Un verano con la comedia americana (IV): “Al servicio de las damas”

al servicio de las damas

Al servicio de las damas (1936), de Gregory La Cava, es el Taj-Mahal de las comedias de ricos y pobres de los años treinta, con una dirección, unos diálogos, un sentido del ritmo y unas interpretaciones irrepetibles. Los títulos de crédito, en panorámica hacia la derecha, reproducen Nueva York de noche, con grandes rótulos luminosos para cada nombre acreditado, muy a lo Broadway. La cámara se detiene luego en un vertedero de basura junto al río en el que viven, en precarias condiciones chabolistas, un grupo de vagabundos, entre ellos Godfrey. De repente irrumpen en el lugar dos coches lujosos, de los que descienden las hermanas Bullock, Cornelia e Irene, rivales en la caza del hombre olvidado. Godfrey rechaza la oferta de Cornelia, pero tras una divertida charla con Irene accede a participar en tan peculiar gincana. Al llegar al hotel donde tiene lugar el concurso, Godfrey satisface su curiosidad de constatar cómo se entretienen los multimillonarios ociosos de la Quinta Avenida en los aciagos días de la Gran Depresión. Y qué estima sienten por los pobres, reducidos a objetos como muebles antiguos o cabras (la cabra que trajina mamá Bullock, que está como una ídem).

En la escena siguiente, Godfrey ya habrá cambiado sus harapos por el traje de mayordomo, contratado por la impulsiva Irene la noche anterior. Godfrey estará presente prácticamente en todas las escenas de la película, como observador de conductas o alter ego del propio La Cava, entomólogo burlón que pone ante la lente de su microscopio a la más estrambótica familia de escarabajos con fracs y vestidos de gala que concebirse pueda. Desde los primeros pasos de Godfrey como nuevo empleado de los Bullock (servir los desayunos a las resacosas Sra. Bullock, Cornelia e Irene en sus habitaciones, tarea en la que se requieren la resistencia de Tántalo y la paciencia de Job) hasta el desenlace de la obra, Al servicio de las damas se despliega en una serie de secuencias de medidísimo tempo, propulsadas por un dinamismo incesante, aderezadas con frases venenosas cada medio minuto y un sentido de la composición del plano elaboradísimo, muy atento al detalle; véase la disposición de los personajes en plano general al recibir la noticia de que, la etílica noche anterior, Irene llegó a casa con un caballo, que ahora está en la biblioteca: el Sr. Bullock y la cocinera Molly en primer término y, dos pasos atrás, Godfrey, cuyo rostro de desconcierto e incredulidad (pero manteniendo la compostura) se erige en el emblema de la película. Poco después, reunida la familia en el gran salón, el Sr. Bullock hace un gesto casi imperceptible a Godfrey: con sus manos le señala las dimensiones del trago que desea tomar (constatamos que generoso), petición a la que el mayordomo responde con una ligera, afirmativa inclinación de cabeza. Es un detalle que puede pasar desapercibido, dos minúsculos movimientos de cuerpo, pero que encierra mucha información y define a los personajes: detectamos que el Sr. Bullock necesita un estímulo inmediato para no enloquecer como el resto de su tribu, y al mismo tiempo intuimos un atisbo de complicidad entre él y Godfrey. Al servicio de las damas contiene cientos de detalles como los descritos, una prueba fehaciente de que, por muy dialogada, formidablemente dialogada que estuviera la comedia americana de los años treinta, la prevalencia del comentario puramente visual se imponía siempre.

Por supuesto, el triunfo de esta gran finesse no es prerrogativa de La Cava y sus guionistas (Morrie Ryskin y Eric Hatch), pues difícil sería concebir un elenco de actores mejor conjuntado, entonado y perfecto que el de Al servicio de las damas: la aplomada elegancia de William Powell (Godfrey) marida admirablemente con la explosiva composición de Carole Lombard (Irene), prodigiosa pulsando diversos registros (el carácter infantil, el fulgor romántico avivado por un fuego glamouroso, los brotes de demencia: “una descerebrada fascinante”, en palabras del estudioso Santos Zunzunegui), y tras ellos la conmovedora idiotez de Alice Brady (mamá Bullock), la deletérea Gail Patrick (Cornelia), el monumento al estoicismo que representa Eugene Pallette (papá Bullock), las payasadas de Mischa Auer (el simiesco protegido de la Sra. Bullock) o la desencantada sensatez, colindante con el cinismo, de Jean Dixon, la cocinera, un personaje que, en sordina, anuncia la galería femenina de Damas del teatro (1937), la siguiente obra maestra de La Cava, de la que aquí hablaremos en un par de días.

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