Un verano con la comedia americana (VII): Dos de Frank Capra

juan nadie

1: “Vive como quieras” (1938)

Vista con objetividad, esta apología del libre albedrío del individuo (la familia cuyos miembros hacen lo que quieren, cuando quieren y como quieren) resulta no ya desmedida, sino un acto de terrorismo social, entre otras cosas por instar al espectador a no pagar impuestos al gobierno si no lo cree preciso, a no currar si el puesto de trabajo no nos gusta, a prescindir de licencias para tareas domésticas legalmente necesitadas de ellas y, en primer término, a restar importancia al dinero, nocivo para disfrutar los placeres de la vida y de la amistad. Sin embargo, el poder de convicción que destila la fábula, gracias a la conjunción de un guión de hierro (a partir de una pieza teatral de George S. Kaufman y Moss Hart ganadora de un Pulitzer), una realización modélica y un reparto pluscuamperfecto, es avasallador. Vive como quieras brilla por el justo equilibrio entre las escenas compartidas entre dos personajes, de intenso calado sentimental (Jean Arthur y su abuelo cuando éste le confiesa que todavía nota la presencia de su fallecida esposa en la casa, o Arthur y James Stewart sentados en el banco del parque, donde con mucha emoción se expresa el proceso de conocimiento mutuo de una pareja), y las más festivas de grupo, en las que se da rienda suelta a esos gramos de locura que según Frank Capra y el guionista Robert Riskin hacen la felicidad. Locura a la postre relativa: coleccionar sellos, tocar la armónica, bailar… pequeños vicios hiperbolizados en aras del discurso.

Vive como quieras fue un nuevo éxito en la carrera de Capra y obtuvo siete nominaciones a los Oscar, dos de ellas consumadas: mejor película y mejor director. Fue la primera de sus tres colaboraciones con James Stewart, aquí todavía no en el papel protagonista absoluto que luego desempeñaría en Caballero sin espada (1939) y ¡Qué bello es vivir! (1946). La parte del león se la lleva el eminente Lionel Barrymore, a quien vemos con muletas debido a los estragos de la artrosis. En sus siguientes películas aparecería ya siempre directamente sentado, en sillas de ruedas a menudo.

 

2: “Juan Nadie” (1941)

Finalizado su contrato con la Columbia tras rodar Caballero sin espada, Frank Capra formó su propia compañía en colaboración con su guionista y amigo Robert Riskin. Jack Warner, el capitoste de Warner Bros. estuvo encantado de patrocinar su primer proyecto, Juan Nadie, una comedia que seguía escrupulosamente esa vena optimista de impronta new deal de sus últimos títulos, de nuevo con un héroe del pueblo como encarnación de los valores más puros de la nación. Juan Nadie sería la última de esta serie de películas, pues después vendría Arsénico por compasión (filmada en 1941 aunque no estrenada hasta 1944), una comedia de distinto signo, y la guerra, en la que Capra participó activamente en su serie de documentales Why We Fight. Quizás esta encrucijada (América salía de la Gran Depresión pero encaraba la Gran Guerra) sea el motivo por el cual el crítico Christian Viviani considera Juan Nadie “la más negra, la más desesperada y la más conmovedora” de las fábulas rooseveltianas del realizador.

¿Negra y desesperada? En cierto modo, sí: aunque en líneas generales sigue el trazo de El secreto de vivir (1936) o Caballero sin espada, salta a la vista que aquí hay menos alegría en ebullición y una subterránea carga de tristeza, explícita en un final tintado en las tinieblas: acaece, como el de ¡Qué bello es vivir!, el primer film de Capra tras la contienda, en plena Navidad, pero las risas, la muchedumbre solidaria, el arbolito con la campana del ángel y los abrazos familiares no tienen cabida en Juan Nadie, tan sólo una vana promesa de futuro en un marco de soledad y nocturnidad (la terraza desde la que pretendía lanzarse John Doe) más bien descorazonador. Pensemos también en el largo monólogo del amigo del protagonista (Walter Brennan) sobre el pernicioso dinero y la felicidad de quien no lo tiene y se siente libre y, en la escena del bar, el speech del director del periódico (James Gleason) recordando a Washington, Jefferson o Lincoln y concluyendo que esa América, esas Américas, ya desaparecieron, sepultadas por criaturas deshonestas y políticos corruptos. Hay un real desencanto recorriendo las costuras de esta obra de impecable ejecución. Sin ir más lejos, es la primera vez que el héroe capriano (y por extensión Gary Cooper), aunque disfrazado de integridad, es en realidad un farsante.

 

 

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