J. J. Abrams, alias (¡”Alias”!) Pierre Menard

saraband

Los estudiosos tenían, ya antes de la llegada de Star Wars: El despertar de la Fuerza, un corpus sólido y homogéneo, dentro de su aparente heterogeneidad, para hincarle el diente exégeta a J. J. Abrams. Pero es ahora, tras la llegada de la joya prometida, cuando más diáfana aparece la figura de Abrams como el cineasta más excitante de los surgidos en el presente siglo en lo que a gran espectáculo se refiere. En los años setenta, Steven Spielberg y George Lucas devolvieron al cine gran parte de la magia perdida o periclitada reformulando fantasías y aventuras del pasado. Hoy Abrams reformula a Lucas y a Spielberg, abre una nueva etapa (si a aquélla la bautizaron el NeoHollywood, ésta ha de ser forzosamente el Neo-NeoHollywood) que entronca con sus modelos sin falsas nostalgias ni ese mimetismo postizo, impostado y más bien fastidioso que embrutece tanto blockbuster de aparador. Los estudiosos han de rastrear ya huellas autorales en guiones de juventud, cuando firmaba Jeffrey Abrams, atar cabos y anudar estilemas, husmear detenidamente en cada capítulo de sus series señeras (¿son ya Alias y Perdidos asignaturas aprobadas o han quedado detalles para septiembre? ¿Y no merece revisión Felicity, ese encuentro con otro talento del tiempo, Matt Reeves, tándem del que en 2008 surgiría la emblemática Monstruoso?). Toni de la Torre ya se ha puesto las pilas en su reciente libro J. J. Abrams. La teoría de la caja, imprescindible.

No es moco de pavo ni baba de faisán haber realizado las dos mejores entregas cinematográficas de Star Trek (2009 y 2013), bajo la hoy socorrida etiqueta del reboot, o la impecable Misión: Imposible III (2006), su ópera prima cinematográfica. O esa tan emotiva carta de amor a la era Amblin que fue Super 8 (2011), de rara pureza. Consecuentemente, Star Wars: El despertar de la Fuerza es otra carta de amor, atrevidamente escrita con la letra fundacional: no es una película de 2015, sino de 1977, aunque su argumento y los personajes de aquel original sí hayan avanzado en el tiempo. No sólo la escritura remite a los orígenes, también la estructura y la configuración de los nuevos héroes o villanos o robot, esculpidos sobre el molde de los amados. Para los fieles de la saga, que somos todos, son dos horas y pico de carne de gallina y estremecimiento ininterrumpidos, de felicidad o éxtasis en grado sumo. Nos habían fascinado los episodios 1, 2 y 3 dirigidos por Lucas en 1999, 2002 y 2005, pero Abrams los supera, y con creces: más emoción, mayor ímpetu en la aventura, infalible sentido de la progresión… Generosa en todo, Star Wars: El despertar de la Fuerza propone además una reflexión certera sobre el paso del tiempo; a su manera, es a La guerra de las galaxias lo que Saraband (2003) fue a Secretos de un matrimonio (1973): ¿cómo no ver u oír en el abrazo de Harrison Ford a Carrie Fisher ecos de la larga deriva vital entre Erland Josephson y Liv Ullmann? Este fleco nada baladí de la historia sedimenta con mayor calado en quienes ya en diciembre de 1977 estábamos allí, asistiendo epifánicamente a la Maravilla; Abrams nos hace mirar, asombrados, a la pantalla y a la vez, con notoria melancolía, al espejo de nuestras vidas. Con Star Wars: El despertar de la Fuerza volvemos a nacer, pero más viejos.

 

 

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