Un verano con la comedia americana (VIII): “Los viajes de Sullivan”

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Los diez minutos iniciales de Los viajes de Sullivan (1941), de Preston Sturges, causan asombro. En los primeros cinco, el director de cine Sullivan (Joel McCrea) defiende ante dos ejecutivos de su estudio el proyecto de realizar una película humanista, realista, de tesis, sobre la gente humilde y los problemas de la calle, y la velocísima partida de tenis dialéctica que a partir de esa sugerencia se disputa entre él y sus dos oyentes, jefes y pese a todo amigos, es impresionante en su lucidez: se reflexiona el cine desde el prisma comercial y desde el artístico; se argumentan la autoría, el empirismo, la cultura del público o su ausencia; el choque entre cine de mensaje y cine de evasión; se habla de Capra, de Bing Crosby, de Jack Benny, etc. En los cinco siguientes, ensayando Sullivan su nuevo rol de mendigo ante el espejo, se reproduce un muy parecido diálogo, sólo que ahora los interlocutores son sus dos mayordomos, que no se muerden la lengua al reprochar al protagonista su conducta y sus criterios y también hablan de la función del cine y de su honestidad. En diez minutos, en fin, el soberbio guionista Preston Sturges calza un tratado sobre el lenguaje cinematográfico digno de André Bazin.

Más adelante, el encuentro entre el falso vagabundo Sullivan y la joven aspirante a actriz interpretada por Veronica Lake, en la barra de la cafetería, suscita otro enfebrecido diálogo en torno a la función lúdica y/o didáctica del cine, con alguna que otra puya lanzada a Ernst Lubitsch. Poco después, él y ella, que lo acompaña también vestida como un mendigo, pasean por los extrarradios más pobres y Sturges nos ofrece un tramo sin diálogo que describe la vida de los más pobres a lo largo del día y de la noche, algo así como otros diez minutos de cine en crudo, lo más próximo al movimiento neorrealista que en breve arrancaría en Italia: es evidente que la película que Sullivan se obstina en realizar no es otra que la propia Los viajes de Sullivan.

Otro tramo más tarde, a Sullivan lo creen muerto, arrollado por el tren, cuando en realidad ha sido detenido por un incidente trivial y condenado a seis años de trabajos forzados. En la dureza extrema del penal, Sullivan verá un día cómo sus compañeros, gente sin esperanza alguna en el horizonte, ríen a mandíbula batiente contemplando un cartoon de Mickey Mouse, un hecho que para él tendrá cariz epifánico: cuando por fin logre volver a ser Sullivan renacido, libre de las cadenas, el arte de la comedia, al que tenía por frívolo e insustancial, tomará plaza de honor en su actividad creativa.

Sin dejar de hacer comedia, y de la grande, entre la screwball y el slapstick (las caídas a la piscina de los mayordomos), y love story, con brotes de drama admirablemente integrados en el conjunto y notas de ironía maestra (la caravana que, al principio, sigue al improvisado harapiento, con todos los lujos a su disposición), Sturges nos brindó un apasionante análisis del propio medio, además de un documento social de primera magnitud y una sincera, entusiasta defensa de la necesidad del creador de mantener inalterable una actitud comprometida con su receptor. Un milagro de comedia.

 

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