Un verano con la comedia americana (VI): “Espejismos”

espejismos

En 1928, el cine mudo daba sus últimos coletazos. Con él desaparecía la primera era dorada de Hollywood. La estatura mítica alcanzada por la fábrica de sueños era de tan elevada altura que el cine americano podía ya coquetear con la autorreferencia, el metalenguaje, la parodia, como bien demuestra Espejismos (Show People, 1928), radiografía del mundillo hollywoodiense tratada en clave de comedia. Lo curioso es que Espejismos viniera firmada por un realizador como King Vidor. Por aquellas fechas, Vidor era ya un director de relieve, con obras maestras a sus espaldas de la categoría de El gran desfile (1925) o Y el mundo marcha (1928). El cine de Vidor se distingue por la alta temperatura de sus melodramas, por el lirismo febril de su mirada, incluso a menudo (su fidelidad a la Christian Sciencie era bien conocida) por un soplo bíblico en la raíz de sus siempre exaltadas historias. Difícilmente podemos asociar, pues, a Vidor con la comedia, pero cuando la ha abordado, su brío, su temperamento y una sana frescura han obrado el milagro. Dos comedias interpretadas por la bulliciosa Marion Davies no pueden pasarnos en absoluto desapercibidas: La que paga el pato (1928), grácil crónica de los desmanes de una familia, y el filme que ahora nos ocupa.

La tradicional historia de la chica que llega a Hollywood con la intención de triunfar, Espejismos es a la vez una clásica comedia de enredos sentimentales, una crítica suave sobre los peligros del éxito y un documental que nos abre las puertas de la Meca del cine con visita guiada a sus interioridades: las grandes compañías, los castings, los rodajes en interiores y exteriores, los bulevares, los despachos de los prebostes, las decisivas previews con presencia de la crítica, el comedor de los estudios (donde, detalle irónico, si quieres que te tripliquen la cicatera ración de comida sólo tienes que decirle a la camarera que se parece a Gloria Swanson), etc. Habrá que esperar a Cantando bajo la lluvia (1952) para gozar de un espectáculo parecido.

Esta aproximación tan burlona como en el fondo realista a la gigantesca maquinaria hollywoodiense se enriquece con un surtido impresionante de celebridades en apariciones amistosas y un par de bromas concernientes al propio Vidor. En la escena del banquete, la cámara recorre en travelling una kilométrica mesa entre cuyos comensales se encuentra la flor y nata del star system del momento: John Gilbert y Renée Adorée (la inolvidable pareja de El gran desfile), William S. Hart, Douglas Fairbanks (a quien vemos con un brazalete negro porque su hermano había fallecido recientemente), Mae Murray, Norma Talmadge, etc. El más brillante cameo tiene por protagonista a Charles Chaplin, en el vestíbulo de un cine pidiéndole un autógrafo a nuestra heroína, que, desprovisto el genial cineasta de los ropajes de Charlot, no lo reconoce. En cuanto a Vidor, además de introducir (y denostar cariñosamente) una escena de una película suya, El caballero del amor (1926), aparece in person en la secuencia final, dirigiendo a los protagonistas en un melodrama bélico que no es otro que El gran desfile. Como se ve, el recurso del cameo no es, ni mucho menos, un invento moderno, aunque en los últimos tiempos se ha abusado tanto de él que ya nos parece que una comedia sin amiguetes no merece llamarse comedia. Los astros del cine mudo ya tenían la costumbre de aparecer en cintas de otros colegas para placentero reconocimiento de la parroquia. Incluso en un comedia de los mocosos Our Gang, Los perros de la guerra (1923), podía colarse Harold Lloyd, en el mismo escenario y luciendo la misma indumentaria de la película que en ese momento rodaba, ¡Venga alegría! (1923).

Formada en Broadway, en la filas del gran Ziegfeld, y protegida de William Randolph Hearst (su affair con el célebre magnate lo caricaturizó en 1941 Orson Welles en Ciudadano Kane), Marion Davies constituye el triunfo cabal de esta deliciosa película. Gran comedianta, su talento brilla en escenas como la de la ventanilla del director de casting, donde exhibe un jocoso repertorio de máscaras, o aquella en que se esfuerza en llorar ante la cámara, dificultad que resuelve la oportuna presencia de un empleado del estudio pelando una cebolla. Imborrable, en fin, el rictus de su boca, enseñando los dientes como un conejito, cuando ha de impostar los modos de la nobleza. Poco puede lucirse a su lado William Haines, actor popular en esas calendas, que un lustro más tarde abandonaría la pantalla para dedicarse a la decoración de interiores. Malas lenguas dicen que Haines, notorio homosexual, había flirteado en la intimidad con Clark Gable cuando éste era todavía un extra y que ése fue el motivo por el cual el futuro Rey desterró a George Cukor, conocedor del incidente, de Lo que el viento se llevó (1939).

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