Un verano con la comedia americana (y IX): “Un sportman de ocasión”

un sportman de ocasión

Los gags de Harry Langdon acostumbraban a ser de una naturaleza que desafiaba las leyes no escritas del cine cómico mudo. En una época en la que la comicidad se medía por la velocidad del rayo, Langdon se permitía una cadencia parsimoniosa: planos de larga respiración de su medio cuerpo o su cuerpo entero en los que el tiempo podía dilatarse en beneficio de la exhibición de sus dotes de clown. En Un sportman de ocasión (1926), de Harry Edwards, es antológica la escena en que, contemplando una vez más la gigantesca foto de su admirada Joan Crawford, se da la vuelta y se encuentra con ella in person. Sus gestos corporales de asombro, incredulidad, pasmo y alegría ilimitada (la misma de un niño que apenas gatea al recibir inesperadamente una pelota) conforman un recital de pura pantomima que supera el minuto de duración. En su autobiografía, Frank Capra, uno de los guionistas, recuerda lo dificultosas que resultaron algunas de las tomas de la futura protagonista de Johnny Guitar (1953), de Nicholas Ray, a causa de las incontrolables risas de la actriz.

Otro momentazo de verdadero genio tiene lugar cuando el infeliz héroe queda suspendido del abismo, colgado de un muro de madera: la famosa mirada de niño de Langdon, intentando desesperadamente acogerse al clavo que le sujeta, es paradigmático de la poesía de otro mundo de esta criatura frágil, desvalida, casi inmaterial y a todas luces incomparable. En Un sportman de ocasión, como en otros de sus largometrajes señeros, importan más estos fragmentos de medidísimo control del tiempo que las escenas de acción o persecución, que las hay y no dejan de ser excelentes: el caótico tramo final en el que el caquéctico héroe logra vencer al tornado, que probablemente inspiró a Buster Keaton el homólogo desenlace de El héroe del río (1928), de Charles Riesner.

La película termina con otra demostración de las insuperables dotes del one man show que fue Langdon: él y la Crawford se han casado, son felices y contemplan orgullosos a su bebé en la cuna, que no es otro que el propio Langdon entregado a un jugoso, memorable catálogo de monadas con un osito, una pelota o un biberón y dando palmadas gozosas al aire; un catálogo, en el fondo, no muy distinto de cuando papá encontró a mamá.

 

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