A tus pies, maestro, una vez más

el puente de los espías

Había hambre de Spielberg. Mucha: tres años desde Lincoln, un ayuno parecido al que nos sometió el cineasta entre Munich (2005) e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008). Steven Spielberg vuelve al ruedo con El puente de los espías, un thriller inspirado en hechos verídicos acaecidos entre finales de los años cincuenta y primeros sesenta, y en cuyo guión han colaborado los hermanos Coen. Tom Hanks, en su cuarta película a las órdenes del maestro, encarna a un abogado de prestigio que, tras defender a un espía ruso (lastimando así, seriamente, su imagen pública), colaboró con la CIA en tareas de mediador en un intercambio de espías en un Berlín en todos los sentidos frío, en los días en que se levantaba el muro. Es, claro está, una película de espionaje a la clásica usanza, en el radio de acción de El espía que surgió del frío (1965), aunque desprovista de todo resentimiento: el espía ruso, de nariz húmeda (una modélica composición de Mark Rylance), ya no es el malo de la función sino, exactamente, el equivalente del protagonista: ambos creen en sus propios ideales, son íntegros hasta las pestañas y unos profesionales entregados con pasión a sus deberes. Cada uno es el reflejo del otro.

Y ya que hablamos de reflejos, vayamos al inicio de El puente de los espías, un soberbio fragmento de cine puro, todo explicado (casi) sin diálogos, con imágenes. La primera imagen, muy velazqueña, es la de Rylance pintando al óleo su autorretrato frente a un espejo, una sutil metáfora del juego de las apariencias del espionaje. Estamos en Brooklyn, en 1957. Antes de la llegada de los del FBI deteniendo al espía justo cuando éste acaba de descifrar un mensaje, vemos un magnífico seguimiento del personaje por el metro neoyorquino, que hace pensar en Manos peligrosas (1953). Spielberg cabalga sobre lo más granado del clasicismo sin forzar efecto mimético alguno. La pasta de la que está hecha El puente de los espías es la de Fort Apache (1948), El halcón y la flecha (1950), Extraños en un tren (1951) o la misma Manos peligrosas; la pasta del cine clásico de géneros en la época de su cocción más ajustada, más ecuánime y equilibrada. Una vez más, el plano más justo, el encuadre preciso, las acertadísimas rimas visuales cargadas de significado (el muro alemán, la reja estadounidense) y la perfecta relación del personaje con el decorado. ¡Los decorados! Una preciosidad despojada de parafernalias pomposas de nuevo rico: reconstrucción fidedigna de la época sin adornos innecesarios. Hay un detalle en la aludida escena inicial en Brooklyn muy significativo: en la calle se ve la vía del tranvía, pero algunos de sus raíles están sepultados por el asfalto; se conoce que ya no circulan por allí. Lo normal en una superproducción de estas características sería mantener los raíles intactos, que queda más bonito, pero a alguien del departamento artístico se le ocurrió la genial idea. Probablemente se lo sugirió una foto de época, a la que quiso ser fiel, pero el detalle está ahí, para el observador curioso. En este sentido, siempre ha habido en el cine de Spielberg una escrupulosidad digna de David Lean.

En fin, que uno sale del nuevo trabajo de Spielberg con la cabeza, el corazón y el espíritu henchidos de felicidad. El cineasta se ha currado otra pieza maestra. Para penetrar más en ella, una recomendación: la revista Caimán. Cuadernos de cine dedica este mes un excelente despliegue a El puente de los espías; además de los pertinentes artículos y crítica, reproduce dos enriquecedoras entrevistas al director realizadas, en Nueva York y Los Ángeles, por dos entrevistadores estrella: Martin Scorsese y Paul Thomas Anderson, nada menos.

 

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