Sin cobertura (A Dios gracias)

un dia perfecte per volar

Al principio de Un dia perfecte per volar, el personaje que interpreta Sergi López afirma que no puede hablar por móvil porque no hay cobertura. Estamos en un espacio natural del macizo del Garraf, una zona montañosa, rocosa, junto al mar, y esa ausencia de cobertura estrecha más los lazos con el entorno: aquí no hay crisis económica, ni redes sociales, ni hat tricks, ni debates políticos, ni colas de supermercado… Todo es aire puro y viento, árboles, tierra, hierba y cielo. La película de Marc Recha centra, concentra entonces toda su atención en dos diálogos: el de un padre y su hijo de seis años que se relajan, juegan con una cometa, hablan de jabatos o del viento o ayudan a emprender el vuelo a un vencejo, y el diálogo de estas dos criaturas con la naturaleza, tema rector en la filmografía del cineasta catalán.

Un dia perfecte per volar es una obra tónica, serena, fresca, cristalina, casi franciscana y de trazo espontáneo por lo menos hasta sus últimos minutos, cuando constatamos que la película, que tiene la apariencia de una hortaliza cruda recién arrancada del huerto, está finalmente aliñada: de repente, muda de piel en un giro muy suave y sutil hacia lo fantástico. Al final se aprecian todos sus sabores: una película que, bajo su extrema sencillez, su desnudez absoluta, formula un profundo discurso sobre las relaciones parternofiliales (el niño protagonista, de modélica naturalidad, es Roc Recha, hijo del guionista y director), sobre la infancia y sus complejidades, sobre el inabarcable vuelo de la imaginación, etc.

En una película que dura poquísimo más de una hora (Un dia perfecte per volar es inusual en todos sus apartados), Recha dedica nada menos que quince minutos al relato oral de un cuento, que el padre narra al hijo en una serie de planos largos, uno de ellos un primerísimo plano de Sergi López que se diría arrancado de un western de Sergio Leone. Este cuento (que el director ha declarado ser el que le cuenta a su hijo siempre que lo lleva en coche al cole, y así lo dice en un momento dado la voz en off del crío), protagonizado por un gigante hambriento y que cuenta con arañas venenosas, conejos con orejas rojas y medusas, tiene una poderosa fuerza evocativa, que arrastra al espectador y le proyecta otra película. Vemos a López relatando el cuento y, al propio tiempo, en una suerte de Polivisión mental, vemos algo parecido a El ladrón de Bagdad (la de colores, naturalmente) o a una fantasy de Ray Harryhausen. La polifonía de esta película tan simple en su forma, tan mágica en su fondo, es abrumadora. Recha ha hecho un filme que se resiste a las etiquetas, a las adjetivaciones. Originalísimo. Probablemente la verán cuatro gatos, pero serán cuatro gatos muy felices.

 

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