de la nada. Todo remite en Los odiosos ocho al cine anterior de Tarantino (incluso Tim Roth parece aquí estar jugando a Christoph Waltz), algo que a los detractores del cineasta les pondrá fácil la descalificación. En cuanto a Kiarostami, después de ese portentoso guiso de Abbas a la italiana que fuera Copia certificada (2010), nos propone en Like Someone in Love su película-sashimi. El filme se inicia con una larga secuencia en un bar, le sigue otra en el interior de un taxi y otra, más larga, en el apartamento al que llega la joven protagonista, que ejerce de prostituta para pagarse sus estudios, donde le espera un cliente anciano, profesor de universidad jubilado. También Kiarostami tensa, poco después, su cuerda al enclaustrar media película en el interior de un coche (una de sus marcas de fábrica), con el que el anciano acompaña a la chica primero, charla luego con el novio de ésta, que ha bajado del vehículo, luego sigue la ruta con los tres dentro, etc. Hay digresiones magníficas: el comentario sobre el lienzo de la muchacha en kimono y la cacatúa, una avería del coche, unas pruebas de un libro… De hecho, no importa la historia, si la hay, sino el gesto que espontáneamente nace en cada imagen, hasta que una piedra rompe el cristal de una ventana y la película finaliza brusca y fulminantemente. Es cine sin principio ni fin, pero de una pureza casi sobrenatural en la mirada y la puesta en escena, que, siendo esencialmente kiarostamiana en respiración, recuerda en algunos parajes a los clásicos: a Rohmer en algunos diálogos entre el viejo profesor y la protagonista e incluso a Leo McCarey en la secuencia de la cena frustrada, cuando oímos a Ella Fitzgerald cantando el tema que da título a la película.

 

2: Doloroso the end

Tres días después del éxtasis, nos despertamos, esta mañana del nefasto lunes 11, con una pena que se nos pega al alma. Muere un amigo, a los 69 recién cumplidos, al que nunca estrechaste la mano pero que siempre estuvo ahí, acogiéndote e inyectando sobredosis de felicidad a tu existencia, desde que de adolescente Starman entró en tus venas (¡aquel single bendito, con John I’am only dancing en la cara B!). Tuviste la grandísima suerte de verlo en directo seis veces, seis (por orden: Fréjus, Barcelona, Barcelona, Barcelona, Londres y Escalarre), seis páginas memorables del calendario vital. Pincho ahora el gran temazo Wild Is the Wind, cuyo origen es cinematográfico (Dimitri Tiomkin, la pelicula de Cukor), y saludo, agradecidísimo por todo, al amigo. ¡Hasta siempre, David!

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