Un verano con la comedia americana (V): “Damas del teatro”

damas del teatro

En los años treinta, los gerifaltes de Hollywood tenían muy bien orientadas sus antenas hacia Broadway y todo cuanto allí se cocinaba. El afán por adquirir los derechos de una buena obra llegaba incluso al extremo de comprarlos antes de su estreno. Eso sucedió con Stage Door, la comedia de George S. Kaufman y Edna Ferber: Pandro S. Berman la compró por 130.000 dólares después de que su espía y cazadora de argumentos Lillie Messenger se la hubiera recomendado, recalcando que era una historia idónea para Katharine Hepburn, entonces en la nómina de la RKO. Consciente de que tenía un material de alta potencia, Berman invirtió más de 900.000 dólares en el proyecto y tuvo el acierto de encomendárselo a Gregory La Cava, un director de talento aunque con una debilidad incorregible por la improvisación poco del agrado de los productores. Ciertamente, el guión de Morrie Ryskind y Anthony Veiller, que ya muy poco se asemejaba a la pieza original de Kaufman y Ferber, era objeto de revisión y cambios diarios durante del rodaje. Podría argumentarse que la representación final, donde la actriz debutante Terry Randall (Hepburn) varía por completo el libreto de Un abril encantado la noche del estreno, es la irónica metáfora de la confección de Damas del teatro (1937), el título español de Stage Door. Fruto probablemente de ese empeño de improvisación, Damas del teatro se revela una película extraordinaria en su fluidez, brío y espontaneidad. Las escenas que se desarrollan en la pensión atiborrada de aspirantes a actriz, donde nunca hay menos de media docena de muchachas, siempre hablando, cuando no chillando, interpelándose, cruzando frases o pisándoselas, son un verdadero prodigio de coralidad y arrojan momentos de muy emotivo naturalismo. Son esas escenas, también, donde el sentido último de la película cuaja: no habrá para casi ninguna de ellas otro teatro, otra representación, que lo que allí escenifican día a día sin cobrar un centavo. Hay diálogos punzantes en este sentido: “¿Qué tal la función?”, “Muy bien: 100 actores y 50 espectadores”. O bien: “¿Te has enterado? Cierran otro espectáculo”, “Si seguimos así, dormiremos en el almacén, con los decorados”.

Comedia dramática casi al ciento por ciento de mujeres, muy feminista teniendo en cuenta  su fecha de producción, en Damas del teatro el protagonismo se reparte en varios personajes, a los que la sensibilidad de La Cava, añadida a la categoría del reparto, otorga un real humanismo. Terry Randall, la millonaria que también quiere ser actriz, es alegre y extravertida. Jean (una Ginger Rogers magnífica, que demostraba que podía cabalgar en solitario en la pantalla sin la compañía de Fred Astaire) es un pozo sin fondo de cinismo, cada frase que sale de su boca exterioriza el desencanto que mastica a diario, consciente, como Eve y Judith (memorables Eve Arden y Lucille Ball), otras dos almas heridas y de labia lapidaria, de que sus sueños de gloria escénica ya se hicieron añicos. Aunque ahora ya no es hija de papá, Gail Patrick, en su encarnación de Linda, repite la pose de chica estirada y antipática que tan bien lució en Al servicio de las damas (1936), la comedia precedente de La Cava. Luego está la patética Kay (Andrea Leeds, cuya composición hipertierna le valió una nominación al Oscar como mejor secundaria), la única que no podrá soportar el fracaso continuado y se suicidará. La Cava le concede un plano premonitorio magistral, subiendo las escaleras hasta cruzar la pantalla por nuestro lado izquierdo. Al final, el éxito teatral le sonríe a Terry, pero en nuestras retinas todavía permanece esa imagen de Terry desapareciendo silenciosamente de la película, de la vida.

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